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2 marzo 2010 2 02 /03 /marzo /2010 16:42

     Hreithmar Dunnarswrad prefirió finalmente hacer oficial lo que todo el mundo comentaba entre murmullos: anunció a las tropas, a través de sus subordinados, que se intentaría rescatar a los hombres de las fortalezas de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. No mencionó que, si tal intento fracasaba, tal vez ya no hubiera otro; ni especificó en qué consistía el plan, aunque explicó que, para que tuviera éxito, necesitaba que todos los hombres de armas de Drakenstadt, por agotados que estuvieran, hicieran un esfuerzo más. Era imprescindible que los Jarlewurms permanecieran allí, atacando la ciudad; que no retrocedieran, cosa que podría poner en peligro el plan de rescate. Pero a la vez era también imprescindible que la ciudad continuara invicta. Esto exigiría que los defensores de Drakenstadt se comportaran como movidos por la desesperación, para que los Wurms creyeran que sus reservas anímicas estaban a punto de desplomarse junto con las murallas; pero que, en realidad, estuvieran más firmes que nunca en sus puestos de combate.


      Las tropas reaccionaron según lo esperado; pero nunca hasta entonces sus fuerzas se vieron sometidas a tan duras pruebas como en esa ocasión. Los Wurms, creyendo que de verdad estaban a punto de vencer, llevaron a cabo una formidable acometida, destruyendo algunas puertas. Una de ellas fue derribada por Talorcan el Jarlwurm, uno de los atacantes más reconocibles porque era negro desde la punta del hocico a la de la cola. Se trataba sin duda de un ejemplar melánico, descripto por Méntor el Drake como uno de los más temibles de entre los que hasta entonces habían venido de las Islas de la Bruma; y a causa de su aspecto se lo llamaba también Talorcan el Negro o el Azabachado.

 

      Derribada la puerta en cuestión, el gigantesco reptil, según era de rigor, pasó a atacar con su zarpa el rastrillo subsiguiente; pero al contrario de lo que solía suceder, Talorcan no hizo mucho más que un amago, antes de que su descomunal testa negra descendiese hasta casi rozar el suelo. Casi enseguida la levantó un poco para poner a salvo sus ojos; pero el chorro de brea candente bañó el rastrillo y lo traspasó, alcanzando a un arquero que no había tenido tiempo de ponerse a salvo cuando se disponía a tomar posición. Dos horripilados adolescentes del Leitz Korp fueron en su auxilio, y rápidamente apagaron las llamas; pero las quemaduras del desdichado eran tan graves que sólo un milagro lograría salvarlo.

 

      Detrás de la reja medio envuelta por el humo y la brea en llamas, el Jarlwurm paladeaba su horrible obra. Uno de sus malvados ojos amarillos con pupila negra en forma de huso brilló satisfecho, y contempló la escena; luego, su cabeza se alzó una vez más para tomar aire y lanzar una segunda bocanada de fuego y brea. Su próximo objetivo; los dos muchachos del Leitz Korp y otros hombres que acudían también en socorro del herido.

 

       -¡Cuidado! ¡Todos atrás!-gritó un hombre que venía a la carrera portando un escudo; y en ese momento todos comprendieron qué seguiría, y huyeron en desbandada. Pero los jóvenes del Leitz Korp no conseguirían ir muy lejos teniendo que cargar con un herido, y se guarecieron como pudieron tras el escudo que les ofrecía su ocasional salvador en el momento en que el consabido chorro de materia candente llegaba hasta ellos. No sufrieron sino quemaduras menores, pero el hombre que los había salvado no había podido amparar tras el escudo más que una parte de su cuerpo; y la mitad del mismo, incluso un  lado de su cara, quedó cubierta de brea en llamas, pese a lo cual continuó sosteniendo el escudo con firmeza hasta que todos lograron salir de la zona de peligro. Allí cedió al dolor y a la desesperación y cayó al suelo, mientras otros miembros del Leitz Korp vaciaban sobre él varias cubetas de agua o trataban de sofocar las llamas valiéndose de sus ropas o de sus propias manos.

 

       Los heridos fueron rápidamente trasladados al pabellón especial que para esos fines se había montado en el Palacio Ducal desde el comienzo de la guerra. Casualmente, Ignacio de Aralusia, en descanso en ese momento, se encontraba allí; si descansar puede llamársele a ocupar el tiempo libre en dar atención y ánimos a heridos y mutilados.

 

      Lo primero que vio, presa de un horror sin nombre, fue el aspecto inenarrable de la primera de las víctimas alcanzadas ese día por el fuego de Talorcan el Jarlwurm: el arquero que no se había puesto a salvo a tiempo. Este, a pesar de su desgracia, hallaba fuerzas para conversar con el otro herido. Los dos venían en angarillas y trataban de infundirse coraje mutuamente.

 

      Ignacio de Aralusia, joven poeta que en el fondo odiaba la guerra en la que sin embargo se movía con motable lucidez e idoneidad y de la que no tenía la menor intención de desertar por ser demasiado consciente de sus deberes caballerescos, quedó estrangulado de fría angustia ante el aspecto del arquero. Sin duda no era el primer hombre que desfilaba ante sus ojos en ese estado, pero en el fragor del combate no tenía tiempo para mirar detenidamente a los heridos que retiraban del frente. Ahora que sí disponía de tiempo para ello, hubiera deseado no haberlo tenido. No temía a la muerte; pero de golpe pensaba que las formas de morir en aquella guerra -siempre causando sólo daños leves al enemigo- eran una más horrible que la otra: bañado en fuego y brea candente; abierto en bisel por la garra de un Jarlwurm; hecho picadillo luego de ser pisoteado por esa misma garra; devorado vivo por un reptil, en este último caso a menudo después de un monstruoso e interminable compás de espera, ya que los Wurms acostumbraban juguetear cruelmente con sus presas humanas tras capturarlas entre sus fauces y antes de darles muerte. Achicharrado, destripado, hecho papilla, triturado a dentelladas... Un escalofrío recorrió la espina dorsal del joven.

 

      Intentó dominarse. Varios siervos recortaban los jirones que quedaban de la ropa de aquellos desdichados; donde se habían adherido a la piel, allí quedaban. Otros aplicaban paños fríos sobre las quemaduras.

 

      Los dos hombres continuaban dándose ánimos mutuamente. Ignacio admiró el temple de  ambos, y hasta les tuvo envidia en ese aspecto; porque en su interior, la cobardía estaba arrasándolo en un abrir y cerrar de ojos como un Wurm más.

 

      Esperó a que se brindara la debida atención médica a ambos hombres y luego él mismo se les acercó para seguir aplicándoles personalmente paños fríos.

 

      -Por favor, llama a un sacerdote-suplicó el arquero-. No sé cuánto me queda de vida, pero no será mucho.

 

      Ignacio asintió, casi agradeciendo aquella petición del moribundo; porque le era muy duro conservar la compostura frente a aquella cosa quemada y semiagonizante, cubierta de costrones de brea, y recordar que seguía siendo un ser humano. En silencio imploró perdón a Dios por lo que interpretaba como falta de caridad y que era meramente horror.

 

      Pero cuando el cura acabó de administrar al arquero los últimos sacramentos y se retiró, él mismo medio descompuesto de espanto pese a haber presenciado muchas veces imágenes semejantes en los últimos meses, Ignacio tuvo que hacer de tripas corazón y acercarse con un paso que intentaba ser decidido y lo parecía, y hablar con voz que trataba de sonar convencida y valiente y también lo parecía. Puro engaño. En aquel momento no quería más que huir corriendo a cualquier parte, gritando y llorando.

 

      -Luchad ambos por reponeros-exhortó a ambos hombres, sentándose junto al arquero; y vio que los dos se habían tomado de la mano en un intento por reconfortarse mutuamente. El mismo añadió su diestra a aquéllas, mirando alternativamente a uno y a otro, cosa de no verse forzado a mantener por demasiado tiempo la fija vista en el que se hallaba más próximo a la muerte.

 

      -Yo me repondré-dijo apretando los dientes el que menos grave estaba, a quien Ignacio reconoció como un Caballero de su propia Orden, los Custodios de la Doble Rosa, y que tendría unos veintidós o veintitrés años-. Juro por Dios que saldré de ésta y de unas cuantas más.

 

      -Yo no-respondió el otro, terminante-. Tampoco quiero hacerlo. Si sobreviviera, luego de estas quemaduras, quedaría hecho un monstruo. Eso es muy duro cuando uno fue apuesto o creía serlo. Misericordiosamente, he quedado ciego, lo que me ahorra la tentación de pedir un espejo para evaluar hasta qué punto me he vuelto horrible; pero esa misma ceguera me condenaría a la mendicidad si sobreviviese. No quiero vivir si debo hacerlo sin dignidad.

 

      Al desdichado le costaba respirar: la brea había penetrado en sus fosas nasales.

 

       -¿Cómo te llamas?-le preguntó Ignacio.

 

       -Leif Leifson-fue la respuesta-. Eres Ignacio de Aralusia, ¿no?... Te he reconocido por la voz. Eres un muchacho bueno y valiente.

 

      Ignacio se sintió avergonzado e incómodo por el cumplido que en este momento tanto se condecía con la realidad. Además, hubiera querido decir que conocía a Leif tanto como éste a él, pero no era cierto; con lo que aumentó su zozobra.

 

      -Tú también-contestó, sombrío-. Y tú también-dijo, mirando al otro-. Todos somos buenos, valientes y nobles, todos los que estamos aquí, luchando. Y quienes caigamos en esta guerra entraremos en el Paraíso con una apariencia más gallarda aún de la que teníamos en vida-y apretó con fuerza la mano de Leif, y se atrevió a mirarlo; y por primera vez no sintió repugnancia al hacerlo, como si las palabras que acababa de pronunciar fueran mágicas y Leif, deshecho de su horrendo barniz de quemaduras y brea, estuviera otra vez de pie, listo para entrar en combate, magnífico y garboso.

 

      Algo de ese sentimiento debió transmitirse en el contacto de la mano o en la voz de Ignacio porque, pese sus dolores físicos y espirituales, Leif sonrió.

 

      -Y tú, hermano, ¿cómo te llamas?-preguntó a su compañero de desgracias, el Caballero que le aferraba la mano como en un deseo de mantenerlo en este mundo, de impedir que cruzara el umbral del Más Allá.

 

       -Edgardo de Rabenland-fue la respuesta.

 

      Leif sonrió.

 

      -Ah-dijo-. Tú ideaste el plan de rescate de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, ¿no?

 

       -No. He oido que fue Balduino en realidad. Mi hermanito-repuso Edgardo; y fue como si al pronunciar esta palabra el lóbrego pabellón se llenara de luz.  Pero entonces recordó Edgardo que el hermanito en cuestión ahora andaría por la veintena de años y que por lo tanto el diminutivo sonaba un tanto ridículo, y rectificó: -. Mi hermano.

 

      -Parece que estás muy unido a él, ¿eh?-dijo Ignacio, sonriendo conmovido.

 

      -No nos vemos desde hace años. Se fue de casa hace ya mucho tiempo, cuando tenía doce o trece años, y lo supuse muerto. No creí que pudiera sobrevivir solo en los bosques. El y yo fuimos los únicos que nos teníamos algún cariño en la familia; reñíamos entre nosotros para ganarnos el de nuestros padres, y ése fue nuestro error... Sabes, de lo único que me siento realmente culpable en la vida es de cómo traté a Balduino el tiempo que estuvimos juntos.

 

      -¿Por qué? ¿Qué daño tan grave puedes haberle hecho si dices que le tenías afecto?-preguntó Ignacio.

 

      -No es que siempre lo haya tratado mal. Eramos los menores de un grupo de once hermanos. Cuando coincidíamos en sentirnos ignorados por el resto de la familia éramos muy unidos. Entonces yo era muy protector con él, e íbamos juntos a todos lados. El, cuando estaba solo, leía mucho. A veces me hablaba de cosas que había leído. Creo que durante cierto tiempo me admiró. Me duele pensar que ahora, tal vez, me haya olvidado; pero me lo tendría merecido, porque muchas veces, en nuestra infancia, lo dejé de lado para estar con aquellos a quienes creía mis amigos y que tal vez lo fueron de verdad en aquel tiempo. Luego algunos cambiaron y de los demás ya no supe qué pensar: cuando has sufrido demasiados desengaños, acabas dudando de la sinceridad de todo el mundo. Al menos la relación  entre Balduino y yo fue siempre muy transparente. Cuando se impuso el afecto, éste fue sincero. Por desgracia, hubo otros sentimientos entre nosotros. Indiferencia y crueldad de mi parte, envidia de parte de él, celos por ambos lados... Pero disculpad que os aburra con mi charla.

 

       -No aburres. Continúa, por favor-boqueó Leif.

 

      -Ahora somos todos hermanos aquí; de modo que Balduino es también un poco hermano nuestro-agregó Ignacio-. Pero me pregunto si no exageras un poco atormentándote con supuestas culpas de infancia. Cuando se es niño se ignoran muchas cosas.

 

      -La mía fue, tal vez, crueldad inocente; pero crueldad al fin-respondió Edgardo-. No puedo evitar pensar que, según me dijeron, Balduino se marchó un mes después de la muerte de su perro Argos, su único amigo. Debe haberse sentido muy solo en el palacio y habrá pensado que cualquier cosa, incluso la muerte, era preferible a aquella soledad. Al menos yo terminaba apoderándome de cada una de las migajas del cariño paterno y materno que nos disputábamos; supongo que porque era el más agraciado de los dos...

 

      Media cara y el mentón de Edgardo quedarían desfigurados por la brea en ignición de Talorcan el Negro; la mitad de su cabellera estaba también chamuscada o cubierta de alquitrán, y perdería la visión de su ojo derecho o la había perdido ya. No obstante, lo que quedaba intacto de su rostro permitía apreciar que el último comentario no era simple ego desmedidamente inflado. Era un semblante aristocrático, anguloso, con muy pocas imperfecciones, dotado de ojos verdes y melena rojiza, esponjosa y tupida. Sí, había sido un rostro privilegiado; hasta qué punto seguiría siéndolo, el tiempo lo diría. 

 

      -Creo que él me envidiaba por eso-continuó Edgardo-. Su envidia me halagaba y envanecía. Creo que la mayor flaqueza humana es su anhelo de poder, y yo no fui la excepción. Cuando estaba a solas con Balduino, su envidia me hacía sentir poderoso pero también protector a menos que estuviese malhumorado. Al estar con otros, sin embargo, veía allí una posibilidad de tener más poder, y si para adquirirlo debía tratar a Balduino con crueldad o indiferencia estaba dispuesto a hacerlo. Analizo recién ahora mi conducta ya que, podéis imaginarlo, en aquella época se puede decir que ni sabía lo que hacía. El y yo éramos las últimas nueces del costal, y cada uno de nosotros quería al menos llegar a ser el penúltimo en vez del último; de modo que era, supongo, natural que rivalizáramos tanto. Tal vez habríamos podido superarlo, no sé; pero cuando cumplí doce años, me hicieron escudero de uno de mis hermanos mayores y tuve que mudarme a su castillo, y desde entonces ya no nos vimos tanto con Balduino. Everardo, que así se llamaba el hermano a quien tenía ahora el dudoso honor de servir, se mostró muy despectivo conmigo. Acababa de ser armado Caballero y estaba muy infatuado por ello. Hizo conmigo lo que yo solía hacer a menudo con Balduino:  rebajarme a mí para sentirse grande él. No es que esperara yo gran afecto por su parte, pero fue peor de lo que imaginé. Aunque cueste creerlo, recién ahí noté que mi conducta para con Balduino no siempre fue la correcta. Entonces quise disculparme con él, pero sólo nos vimos en tres o cuatro ocasiones más y nunca con el tiempo suficiente para aclarar bien las cosas, salvo quizás la última vez, durante un torneo que mi padre organizó en Rabenstadt. Dicho sea de paso, en ese torneo Everardo fue derribado a la primera vuelta; ¡imaginaos qué gran Caballero sería!... El evento era para anunciar mi inminente boda, de la que recién me enteré ahí, por otra parte, y el compromiso matrimonial de Balduino. Ni uno ni otro habían sido anunciados aún, cuando mi mirada y la de él se cruzaron desde lejos. Me miró muy serio, y por ello me di cuenta de que estaba resentido conmigo; y como sentía vergüenza  por algunas cosas del pasado, no me animé a acercarme a él para disculparme como hubiese querido. Nunca más volvía a verlo. El día siguiente al torneo,  hubo una terrible discusión entre Balduino y nuestro padre. Parece ser que Balduino tampoco sabía de su compromiso matrimonial hasta oírlo anunciado el día del torneo. No sé qué pensó Balduino de ello; imagino que, igual que yo, se habrá sentido un simple peón en un tablero de ajedrez, al que simplemente se mueve para ganar la partida, sin preguntarle su opinión. De cualquier manera, abandonó el hogar. Dicen que estaba colorado de ira, que gritaba que haría lo que se le viniera en gana, que llegaría a ser más grande que nadie; que a pesar de que recién estaba cambiando la voz, rugía como un león. Lloré al enterarme de su partida; mucho más, por no haber podido pedirle perdón antes.

 

      Edgardo hizo una pausa. Ignacio, quien en ese momento aplicaba paños fríos a las horribles quemaduras de Leif, se  volvió hacia él con curiosidad, como anhelante de la continuación de la historia.

 

      -Vine a Drakenstadt creyendo que nuestros enemigos serían piratas, y tal vez sólo para probarme a mí mismo que hay en mí algo de mayor valor que mi cara o mis títulos de nobleza-continuó Edgardo-. Pero al llegar me enteré de que ahora nuestros enemigos serían dragones. Sinceramente,  por un momento pensé en desertar y todavía no sé por qué no lo hice. Luego de ver rostros desfigurados por la brea en llamas de los Jarlewurms, temí seriamente por el mío. Pero me quedé. Luego me enteré de que Balduino estaba vivo y que militaba como Caballero en la Orden del Viento Negro. Hace poco me enteré de que está apostado en Fristrande, sitio del que recién ahora oigo hablar. Desde entonces no puedo evitar preguntarme si, tal vez, Dios permitió que ocurriera esta guerra sólo con el objeto de que ambos nos reencontremos luego de tanto tiempo. De cuatro hermanos varones que aún seguimos vivos, sólo él y yo estamos aquí, luchando en esta guerra; por algo ha de ser.

 

      Hay cosas que no se dicen a un convaleciente; por ejemplo, que dos hermanos separados por enormes distancias y por una guerra atroz tienen inmensas posibilidades de caer muertos en batalla sin reencontrarse jamás. O que si de una parte es muy vivo el deseo de concretar tal reencuentro, de la otra parte el sentimiento podría diferir mucho. Por lo tanto, Ignacio optó por callarse. Mirando a Edgardo, notaba en los ojos de éste que su mente salvaba ya esas distancias, que la sangre llamaba a la sangre y aguardaba una de esas respuestas que sólo el corazón o el sueño pueden oír.

 

      Se preguntó también si no era exagerado por parte de Edgardo magnificar tanto errores de la niñez. Comprendió, sin embargo, que la psiquis de cada persona es siempre un enorme misterio para lo demás, y que lo que vale para una persona no sirve para otra. Y recordó los otros enemigos que, como otros enormes e incorpóreos Jarlewurms incluso más temibles que los de carne y hueso, atacaban a los hombres en aquella guerra: el prejuicio, el miedo en todas sus formas... Asombraba a Ignacio la cantidad de gente que estaba sola incluso teniendo mucha gente a su alrededor. Algunos se daban cuenta de lo solos que estaban sólo en sus últimos instantes. Confesaban entonces que no les importaba morir así, rodeados por fin de algo a lo que pudieran sentir como familia aunque ni una gota de sangre los uniese a los demás combatientes. Era conmovedor que una catástrofe como aquella pudiera unir a tanta gente aunque siguiese siendo un suceso espantoso. La belleza y el horror a menudo dos como dos árboles que crecen abrazados uno al otro y a los que no hay forma de separar más que abatiendo a ambos.

 

      -Hoy, cuando corrí a proteger con un escudo a esos dos chicos del Leitz Korp, fue como si protegiera a Balduino-continuó Edgardo-. Tal vez el Señor, en agradecimiento por haberlos salvado de Talorcan, responda a mis plegarias y ampare a mi hermano allí donde esté. Si no sobrevivo a esta guerra y tú sí, por favor, búscalo y cuéntale lo que te he dicho. De todos modos, haré lo imposible por seguir vivo y decírselo yo mismo, así no quiera saber nada conmigo y me harte a trompadas.

 

      -Así se habla-aprobó Ignacio, esbozando una sonrisa-.Ahora descansa.  Descansad los dos-pero Leif ya había caído en la inconsciencia, y pronto empezó a gemir entrecortadamente.

 

      Ese día, Ignacio pidió ser relevado de sus deberes prometiendo compensarlo con guardia doble el siguiente. Lo hizo obedeciendo a una necesidad íntima, que ni él mismo pudo comprender, de seguir cuidando a Edgardo y Leif aunque más no fuera estando allí, con ellos. Una presencia amiga es esencial para quien se siente en la más absoluta miseria.

 

      No obstante, en el lúgubre silencio de aquel pabellón, en el que sólo se sentían los ayes de los convalecientes, otro de esos Wurms invisibles vino a atacarlo, su propio miedo, que se presentó burlándose de él. Ignacio se preguntó entonces, entre avergonzado y mortificado, si de veras estaba allí por solidaridad o si no existían otras razones. Sentía pánico por los Wurms, aunque intentara disimularlo, y lamentaba haber accedido a una oficialidad no deseada. Ultimamente, Tancredo de Cernes Mortes no estaba conforme con él, lo que garantizaba, quizás, posibilidades de volver a ocupar un lugar más o menos anónimo entre la masa de combatientes sin jerarquía. Pero Dunnarswrad y Maarten Sygfriedson estaban conformes con Ignacio aunque no fuese el más valiente de los Caballeros, sobre todo porque era inteligente y no causaba problemas; y sería difícil que aceptaran mansamente su renuncia. 

 

       Intentaba aun descifrar, temiendo la posible respuesta, si estaba allí, junto a Leif y a Edgardo, por compañerismo, piedad o sólo por terror a los Wurms, cuando el primero comenzó a delirar. Al principio, sólo de manera ininteligible y queda. Ni Ignacio ni Edgardo le soltaron la mano.

 

      Luego, de golpe, el delirio adoptó una nueva y más pesadillesca forma cuando Leif empezó a gritar, sobresaltando a todos los presentes:

 

      -¿Habéis oído? ¡Así será! ¡Será más grande que nadie! 

 

      -Estoy aquí, compañero-trató de tranquilizarlo Ignacio.

 

      -¿Los ves, picoteando los ojos de los Jarlewurms?-siguió gritando Leif-. ¿Los veis todos?... ¡Son cuervos! ¡El ave sagrada de Odín! ¿Veis que revolotean en torno a los Jarlewurms?... ¡Los han cegado, los han dejado sin ojos!

 

      Ignacio de Aralusia, cristiano convencido y fervoroso aunque alejado de la intolerancia religiosa propia de la época, normalmente no tenía problemas en aceptar las antiguas creencias en parte vigentes en Drakenstadt; pero en ese momento ni él pudo evitar santiguarse con un poco de espanto ante lo que parecía una loca, sacrílega y blasfema profecía pagana.

 

       -Leif, cálmate, por favor-susurró. El convaleciente, como mágicamente repuesto de sus heridas,  había soltado la mano de Edgardo y la de Ignacio, sentándose en el lecho y moviéndose mucho, con todo el aspecto de un  poseso.

 

      -Rabenland...-susurró por fin. Ignacio, quien lo había sujetado para evitar que se lastimase más (sin saber bien de dónde sujetarlo en vista de que todo su cuerpo era una inmensa quemadura) lo sintió  relajarse entre sus brazos en el mismo momento en que varias personas, atraídas por los gritos previos, llegaban al pabellón, Maarten Sygfriedson entre ellas.

 

       -Eso es. Calma. Acuéstate de nuevo-susurró Ignacio; y de repente le pareció que aquel cuerpo estaba demasiado fláccido-. ¿Leif?...-llamó, inquieto.

 

       Pero era inútil. Lo más valioso de Leif Leifson estaba ahora más allá de cualquier sufrimiento, y lo que de él quedaba atrás era un simple cadáver en torno al cual empezaba ahora a arracimarse mucha gente. Demasiado sensibilizado por los sucesos de aquel día, Ignacio estalló en llanto y abrazó con desesperación al difunto; de tal forma que no se hubiese creído que horas atrás el horrible aspecto de Leif le hubiese provocado una repugnancia vencida sólo a costa de esfuerzos casi sobrehumanos.

 

      Maarten Sygfriedson le colocó una mano en el hombro.

 

       -¿Qué pasó, Ignacio?-preguntó con suavidad.

 

       -Hablaba de mi hermano-respondió otra voz, en la cama al lado de la del difunto.

 

      Maarten se volvió hacia el muchacho de rostro medio quemado por las llamaradas funestas de Talorcan el Negro.

 

       -Hablaba de Balduino-insistió Edgardo de Rabenland, convencido pero él mismo perplejo.

 

       Un día seré más grande que nadie, tendré al Reino entero prosternado ante mí; alguna vez, Balduino había gritado aquellas palabras desafiantes a su propio padre antes de irse de su hogar. Palabras sobre las que Edgardo reflexionaba a menudo, preguntándose si tal vez Dios, el tiempo y el Destino no las haría realidad. Será más grande que nadie, había gritado Leif poco antes de morir. Para Edgardo no era una simple coincidencia.

 

      -Explícate-lo instó Maarten. 

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