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25 febrero 2010 4 25 /02 /febrero /2010 22:10

      Según esta tercera versión, caída la noche de aquel 21 de julio de 958, todos los Thröllewurms que precedieron a sus amos en la avanzada remontando el Lillalv fueron dados por muertos, pero uno no lo estaba realmente. Este único sobreviviente, muy malherido y desangrado, era un ejemplar joven, quizás un adolescente según la cronología de su especie, y  por supuesto de menor talla que los adultos. Otrora vigoroso y ágil, ahora se hallaba muy debilitado y al borde de la muerte.

 

      La avalancha de rocas en tan estrecho pasaje del río y los cadáveres de los gigantescos reptiles muertos habían formado una especie de dique que embalsaba las aguas, haciendo subir su nivel. Esta circunstancia ayudó al joven Thröllwurm a salvar un desnivel rocoso que, de todos modos, exigió de todas las fuerzas en merma que aún poseía. Superado el desnivel, la criatura llegó a una especie de meseta o rellano donde terminaba un sendero que se abría paso por la roca de la montaña junto al río. Era demasiado angosto para el Thröllwurm, aunque estando sano hubiera podido de todos modos avanzar con torpeza dejando fuera del camino más de medio cuerpo o encogiéndolo hasta la exageración.

 

       No obstante, no lo intentó. Pasó allí la noche, aguardando su hora, quizás sin pensar en nada en particular. Era un ser nacido y criado en incuestionable servidumbre y habituado a ella. Si tal servidumbre era consecuencia lógica e inevitable de no pensar, o si era al revés, es difícil decirlo. Pero las preguntas que su cerebro no se hacía, las formulaba su corazón; preguntas obvias en alguien que está a punto de morir como iba a hacerlo él, en amarga soledad y prácticamente cuando recién se empieza a vivir.

 

       Sin duda se preguntaba por qué aquéllo le sucedía a él, o a quién o para qué serviría su muerte. Se preguntaba, tal vez, quién lo recordaría o lo lloraría. Probablemente se preguntaba el sentido de esa vida que estaba a punto de perder... Y se hacía, quizás, mil preguntas más, sin hallar respuesta para ninguna.

 

      Y él no deseaba morir. Tal vez su vida había sido un sinsentido, probablemente no fuera a mejorar mucho más. Aun así, amaba su vida aunque más no fuera por mero instinto, y sentía un horror desesperado ante la consciencia de que esa vida llegaba a su fin.

 

       Transcurrió la noche, durante la cual el Thröllwurm tembló de frío y de dolor espástico, y temblo aún más a causa de ese frío y ese dolor que con tanta crueldad estrujan el alma en algunas situaciones. Al alba, sin embargo, seguía vivo.

 

       Con el nuevo día, los alborozados aldeanos, maravillados por la victoria del día anterior, comentaban la batalla con sus familias, y muchos se dispusieron a ver de nuevo, o ver por primera vez caso de haberse ausentado la víspera, los enormes cadáveres de los monstruos abatidos. Como es lógico, los niños estaban muy excitados ante esa perspectiva, por lo que no debe sorprender que tres de ellos fueran los primeros en ponerse en camino. Eran dos varones, amigos entre sí, y la hermana de uno de ellos, una niña muy pequeña, como de tres o cuatro años. Como suele suceder, los varones, que tenían unos cuantos años más que la niña, sentían que ésta los fastidiaba con su presencia; y como a esa edad no se es consciente del peligro que implica dejar que alguien tan pequeño vague librado a su capricho, eso era exactamente lo que hacían ellos. La regañaron varias veces para que no los molestara con sus preguntas y reclamos; y ella, sintiéndose excluida y solitaria, fue corriendo muy por delante de ambos. Todos iban por la estrecha senda que culminaba en el amplio rellano rocoso alcanzado por el Thröllwurm; y éste escuchó las voces que se aproximaban. Estaba atrozmente hambriento y sabía que, para prolongar aquella vida que se le escapaba, debía ingerir alimento, uno por el que no tuviera que luchar demasiado; de modo que se quedó tan quieto como si estuviera muerto, y aguardó.

 

      Fue así que la niña, tras doblar un recodo del camino, vio antes que nadie y desde la distancia la gran mole del reptil agonizante. Llamó a los varones, pero éstos no le prestaron atención; de modo que corrió más velozmente, sin darse cuenta del peligro que implicaba avanzar hacia una criatura de ese tamaño sin asegurarse primero de que estuviera muerta.

 

      El Thröllwurm se mantenía absolutamente inmóvil, petrificado casi, con los ojos entreabiertos para poder saltar sobre su presa sin darle tiempo a huir, pues necesitaba alimentarse, y en su estado no podía permitirse el más leve error; pero sin saber por qué, se horrorizó al ver qué víctima era aquella que se le acercaba tan confiadamente, y ya no tuvo voluntad para prolongar su vida, si  el precio era abreviar fríamente aquella otra. Por lo tanto, abandonó la farsa y movió  su enorme testa reptiliana, apoyándola sobre una losa para al menos morir con comodidad. En ese momento, la niña advirtió que el reptil seguía vivo y se detuvo allí donde estaba, momentáneamente paralizada por el susto.

 

       Se ha dicho ya que los Thröllewurms eran muy similares a los cocodrilos. Se puede discutir cuánta belleza hay en un cocodrilo. Yo personalmente pienso que la hay, y unos cuantos herpetólogos apasionados de su trabajo seguramente coincidirán conmigo, aun cuando las mandíbulas de este gran hidrosaurio, plagadas de colmillos en exhibición incluso estando cerradas, le confieren un aire indudablemente malévolo. Tal vez no mucha más gente esté de acuerdo, al menos los adultos; pero en la infancia se suele estar más libre de prejuicios.

 

       La niña observó al Thröllwurm  desde la distancia durante alrededor de un minuto. Contempló el enorme cuerpo recubierto de escamas de una brillante tonalidad verde esmeralda, interrumpido por líneas sanguinolientas que no eran sino heridas superficiales, puesto que las profundas se hallaban en el vientre de la criatura, donde la piel era blanda. Con sus cándidos ojos de ángel, la niña halló hermoso al Thröllwurm.

 

      Luego miró la cabeza de la bestia, o tal vez sólo sus ojos: dos ranuras amarillentas con pupilas en forma de huso, en las que cualquier ferocidad había sido abatida por el sufrimiento. Y entonces estalló en llanto, el llanto de una criatura inocente ante una crueldad que no puede ni quiere comprender; y corriendo hacia el Thröllwurm, lo abrazó como a una mascota muy amada que está muriendo. Y el Thröllwurm, haciendo un supremo esfuerzo, la acarició con su garra palmeada, en un gesto de ternura increíble en semejante monstruo. Al menos, no moriría tan desesperadamente solo.

 

      Luego llegaron los varones, los asaltaron escalofríos al ver en qué compañía se hallaba la pequeña por culpa de la negligencia de ellos; pero quedaron aturdidos al darse cuenta de que el Thröllwurm no le había hecho daño ni pretendía hacérselo. Echaron al reptil una segunda mirada. Les pareció una especie de gigantesco Caballero de reluciente armadura verde; algo noble y bueno que se hallaba moribundo. Tampoco ellos quisieron dejarlo solo, y permanecieron junto a él, acariciándolo.

 

      Un horror sin nombre estremeció a los campesinos, particularmente a los padres de aquellos niños, al ver a éstos junto a un Thröllwurm vivo y capaz de partir en dos a cada uno de ellos de un solo mordisco. Rápidamente trataron de alejarlos del reptil. Ellos golpearon, patearon y mordieron cuando quisieron obligarlos. Estaban persuadidos de que el Thröllwurm sobreviviría, pero no si ellos no se interponían entre él y sus enemigos humanos, a modo de escudo viviente. Es nuestro, dijeron.

 

      Los campesinos reflexionaron ante este empecinamiento de los niños. Comprendieron que el Thröllwurm podría haberlos devorado a los tres, y que si no lo había hecho estaban en deuda con él. Luego de algunas discusiones asintieron ante la obstinación de los niños, decidiendo que era su deber saldar tal deuda esforzándose por salvar la vida del reptil.

 

      Más tarde, la insólita noticia  llegó a oídos de Hipólito Aléxida, y éste reunió a varios de sus hombres y fue a ver aquello con sus propios ojos. Era un joven práctico y en cierto modo frío y calculador. Así debía ser, tal vez. Un enemigo peligroso seguía vivo y los aldeanos, incomprensiblemente, lo estaban alimentando y protegiendo, obligados por cierto sentido de gratitud; pero sólo tenía en mente que se trataba de un Thröllwurm, partícipe tal vez de la Matanza del Trigal y el horror del Mar en Sangre y que, por lo tanto, no merecía la menor misericordia.

 

      Armados hasta los dientes, él y sus hombres descendieron hasta el Lillalv, avanzando un tanto dificultosamente por la orilla medio sumergida a causa de la suba de las aguas provocada por el aluvión de rocas y la matanza del día anterior. Llegado al sitio de los sucesos, quedó perplejo al comprobar que los campesinos habían previsto que él vendría. Apostados en distintos puntos y armados con los mismos instrumentos de labranza empleados el día anterior contra los Thröllewurms, lo aguardaban en pie de guerra.

 

      -Es nuestro-dijeron secamente.

 

      Hipólito no esperaba una recepción tan hostil, y por un momento bulló de rabia contra aquellas gentes que, a su juicio, no valoraban los esfuerzos que se tomaba por ellos, y preferían a un enemigo antes que a él. En ese instante decidió que, si para cumplir con su deber debía exterminar a aquellos campesinos, lo haría; y se dispuso a dar la orden a sus hombres.

 

      Pero una breve, ridícula fracción de segundo bastó para que sus planes dieran marcha atrás, sin que él mismo imaginara que obraba obedeciendo a un poder superior a todo lo existente. El Thröllwurm había abierto un camino de compasión, y no quedaba más remedio que transitar por él. No había alternativas, ni aun cuando en este mismo instante se preguntara Hipólito si no estaría cometiendo un error descomunal.

 

      -Sí-convino por fin, para asombro de todos-: es Nuestro.

 

      Y se retiró con sus hombres, en silencio, y dejó que los campesinos cuidaran del gran reptil, que fue conocido como Vaurt en la versión andrusiana de la leyenda, y que para nosotros es, fue y será Nuestro, traducción de aquella palabra. Y Nuestro no murió, sino que se repuso merced a los cuidados y el amor agradecido de aquella gente; y un día,  descendió nuevamente al Lillalv ayudado por los campesinos, y se marchó. No hubo nadie que no llorara al verlo irse, como si un símbolo de paz desapareciera con él. Dejó que lo acariciaran cuanto quisieron antes de partir; y cuando se alejaba a nado, se despidió de ellos con potentes rugidos que vibraron en la montaña. No sonaba amenazante; más bien parecía querer demostrar que estaba mucho más fuerte que antes, y agradecer a los campesinos por ello.

 

      Y desde entonces, cada vez fueron más frecuentes los rumores de que, cada vez que los Thröllewurms atacaban áreas habitadas, un ejemplar de escamas refulgentes como esmeraldas capturaba entre sus fauces a cada niño que encontraba, sólo para ponerlo a salvo de sus temibles congéneres. Tal vez, en el Lilledahl, una cuña había abierto una grieta en las desmesuradas ambiciones de los Jarlewurms

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Published by EKELEDUDU
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