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11 enero 2010 1 11 /01 /enero /2010 18:59

      Anders mismo, la noche anterior, se había preguntado si el bote habría naufragado y Balduino y Ulvgang estarían muertos.

 

      -No os preocupéis, señor-había dicho Karl, como adivinándole los pensamientos-. Ulvgang cuidará del señor Cabellos de Fuego...

 

      -¿Cuidarlo?... ¡Por mí, que lo destripe!-contestó vehementemente Anders, para sorpresa y horror de Karl; pero de inmediato se arrepintió de sus palabras. O no. No estaba seguro de qué deseaba él ni de qué merecía Balduino.

 

      La verdad, sería raro verse al fin libre del pelirrojo antipático y repugnante, y se preguntó cómo aprovecharía esa libertad, caso de que Balduino de veras se hubiese ahogado.

 

      -Mirad si el señor Cabellos de Fuego muriera...-dijo maliciosamente Hundi-. Cierto grumete que conocemos pasaría a ser el Capitán...

 

      Anders, quien sabía de sobre que cierto grumete era él, se puso abruptamente pálido. ¿El, a cargo de aquellos energúmenos? ¡Ni pensarlo! ¡Que a Balduino ni se le ocurriera ahogarse... por más que él, Anders, no pudiese evitar desearlo de tanto en tanto!

 

     A la mañana siguiente, luego del desayuno, Thorvald incorporó la inmensa mole de su  cuerpo y dijo lacónicamente:

 

      -Bueno, vayamos a ver.

 

      ¿Vayamos a ver? ¿Vayamos a ver qué, exactamente? ¿Las tareas del día? No parecía tratarse de eso. Generalmente, para ir a trabajar se daba una orden cortés pero firme. Ahora el tono de Thorvald era más bien de invitación o sugerencia, y los demás se veían muy ansiosos, como si anhelaran desde mucho tiempo atrás que se les dijera eso.

 

      Por inercia, Anders salió tras los otros. Estos se dispersaron, individualmente o en parejas, y echaron a andar por la playa. Y lo curioso era que varios aldeanos desconocidos estaban allí también y  hacían lo propio. En cambio, era notoria la ausencia de Hansi; a esa hora solía venir él a despedir a su padre. De éste dicho  tampoco se veía el menor rastro, como tampoco de los otros pescadores. La propia barca pesquera no se veía en el malecón, como hubiera sido normal. ¿Habrían Friedrik y sus compañeros zarpado más temprano, llevándose consigo a Hansi?

 

      -Hola, amigo-dijo una voz a espaldas de Anders. Este se volvió y encontró el rostro tosco y sonriente de Kurt-. He traído una mujer-añadió con aire confidencial.

 

      Anders no entendió qué quería decir Kurt.

 

      -¿Tu novia?-preguntó.

 

      -No, no. Mi novia no vino-contestó Kurt; y añadió, en tono aún más confidencial:-. Traje una mujer para mi amigo... Allá está-y señaló una de las tantas figuras que merodeaban por la playa.

 

      La figura en cuestión correspondía a una pastora, a juzgar por el cayado que portaba. Por ese mismo cayado Anders la reconoció aún viéndola de lejos: era la pastorcita a la que habían consultado Balduino y él el día que ambos llegaron a Freyrstrande. Era una jovencita bastante desagraciada, según los criterios de Anders; sobre todo por su desproporcionada dentadura, tan grande que la forzaba a mantener la boca entreabierta en un rictus de lo más chocante. El resto de su persona medianamente hubiera podido pasar, pero no aquella dentadura de monstruo marino.

 

      -Se llama Gudrun-prosiguió Kurt, entusiasta-. Está loca por mi amigo. Ella fue quien lo llamó por primera vez señor Cabellos de Fuego.

 

      Más que loca por Balduino, si Gudrun gustaba de éste simplemente estaba loca a secas, pensó Anders; si bien por su apariencia le convenía a la joven ser poco exigente. Aunque ya se sabe que mejor solo que mal acompañado... De todos modos la pastorcita, o no tenía interés en nada que tuviera que ver con Vindsborg, o disimulaba muy bien. Miraba al suelo y, cada tanto, revolvía entre la arena valiéndose de su cayado, buscando quién sabía qué. Otro tanto hacían los otros aldeanos y la singular dotación de Vindsborg, aunque en el caso de los primeros era muy obvio, por cómo levantaban de tanto en tanto la vista y miraban aquí y allá ansiosamente, que sentían curiosidad por ver en persona al señor Cabellos de Fuego del que tanto habían oído hablar, el Caballero enviado para defenderlos. La llegada de cualquier forastero tenía que provocar tamaño revuelo en un lugar insignificante y en donde nunca pasaba nada como lo era Freyrstrande; máxime tratándose de alguien tan distinguido.

 

      -Friedrik y sus compañeros zarparon más temprano hoy?-preguntó Anders a Kurt.

 

      -No, no. Ayer no volvieron. Cuando hay tormenta y están lejos de aquí buscan una isla donde recalar. Ya vendrán... ¿Dónde está mi amigo? Quiero presentarle a Gudrun ahora, porque ella luego irá a cuidar de sus ovejas y mi tío y yo tendremos que seguir trabajando en el torreón.

 

      Pero Anders no llegó a contestar, porque en ese momento Hundi, acompañado por su séquito perruno medio diseminado por la playa,  le salió por el costado, lo aferró por el brazo y se lo llevó literalmente a la rastra.

 

      -Tú vienes conmigo, grumete; tal vez me traigas suerte y encuentre algo.

 

      Como era obvio que todos los demás, empezando por Thorvald y terminando con la tal Gudrun, no habían necesitado intercambiar siquiera media palabra para decidir que había que buscar algo, Anders presintió que quedaría como un tonto si preguntaba qué esperaban encontrar exactamente. Algunos se habían puesto a cavar como topos, especialmente en el amplio arenal tachonado de grandes rocas que el retroceso de la marea dejaba ahora en exposición.

 

      -¿Te volviste loco, Adler?-gritaba Thorvald al secuestrador, que en pocos minutos y con la sola ayuda de sus manos había excavado un profundo agujero, del que emergían ahora su cuello descarnado y su semblante picado de viruelas y rematado en aquel inmenso naso. Contemplaba a Thorvald con auténtica indignación-. ¡No vale la pena ir tan hacia abajo!

 

      Hundi observó un poco su entorno con aquellos taimados ojillos grises suyos.

 

      -Ajá-murmuró satisfecho. Su maliciosa sonrisa se ensanchó como si acabara de liquidar al guardián del más rico botín del mundo-. Ya sabía yo que me traerías suerte. Creo que aquí los difuntitos nos dejaron algo-y se acercó a algo de color marrón oscuro que resaltaba entre la arena empapada.

 

      Riendo con maligna complacencia, Hundi se agachó. Sus seis perros, algunos de los cuales en ese momento se corrían mutuamente, gruñéndose y mordiendo rabos propios o ajenos, se le acercaron meneando la cola, como si fuera la hora de la comida y aguardaran los sobrantes.

 

      -Difuntitos... Sí...-murmuró Hundi, anhelante, sin dejar de reír en voz baja y en forma ladina-...Sí... ¡SIIIIIIIIIIÍ!-gritó súbita y triunfalmente, lanzando al aire  algo desenterrado de entre la arena entre feroces y estentóreas carcajadas.

 

      La cosa lanzada al aire dio unas cuantas volteretas desparramando arena a diestra y siniestra. Anders, no podía ser de otra manera, recibió sobre su persona la mayor parte de esa arena, pero al menos esquivó el objeto cuando éste cayó con un ruido seco.

 

      -¡NAUFRAGIO! ¡NAUFRAGIO!-gritaba Hundi, sin dejar de reír, mientras alrededor todos se ponían a buscar con más ahínco.

 

       -Esteee... Perdón...-musitó tímidamente Anders-...Perdón, pero... ¿Tanto os alegra que un grupo de pobres marinos haya muerto?

 

      -Bah, grumete, no seas tonto-replicó Hundi-. Claro que no nos alegra que hayan muerto...

 

      Lo disimulaba muy bien, por cierto.

 

      -...pero, ¿por qué no aprovechar lo que del naufragio haya venido a parar a esta playa, y que a los difuntitos no les servirá?-concluyó-. No me alegro de que ellos estén muerto, sino de que  nosotros viviremos mejor.

 

      Anders echó una mirada al objeto que tan a tiempo había eludido cuando caía: una bota marrón, sucia pero en buen estado, lo que indicaba que no hacía mucho había sido usada.  Pero seguía sin entender que un naufragio fuera motivo de tanta algarabía, a no ser que quien se hubiera ahogado fuese Balduino.

 

      -¿Que viviremos mejor?... ¿Por hallar una única bota?-preguntó, desconcertado.

 

      Hundi meneó la cabeza casi con desesperación, como si ya no fuera capaz de seguir oyendo gansadas.

 

      -Si encontramos una, tal vez encontremos la otra. O cualquier otra cosa útil-gruñó, tratando de ser paciente.

 

      Anders no lo comprendía, porque él era muy de tierra adentro. Solía ser frecuente en las costas eso de que, luego de una tormenta, todo el mundo se pusiera al acecho de cualquier indicio de un reciente naufragio ocurrido en las cercanías. Durante el reflujo se buscaban entre la arena restos aprovechables de ese naufragio. En Freyrstrande rara vez alguien hallaba nada, pero la costumbre subsistía de todos modos, tal vez porque proporcionaba una excelente excusa para ociar un rato.

 

      -¿No será la barca de Friedrik la que naufragó?-preguntó Anders.

 

      -Esa bota es cara, no se ven de ésas por aquí-gruñó Hundi-. Ven, veamos qué más podemos hallar...

 

      No hizo mucha gracia a Anders tener que seguir pegado a Hundi, a quien por otra parte no se animaba a contradecir; pero menos gracia todavía le hizo que al cruzarse con Honney y Andrusier, Hundi se pusiera a hablar con ellos, y que para colmo la conversación fuera derivando de a poco hacia los buenos tiempos. Se entretenían comentando anécdotas para ellos divertidísimas pero que, invariablemente, rezumaban sangre; historias ocurridas durante viejos abordajes y que tenían algún detalle cómico, pero cuyo eje habitual era el despanzurramiento de un  pobre diablo de turno:

 

      Es inútil, escoria, ningún repugnante Kveisung podrá jamás acabar con Erik el Temerario (últimas palabras). Andrusier había agitado su espada repetidas veces  en otros tantos intentos de decapitar a un enemigo que siempre lo eludía a último momento, antes de lograr el cometido la quinta o sexta vez. El malvado Gröte en una ocasión hundió tanto su cuchillo en el cuerpo de una víctima devenida cadáver que luego no pudo sacarlo, ya que mientras forcejeaba por recuperarlo se le vino encima otro enemigo y tuvo que poner pies en polvorosa. Engel, en pleno combate, pisó una de las cabezas cortadas por su compinche Kehlensneiter, y cayó al suelo. Se salvó de volverse él mismo un difuntito gracias a que su contrincante pisó otra de esas cabezas y también se desplomó cuan largo era. Kratzer, cuya mano derecha amputada había sido sustituída por un garfio de varias puntas, hundió su espeluznante prótesis en el cráneo de un enemigo, y una mezcla de sangre y masa encefálica le cayó en los ojos, cegándolo momentáneamente...

 

      Todas eran historias por el estilo. Cada una de ellas era festejada con fuertes carcajadas por Honney, Hundi y Andrusier. Anders se preguntó si la reunión era espontánea o si premeditadamente lo hacían oír tales anécdotas a fin de asustarlo. Pero aun sin sentirse muy osado, Anders ya no se asustaba tanto como días atrás. La enumeración de grotescas atrocidades ciertamente lo incomodaba un poco, y por momentos no podía contener una mueca que reflejaba sus emociones más íntimas; no obstante, no llegaba al punto de sentir piel de gallina.

 

      Recordaba algunas barrabasadas cometidas por él mismo cuando era niño. Sus padres jamás habían dejado de castigarlas con otras tantas palizas, que justificaban con la consabida frase: Esto para que aprendas que lo que acabas de hacer está mal.

 

      Ante ejemplares como Honney, Andrusier y Hundi se notaba que en los hogares Kveisunger la permisividad era la regla. ¡Mi pequeño es un angelito!...-diría probablemente la madre de Andrusier (de quien éste habría heredado los rasgos físicos y hasta  la costumbre de afeitarse mal) cuando su vástago aún era pequeñajo-. ¡Con sólo cinco años, ya aprendió que luego de jugar con sus amiguitos no debe dejar los cadáveres desparramados por toda la casa!

 

      Cuando volvió a la realidad, los tres piratas lo observaban con malévolas sonrisas apenas insinuadas: pero fue el rostro de Andrusier el primero que vio. Al recordar la denodada defensa imaginaría hecha por Mamá Kveisung de las virtudes de su retoño, no pudo reprimir una sonrisa irónica. La de Andrusier se hizo más amplia, una espeluznante sonrisa de malignidad satisfecha. Al verla, Anders soltó una carcajada nerviosa, respondida por otras, mucho más estruendosas y siniestras, de los tres Kveisunger. Tal vez éstos imaginaban ya al grumete siguiendo sus pasos en la piratería, despachando enemigos a diestra y siniestra...

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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