Martes 9 febrero 2010 2 09 /02 /2010 19:57

LXV

      La furia de Varg a la mañana siguiente, al ver a Ursula invadiendo sus dominios y preparando el desayuno, no tuvo límites. Gritó como nunca en su vida, con una áspera voz de viejo cascarrabias. Como siempre que lo acometía un acceso de cólera mayúscula, casi ninguna de sus palabras era inteligible. Antes, sólo a Hansi, a regañadientes, permitía el acceso a la cocina y sólo porque, de no hacerlo, todos los demás se le echarían encima. A cualquier otro que lo intentase, Balduino incluido, lo expulsaba de inmediato.


      Si Ursula respondía a sus furibundos juramentos, debía hacerlo en voz muy baja, porque no se la oía. Más bien daba la impresión de que seguía moviéndose a su antojo, ignorando las protestas del viejo.


      Este, por fin, fue a hacerle llegar sus quejas a Balduino, quien estaba sentado junto a los otros a la espera del desayuno. Todos rieron sin disimulo al verlo.


      -¿Qué pasa, viejo?-preguntó Gröhelle-. ¿El enemigo tomó por asalto tu reducto?


      Varg no le respondió, y se dirigió expresamente a Balduino. Como seguía tan enfurecido como al principio, poco de lo que dijo se pudo entender, pero aparentemente exigía que Balduino llamara al orden a su giganta entrometida.


      -¿Y yo qué tengo que ver?-preguntó el interpelado, haciéndose el inocente-. Házte cargo de tu feudo tú mismo. Impón tu autoridad.


      -Es que... Es que...-balbuceó Varg.


      Se enfrentaba a un dilema similar al que todos los demás habían tenido antes con él. Para permanecer en la cocina, hubieran tenido que golpear a Varg, quien ya estaba viejo. Era descomedido y deshonroso emplear la fuerza bruta contra alguien de su edad, por más que a veces dieran ganas.


      Ahora algo parecido le ocurría a Varg. Sólo golpeándola tendría posibilidades, quizás, de expulsar a Ursula, admitiendo que ésta no devolviera golpe por golpe. Pero un Kveisung no golpeaba a una mujer más que en casos muy excepcionales, como una traición en extremo aberrante.


      -Varg, por favor-insistió Balduino-. Ve y déjale en claro que somos los hombres quienes mandamos.


      -¡Ja!-exclamó sarcásticamente Lambert, a quien casi veinte años de matrimonio capacitaban perfectamente para afirmar lo contrario.


      Varg frunció los mostachos, indignado, y volvió a la carga en la cocina en un intento por recuperar el señorío que acababan de arrebatarle. Otra vez volvieron a escucharse sus amenazas e  insultos obscenos, siempre más adivinados que oídos claramente; pero Balduino no pudo seguir la contienda paso a paso porque Ulvgang, quien estaba haciendo la guardia, vino a avisarle que se lo buscaba afuera.


      -¿Quién es?-preguntó el pelirrojo.


      -Friedrik, Thomen el Chiflado, Kurt... Muchas personas-contestó Ulvgang.


      -Bueno, ya que estás, desayuna y después lo haré yo-sugirió Balduino, poniéndose de pie-. Quédate, Anders-dijo, al ver que el joven se incorporaba también-; yo me haré cargo de lo que sea.


       -Dará buena impresión que te acompañe tu escudero-respondió Anders, con expresión enigmática que escondía sus verdaderas intenciones.


      De manera que ambos descendieron los escalones y hallaron un par de carretas al pie de Vindsborg. Se trataba de las primeras personas que venían a traer sus productos para que el viejo Oivind los cambiara por otros en Vallasköpping, conforme a la estratagema urdida por Balduino el día anterior; de modo que éste abrió la puerta de la despensa adyacente a la herrería.


      Anders y Kurt intercambiaron guiños. En cuanto a Hansi, que venía acompañando a su padre, a los compañeros de éste y a la esposa y el hijo menor de Thomen el Chiflado, se llevó las manos a la espalda con una sonrisa zorruna en su semblante infantil.


      Sin la menor malicia, Balduino atendió primero a Friedrik y sus compañeros de pesca, quienes dejaron dos barriles de pescado seco, especificando qué querían a cambio. Anders fue rápidamente en busca de papel, plumas y tinta y tomó debida nota de todo, y entre él y Balduino acomodaron los barriles en la despensa; tras lo cual, Friedrik y sus compañeros de pesca agradecieron efusivamente y se fueron a su jornada laboral mientras Thora, la esposa de Thomen el Chiflado, regresaba a su hogar en la carreta en la que habían venido todos ellos.


      Balduino iba seguidamente a atender a Kurt, cuando éste señaló una figura que venía caminando a lo lejos y dijo:


      -Amigo, ésa que viene a pie es la vieja Herminia. Mejor la atiendes primero a ella. Ha tenido que caminar mucho para venir hasta aquí, y tendrá que recorrer todavía la misma distancia al regreso.


      Balduino pensó que era descortés por parte de Kurt no ofrecer a la tal Herminia llevarla de regreso en su carreta; pero no hizo comentarios al respecto. Tal vez de un rústico no pueda esperarse cortesía, pensó.


      Herminia era una mujer menuda, de cincuenta y tantos años y ojos y cabellos grises, estos últimos cubiertos por un pañuelo. Traía una cesta con alrededor de una docena de huevos.


      -Quiero velas-declaró agresivamente, mirando a Balduino como si éste le hubiera infligido la más grave de las ofensas y se dispusiera a partirle la cara a golpes.


       Ante semejante mal genio, Balduino quedó momentáneamente mudo.


      -Muy bien-dijo conciliador, cuando se recobró; y se volvió hacia su escudero-. Anders, toma a Slav y acerca a esta gentil mujer a su casa.


      -Déjame en paz-dijo la mujer, bajando la vista como con rencor, y escupiendo cada palabra-. Sólo consígueme velas.


      Y dio media vuelta y se fue.


      -De nada-ironizó Anders, pasmado y en voz baja, mientras tomaba nota de la petición de la mujer-. Creo, Balduino, que esta gentil mujer, ya que así la has llamado, gustosamente te transformaría con uno de sus embrujos en algo más pequeño y feo que los piojos de nuestros cabellos si te portas mal.


       -Y si me porto bien también, parece; pues no creo haberle hecho daño-respondió Balduino.


       Vaya con la vieja bruja. Ya entiendo por qué Kurt no le ofrece llevarla, pensó.


      -Qué carácter, ¿eh, amigo? Así es ella-dijo Kurt, bajando unos sacos de una carreta uncida a un jamelgo viejo y feo, aunque no tanto como el que tiraba de la carreta de Thomen el Chiflado (el cual, ahora que lo pensaba Balduino, era el más feo y viejo que había visto en su vida). Junto al sitio donde habían estado los sacos había dos mujeres, ambas de cuerpo bastante armonioso, aunque había llamativo contraste entre sus rostros. El de una era delicado y bastante agradable, de cabello ondulado color castaño y ojos marrones, de expresión dulce. El de la otra estaba curtido como cuero, coronado por una profusa y descuidada melena rojiza en la que era obvia la sequedad de los cabellos. Los ojos, de color celeste lavado, tenían expresión dura y desafiante, acentuada por la nariz, que era aquilina, huesuda y afilada. Peor todavía, los dientes eran descomunales, y su tamaño se acentuaba debido a un rictus que la obligaba a dejar la boca entreabierta.


      Las dos mujeres rondarían los dieciocho o diecinueve años como mucho. Balduino no les prestó atención cuando se acercó a la carreta para ayudar, pues todavía  estaba atontado por la reacción de la vieja Herminia.


      -No, no, amigo, no pesa nada, es lana-dijo Kurt, cuando el pelirrojo quiso darle una mano-. Toma, esto es para ti-añadió, colocándole en sus brazos un vellón de reno.


      -Kurt, escucha...-tartamudeó Balduino, quien iba a rechazar el obsequio considerando que, tal vez, Kurt necesitara el vellón más que él. Pero ya teniéndolo entre sus manos, nada más pudo añadir: Kurt no se lo permitió.


      -Amigo, ésta es mi novia Adelheid. La próxima primavera nos casaremos aquí, en la playa; y tú apadrinarás a la novia.


      -A la orden...-bromeó Balduino, sin saber qué otra cosa decir, y llevando a sus labios la diestra de Adelheid para besarla.


      Adelheid era la más bonita de las dos jóvenes. Ante el cortés gesto de Balduino pareció derretirse, y se volvió hacia su prometido sonriéndole como si éste fuera quien acabara de hacerla objeto de tan refinada atención.


      La otra mujer, arrodillada en la caja de la carreta, esbozó también una sonrisa complacida, que Balduino no vio. Sonriente, miraba alternativamente a Kurt y a Adelheid. Por excéntrico que fuese aquél, Balduino le tenía afecto, y estaba encantado de que hubiese hallado una mujer que lo quisiera bien.


      No advirtió que el rostro de Kurt, inocentón hasta ese momento, había pasado en un segundo o dos a la más absoluta picardía. Tampoco advirtió que Anders había salido rápidamente de la despensa, como quien no quiere perderse un magnífico espectáculo. Y mucho menos advirtió que la sonrisa zorruna de Hansi se había vuelto más pronunciada.


      -Y ésta es Gudrun-continuó Kurt, señalando a la joven de rostro  tosco que seguía arrodillada en la carreta; y añadió, con el tono triunfal de quien, tras arduos esfuerzos, se sale al fin con la suya:-. Amigo, ¡TE HE TRAÍDO UNA MUJER!


      Balduino se puso más colorado que sus cabellos y los de Gudrun juntos. En cuanto a Gudrun, ahogó una exclamación de horror escandalizado y, aferrándose al adral del carro, quedó en una extraña pose similar al de una fiera a punto de abalanzarse sobre su víctima.


      -¡¡¡KURT!!!-rugió.


      -¿Eh?-preguntó el susodicho, riendo y haciéndose el inocente-. No, si por Heidi lo digo...


      -No sabiendo qué otra cosa hacer, Balduino se acercó al carro y besó también la diestra de Gudrun, quien recibió el gesto tensa y con suma frialdad.


      -Llevaré los sacos a la despensa-dijo el pelirrojo a continuación.


      -Te ayudo, amigo, te ayudo-dijo Kurt; pero en el momento en que iba tras Balduino, Gudrun saltó de la carreta. Kurt sintió entonces que algo similar a una garra lo asía por el cuello de su camisa, impidiéndole ir a ninguna parte.


      Balduino estaba llevando en una mano el vellón de reno y en el otro uno de los sacos. Al entrar en la despensa, dejó el vellón aparte, y acomodó el saco junto a los barriles dejados por los pescadores.


      Anders, sonriendo muy satisfecho y entusiasta, había ido tras Balduino.


      -¿Te gusta Gudrun?-preguntó.


      -¿Eh? No, Anders, por Dios, ¡es feísima!-replicó el pelirrojo, enfático. Aunque tal vez no es que lo sea tanto realmente, sino que tiene rasgos muy raros, pensó.


       Era una lástima, pero ninguna sorpresa para Anders. A Gudrun la hallaba bonita sólo Kurt, y porque la veía con los ojos del corazón. Anders había pensado que Balduino la preferiría antes que no tener ninguna mujer, pero si no era así, lo entendía perfectamente.


      Caballero y escudero abandonaron uno detrás del otro la despensa, a fin de ir por los otros sacos. Sin embargo, fue Anders solo quien completó la tarea; porque Balduino, tras dar uno o dos pasos con su decidido andar habitual, se plantó a estudiar más detenidamente el rostro de Gudrun para terminar de definir si los rasgos del mismo eran feos o sólo extraños. La vio amonestando enérgicamente a Kurt, y notó que la joven llevaba una honda a la cintura. Este detalle, que lo dejó admirado y pensativo, acabó de rezagarlo. Gudrun pastoreaba ovejas, recordó; la honda era seguramente para defender al rebaño y a ella misma de depredadores. Por fuerza tenía que ser una muchacha valiente.


      La suya era una cintura esbelta, ahora que Balduino la veía bien. No tenía un cuerpo feo; al contrario. Balduino avanzó dos o tres pasos y volvió a detenerse para contemplarlo y admirarlo tanto como se lo permitiera el vestido de la joven, que no era muy ajustado.


      Entonces subió con la vista hacia el cuello y el semblante de Gudrun, y de repente quedó alelado al descubrir allí cosas que antes no había notado. Aquella era una cara enérgica, con mucho carácter y mucha voluntad, indómita como la tierra que la había visto nacer. Había en ella algo del fustigar inclemente de los vientos invernales y de la majestad del vasto océano; algo de espuma marina, de bellos cielos encendidos en vivos colores al asomar el sol tras una reciente tempestad, y de volcán de Elderholme insinuando amenazas nunca cumplidas. Balduino, estupefacto, sintió estar contemplando a una valquiria o a una amazona; sintió hallarse ante la mismísima personificación de aquella tierra bravía que estaba aprendiendo a amar.


      Todavía seguía ella increpando a Kurt, quien soportaba estoicamente el furibundo vendaval, cuando Anders pasó junto a Balduino, y quedó atónito ante la expresión de éste, entre vacua y maravillada. Se detuvo junto a él. Balduino lo miró y sonrió, radiante.


      -¡Qué... Qué mujer!-susurró.


      Anders quedó de una pieza ante tal declaración, que contradecía la anterior, a su parecer más acorde a los hechos,   según la cual Gudrun era feísima; pero no dijo nada. Esbozó una sonrisa y, meneando la cabeza, fue a llevar a la despensa los otros dos sacos de lana restantes. Allí permaneció, esperando el regreso de Balduino.


      Para mayor confusión de Anders, aquel volvió, ni mencionó a Gudrun. Explicó, sí, que uno de los sacos contenía lana de oveja y los otros dos lana de reno, estos últimos del rebaño de la familia de Kurt; y dictó a Anders por qué productos deberían ser cambiados en Vallasköpping.


      Finalmente, quien sacó el tema fue Anders:


      -Gudrun te gusta...-dijo.


      -¿Qué importa que me guste o no?-contestó Balduino-. Ella no es para mí. Para empear, con esta cara sería ingenuo suponer que yo podría gustarle...


      -¡No hay nada de malo con tu cara!-protestó Anders.


      En este momento esto era bastante cierto. Años de ocultarse en los bosques, en cuevas o en castillos de los aliados del Viento Negro habíanm condenado siempre a Balduino a una palidez que provocaba un horrendo contraste con sus infinitas pecas; pero ahora el constante trabajo bajo el sol de la primavera y el verano de Freyrstrande habían bronceado mucho su cutis, por lo que el contraste prácticamente no existía, y las pecas pasaban casi inadvertidas. Secundariamente, la espantosa mueca de desdén, que durante tanto tiempo había afeado muchísimo el rostro de Balduino, estaba desaparecida desde hace meses. Ásí se lo explicó Anders, añadiendo que a Gudrun el color de la melena de Balduino la había impactado mucho, siendo ella, de hecho, quien lo había motejado señor Cabellos de Fuego.


      -Esos son rumores que corren y que lo mismo pueden ser falsos que verdaderos-contestó Balduino-. Secundariamente, y aunque te rías, tengo miedo.


      -Ya me di cuenta. Balduino, por favor-gimió Anders en tono de desolación-. Lideraste una astuta emboscada en los bosques de Hallustig cuando aún eras bachiller; derribaste de su montura a El Toro Bramador de Vultalia; te enfrentaste exitosamente y en varias ocasiones a hombres peligrosos y bestias no menos peligrosas; ¿y ahora le tienes miedo a una mujer?


      -Quizás-contestó lacónicamente Balduino.


      Y Anders ya no dijo nada, pero puso cara de desesperación. 

Por EKELEDUDU
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Martes 9 febrero 2010 2 09 /02 /2010 19:37

      Balduino tenía poco contacto con la convaleciente Ursula porque, como se recordará, la hombruna princesa se hallaba instalada en la herrería, el sitio más confortable de Vindsborg. Esa noche, sin embargo, se la vio reunirse con los demás poco antes de la cena. la enfermedad había menguado un poco su corpachón que, no obstante, seguía siendo formidable.


      Entró sin decir palabra, y todo el mundo se la quedó mirando como si jamás la hubieran visto antes. La verdad era que apenas si recordaban su existencia. De haber sido bonita o al menos un poco más femenina, unos cuantos habrían ido a visitarla a la herrería; al no ser ninguna de las dos cosas, sólo tenía contacto con Thorvald, Karl, Lambert, Snarki, Adam, Anders y el propio Balduino. Este último no se animaba a acercarle los alimentos por medio de nadie más; no fuera cosa de que cualquier otro, a falta de otra mujer mejor, decidiera después de todo desfogar con ella sus bajos instintos.


      -¿Qué haces levantada?-preguntó el pelirrojo.


      -Ya me siento mejor-gruñó ella.


      -Es peligroso, podrías sufrir una recaída.


      Ursula no oyó o bien ignoró estas palabras de Balduino. Paseó la mirada en derredor, saludando a todo el mundo con una inclinación de cabeza. Al ver a Adam, sus ojos se llenaron de manifiesta aversión, que le fue ampliamente retribuida.


      -Hola, marimacho-masculló hostilmente Adam; y antes de que se lo pudiera reprender, replicó ella:


      -Hola, enclenque marica y patético-y había en sus ojos la misma hostilidad. Por lo visto, en la herrería había tenido lugar entre ambos algún incidente, llenándolos de mutua antipatía.


      -Disculpa-gritó el sordo Gilbert, sin poder controlar, como siempre, el volumen de su voz, que ahora denotaba total extrañeza-: ¿a ti te viene la primera plaga bíblica?


      Pero esta alusión a las aguas transformándose en sangre, que hacía en realidad referencia a algo mucho más íntimo, no era algo con lo que Ursula estuviera familiarizada o que entendiera, como lo demostraba su expresión de azoro.


      -Gilbert, por favor...-lo reprendió Balduino, distraídamente, muy aliviado de que Ursula no comprendiese la pregunta.


      -Pregunta si se te pone la concha en sangre-aclaró malignamente Honney, para horror de algunos de los presentes.


      -¡HONNEY!-gritaron a un tiempo Karl y Balduino, furiosos.


      -Sólo muy de tanto en tanto, pero sí, se me pone la concha en sangre-replicó Ursula, sin conmoverse o alterarse en lo más mínimo.


      Honney puso cara de absoluto asombro, que pareció mutar en susto cuando Ursula se sentó a su diestra. Tanto él como los demás, incluido ahora el propio Balduino, la observaban como con desconfianza y no muy seguros de que fuera hembra o macho, ni de cómo debían tratarla.


      Durante un buen rato, Ursula permaneció cabizbaja, sumida en quién sabía qué cavilaciones, con una catarata de cabellos rubios amparando de miradas curiosas su intimidad. Cuando por fin alzó la vista descubrió con sorpresa los ojos de los demás fijos en ella, y cuando se volvió hacia Honney, éste se mostró de lo más incómodo. La viril princesa le sonrió con ferocidad, y el Kveisung trató a su vez de sonreír, amablemente en su caso, aunque sólo le salió una mueca tonta.


      Entre tanto, Balduino había reflexionado. El físico y el lenguaje corporal, mímico y hablado de Ursula hacían pensar que había pasado buena parte de su vida en cuarteles, así que, hasta que otro hecho lo hiciera variar de opinión, tal vez convendría tratarla como a un guerrero más.


      -Hoy vino un mensajero. Por él me enteré de que en Kaldern ya están al tanto de que hay Wurms en el Mar de Nerdel, aunque ignora qué prioridad le han otorgado a la noticia-informó-. En Christendom el pueblo la toma en serio, pero no los nobles.


      -Svend la tomará en serio-afirmó Ursula con mucha convicción.


      Miró a Balduino, quien le devolvió la mirada. Cada uno de los dos era una anomalía para el otro. Balduino no entendía que aquella mujer tan hombruna no sólo fuera más musculosa que él, sino que tuviera apenas dieciocho años y fuera una princesa. Y Ursula no comprendía que aquel muchacho a su juicio tan poco corpulento fuera el comandante de esa ruina. En Kaldern los guerreros eran verdaderos gigantes.


      La joven volvió la mirada hacia Thorvald, como no muy segura de no haber cometido un error; pero cuando volvió a hablar, se dirigió a Balduino, aunque daba la impresión de hacerlo a regañadientes.


      -No tengo prisa por volver a mi tierra-dijo-. Quisiera pedirte que me dejes permanecer aquí unos meses. Trabajo duro, soy excelente cazadora y sé cocinar mucho mejor que el animal que se viene encargando de esa tarea; de modo que no te traeré problemas.


      -Haz de cuenta que éste es tu...hogar-dijo forzadamente Balduino-. Podrás permanecer aquí sin realizar faena alguna.


      Pero no le hacía gracia que Ursula se quedara, pues siendo una princesa no podría darle órdenes, y comía por toda una escuadra.


      -Trabajaré bajo...tus órdenes-dijo ella. Era obvio que tampoco a ella le hacía mucha gracia la situación, pues la constreñía a estar al mando de alguien que, desde su óptica, era casi un enano.


       -Como quieras-consintió Balduino, decidiendo que si una princesa le ordenaba que le diera órdenes, debía dárselas-, pero tendrás que esperar otros diez días por lo menos. Me aseguraré de que estés repuesta del todo antes de exponerte prolongadamente a la intemperie.


      Ursula puso cara de indignado horror.


       -¡Diez días!-exclamó-. ¡Qué disparate!... ¡Me encuentro ahora mismo en perfecto estado! Además, engordaré si no hago algo de actividad. De hecho, ya estoy gorda y desmejorada. Me estoy ablandando.


       -Pues come menos-sugirió Balduino, algo molesto. Aquella coquetería femenina (o viril preocupación por mantenerse en estado atlético, lo que fuera) se presentaba en forma harto inoportuna.


      -Estoy acostumbrada a comer así.


      -Engorda entonces. Todo lo que quieras.


      -Me aburre estar sin hacer nada.


      Balduino ya se hartó.


      -Pues correremos el riesgo de que mueras de aburrimiento-dijo, visiblemente malhumorado-, que es preferible a morir de pulmonía mal curada. Y no hay más que decir. Hasta que decidas irte, eres desde ahora parte de la dotación de Vindsborg, y en Vindsborg mando yo. Y no expongo a mis hombres a riesgos inútiles, aunque esos hombres sean, digamos, princesas, ¿me has entendido?


      -Sí, señor-respondió Ursula con disciplina marcial. Por dentro  debía invadirla una rabia negra, pero la ocultaba tras una máscara de firme subordinación-. Pero, ¿ni cocinar podré?


        -Bueno... Eso es distinto-contestó Balduino-. Pero, para empezar, me temo que la cocina es el único sitio de Vindsborg donde no mando yo. 

Por EKELEDUDU
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Martes 9 febrero 2010 2 09 /02 /2010 19:22

      Dado que en el fondo Gudrun no le atraía, Anders estuvo varios meses vacilante, siempre diciendo que se aliñaría para hacerle una visita y sin cumplir nunca con sus intenciones. Ni en broma hubiera estado dispuesta a reservársela a Balduino, quien por otra parte no parecía interesado en mujeres. Pero ahora que estaba haciéndose amigo del pelirrojo, y pensando que tal vez ya era hora de que éste se tomara un tiempo para descubrir que había otras cosas en la vida aparte de las armas y los deberes con los que él tan meticulosamente se esforzaba en cumplir, Anders estaba dispuesto a renunciar definitivamente a Gudrun.


      -Mira, Balduino-le dijo en tono confidencial, rodeándole los hombros con su brazo en un gesto harto confianzudo-: dice una leyenda súndara que, al comienzo de las Edades, había una raza cuyos individuos  tenían ambos sexos en su cuerpo. También nos dice que había otras dos razas, una sólo masculina y otra femenina, pero eso no viene al caso. Cuenta la leyenda que Dziark, el dios de los súndaros, alzó su espada y hendió a cada individuo en dos; de modo que aquella raza que tenía dos sexos quedó dividida en una mitad femenina y otra mitad masculina. Por eso, sigue diciendo la leyenda, los hombres y las mujeres buscan tanto antes de decidirse por una pareja: extrañan y anhelan a la que alguna vez fue su otra mitad, la única que encaja perfectamente con ellas. La tuya te aguarda en alguna parte; ¿qué tal si empiezas a buscarla?


      -Leyendas-gruñó Balduino-. Muy linda por cierto. Yo también tengo una historia para contarte, aunque mucho menos romántica. Termina en cuarenta puñaladas.


      -Ay, hombre-gimió Anders, en gesto atribulado-. ¿Vas a juzgar tus posibilidades de éxito midiéndolas con el matrimonio de Lambert a modo de vara? Qué perspectivas más amargas. Escucha...


      Pero no llegó a decir nada más. En ese momento Hundi, quien hacía guardia junto al camino, se puso a gritar como loco:


      -¡Un jinete, señor Cabellos de Fuego, un jinete se acerca desde el Este, un jinete...!


      Balduino, sin pérdida de tiempo, montó sobre Svartwulk y partió al encuentro del jinete. Resultó ser, en efecto, un mensajero, y uno que hizo grandes esfuerzos por esquivar a Balduino, a quien tomó por un forajido y a quien tratando de perderlo por el trayecto arrastró literalmente hacia los bosques, antes de volver como pudo a la ruta que llevaba a Helmberg.


      Mientras todo esto tenía lugar, Anders se había quedado meneando la cabeza. Vaya miedoso resultó ser este pecoso si de mujeres se trata, pensó, en el momento en que Balduino montaba e iba tras el mensajero. Entonces se acordó de Kurt, quien seguía allí, pensando sin duda cómo volver a la carga.


      -Kurt... Ven aquí un minuto, por favor-le dijo. El criador de renos se le acercó, dócil y ya unido por cierta complicidad; pero no fue el único. Hansi se sintió aludido, y se acercó-. Enano, ¿no tienes nada que hacer por ahí?... Porque, si no te has dado cuenta, es a Kurt aquien llamé.


      -Ah-dijo Hansi; pero se quedó allí, andando de un pie en otro, mientras Anders y Kurt cuchicheaban en aire tan conspirador que se hubiera dicho que eran dos más en el grupo de convictos, y que tramaban fugarse.


      Luego de un rato, se vio regresar a Balduino hecho una furia, seguido por el mensajero, ambos en sus respectivas monturas. El joven correo de postas lloriqueaba quién sabía qué en tono insoportablemente plañidero.


      -¡CÁLLATE LA BOCA!-rugió Balduino-. Me importa un rábano la prisa que lleves. Si yo pude esperar todo este tiempo por un mensajero, tú puedes perfectamente aguardar unos minutos a que agregue unas líneas a lo ya escrito. No te aflijas-añadió, más compasivo; porque el aspecto fornido del mensajero resultaba engañoso. Era un adolescente que por lo visto de estaba iniciando en su oficio-. Mejor que los mensajes lleguen un poco demorados, a que no lleguen. Ten en cuenta todos los desvíos que hiciste para esquivarme. Exagera el número de esos desvíos, y todos entenderán que los Landskveisunger te obliguen a demorarte un poco.


      Y así diciendo, subió rápidamente la escalinata de Vindsborg, seguido del mensajero.


       Hansi fue corriendo detrás de Balduino.


       -¿A dónde crees que vas, mocoso?-susurró Anders, tratando infructuosamente de detenerlo-. Si repites tan sólo media palabra de lo que has oído...


      Hansi, en efecto, tenía la costumbre de fisgonear lo que hacían y decían los demás y contárselo a Balduino, si se trataba de algo indebido. Como ya lo conocían, todos se cuidaban de no hablar de más en su presencia; pero Anders, no pudiendo sacárselo de encima, tuvo finalmente que incluirlo como cómplice en su diálogo con Kurt a fin de asegurarse su silencio. Había que ver si la medida era exitosa.


      Así que, cuando Balduino se sentó a agregar algunas líneas adicionales al mensaje que ya tenía preparado, descubrió asombrado que  frente a él se hallaban, no sólo el mensajero, sino también Hansi y Anders. La mirada que éste dirigía al niño prometía estrangularlo en cuanto hablara de más, pero Balduino estaba demasiado ocupado para notarlo.


      -¿Sabes escribir, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Hansi.


      -¡Por supuesto que sé!-exclamó Balduino, mojando la pluma en la tinta.


      -Ni sabía. Como ni hablas bien...


      -¿Qué quieres decir?


      Mejor que explicar es mostrar; de modo que Hansi, allí nomás, hizo una imitación exacta del habla de Balduino. Este lo miró como disputándole a Anders el derecho de estrangularlo. Lo que, según Hansi, era no hablar bien, eran en realidad el dialecto, los modismos y la tonada de Rabenland; el Bersik correctamente hablado, según Balduino, aunque allí en Freyrstrande (y en general en Andrusia) todos los demás discreparan sin pensarlo mucho.


      Anders lanzó una carcajada, y también el mensajero bajó la cabeza para ocultar una sonrisa. Hansi, sin embargo, miraba a Balduino en gesto obstinado.


      -¡Si es cierto!-insistió; y al fin sonrió él también, pero más contagiado por la imparable carcajada de Anders que otra cosa.


      Que vengan después a decir que la Matanza de los inocentes hace de Herodes un malvado, pensó Balduino. Pero prefirió no perder más tiempo y hacer lo que tenía que hacer; así que escribió las líneas que tenía que agregar, que fueron bastantes; y por último aplicó polvos secantes sobre la tinta, enrolló el mensaje y se lo entregó al muchacho del correo de postas.


      -Toma. Y más vale que en lo sucesivo, tú y tus cofrades os detengáis aquí para cerciorarse de que no tenga mensajes que despachar. Repite la consigna, o te busco y te rompo el pescuezo-gruñó-. Vamos, desaparece.


      -¿Puedo retirarme, señor?-preguntó nerviosamente el mensajero.


      -Sí, sí, ¿qué acabo de decir?... Ve con Dios, ve con Dios-contestó impaciente Balduino, incorporándose.


      El mensajero hincó ceremoniosamente rodilla en tierra, para desesperación de Balduino, quien no entendió tanto protocolo en alguien que decía estar apurado por partir; luego dio media vuelta, bajó a toda prisa la escalinata y, montando su caballo, partió al galope.


      -Qué pesado, ¿qué pasa con el servicio de postas?-exclamó Balduino, quien había bajado también junto con Anders y Hansi, y lo veía alejarse hacia el Este-. O no consigues que vengan a ti, o si lo consigues, no puedes sacártelos de encima.


      -Disculpa, pero tú también eres único-objetó Anders-. Con todos los días que tuviste para agregar cualquier cosa que te hubiera quedado en el tintero, ¿recién te acuerdas ahora de terminar de escribir?


       -¡No me acuerdo recién ahora, no me acuerdo recién ahora!...-rezongó Balduino-. Lo que ocurre es que le pregunté al mensajero, cosa lógica, cómo va la guerra. Y me dijo que en Drakenstadt están desesperados porque no pueden rescatar a las dotaciones de dos fortalezas que hay a la entrada del Hrodesfjorde. Se me ocurrió una idea para hacerlo. No sé si sería viable, pero tal vez lo sea, en cuyo caso de alguna forma debo comunicársela al Gran Maestre o a quien sea, ¿no? Que el señor Eyjolvson decida, entonces, si esa idea puede ponerse en práctica. 


      Ulvgang había estado sobre ascuas desde la llegada de aquel correo, porque sabía que el primer paso para lograr por vías legales la libertad de Tarian era despachar el mensaje escrito por Balduino; de modo que en cuanto éste se puso a trabajar con los demás, decidió abordarlo. El pelirrojo se adelantó a su pregunta:


      -El mensaje está en camino, aunque este mensajero iba hacia el Este. Le entregará el mensaje a otro correo que vaya en dirección opuesta y con quien se cruce por el camino. Ahora todo es cuestión de tiempo y de suerte-informó; y Ulvgang suspiró aliviado.


      Balduino y Anders acomodaban un  tronco en la empalizada cuando Hansi decidió quitarse una duda que lo tenía a maltraer:


      -Señor Cabellos de Fuego, si eres un guerrero, ¿para qué necesitas escribir?-inquirió, perplejo.


      -Pero Hansi, ¿cómo que para qué necesito escribir?-preguntó Balduino-. Si no sé leer ni escribir no puedo descifrar mensajes interceptados al enemigo, ni enviar misivas a mis superiores si los tuviera lejos y necesitara comunicarles algo. Para un oficial es fundamental leer y escribir, al menos para uno que quiera hacer carrera. Si eres analfabeto, a lo máximo que puedes aspirar es a mandar sobre unos cuantos patanes en un castillo de mala muerte perdido en medio de la nada.


     -Por lo tanto, Hansi-intervino Honney, atrózmente irónico-, más vale que aprendas a leer y escribir. Y así, cuando también tú seas guerrero, un día llegarás a mandar sobre convictos peligrosos en una ruina que se caiga a pedazos perdida en medio de la nada. Todo un ejemplo de progreso.


      La carcajada fue general, y el propio Balduino, apoyándose sobre el tronco a medio apuntalar, se halló casi llorando de la risa. Tal vez fue entonces cuando descubrió el efecto benéfico de saber reírse de sí mismo. Hansi, sin embargo, estaba serio y pensativo. Jamás había salido de Freyrstrand y, por lo tanto, no tenía con qué comparar a Balduino, salvo los esbirros de Einar. No obstante, en un razonamiento lógico desde su punto de vista, entendía que, si habían enviado sólo a Balduino a proteger Freyrstrand, era porque valía más que todos los hombres de Kvissensborg juntos y era una figura muy gloriosa.


      -¿Me enseñas a escribir mi nombre, señor Cabellos de Fuego? En la arena, y yo lo copio, ¿sí?-preguntó Hansi.


       De esta manera daba el primer paso en un camino que lo llevaría a convertirse en el mayor cronista de la Andrusia del siglo X.

Por EKELEDUDU
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Martes 9 febrero 2010 2 09 /02 /2010 18:57

      Al día siguiente, muy temprano, Kurt vino a Vindsborg sólo para saludar, según él. En realidad, algo debía traerse entre manos. El largo Kurt tenía ciertas mañas zorrunas que uno no imaginaría viendo su tosco rostro de aldeano campechano e inocentón. Según su costumbre, estrechó efusivamente la mano de todos los que halló a su alcance a medida que iban saliendo de Vindsborg (salvo en el caso de Karl, a quien palmeó afablemente las espaldas) hasta que por fin vio a Balduino. 


      -¡Ah, Kurt, así que has venido!... Qué bien, porque hay algo que quería comentarte-dijo el pelirrojo, saliéndole al encuentro con Anders a su diestra mientras Hansi se les unía también corriendo desde el muelle donde su padre y los otros pescadores acababan de hacerse a la mar.


      Vaya súbditos los que te granjeaste, campeón, pensó Anders, divertido, mirando alternativamente a Hansi y Kurt. El mocoso casi derriba a Balduino al arrojarse afectuosamente sobre éste tomándolo por sorpresa. Ya acostumbrado y más tolerante con él ahora que repuntaba su ánimo, Balduino no lo regañó y lo conservó a su siniestra colocándole la mano en el hombro.


      En cuanto a Kurt, respondió al llamado con tal celeridad que se hubiera pensado que el Rey en persona lo convocaba para concederle cuando menos el honor de la Caballería y la mano de su hija, si la tuviera.


      Balduino sabía que seguramente Kurt no era la persona idónea para exponerle sus intenciones, pero después de todo, ¿por qué no él? Para empezar, lo tenía a la vista, cosa muy conveniente.


      -Sé que el viejo Oivind va una o dos veces por semana a Vallasköpping a cambiar vuestros productos por cosas que aquí no se consiguen-le dijo-. También sé que, aunque se diga muy trabajador, hay que aplicarle espuelas para que se ponga en camino y que, encima, cuando por fin se digna ir roba lo que puede, aparte de lo que os cobra oficialmente. Vamos a cambiar eso. Voy a necesitar de los servicios de Oivind, porque tenemos en Vindsborg un  montón de pieles de animales  que hemos cazado, ya curtidas; y en cambio, hay otras cosas que nos faltan. Como se atreva a robarme o hacerse el remolón conmigo, lo va a lamentar. De modo que ve y di a la gente que traigan parte de los productos que quieran dar en trueque, como si fueran un regalo para mí. Haremos que el viejo los cambie por productos que necesitéis, y luego venís a retirarlos. Haremos esto al menos una vez por semana o cada dos semanas, ya veremos. Luego de un tiempo, Oivind notará la treta, pero mucho no podrá hacer, aparte de gemir que es su ruina. Si nosotros...


      Se interrumpió al advertir preocupado que la mente de Kurt parecía hallarse a leguas de distancia de allí.


      -Dime una cosa-preguntó entonces-: ¿oyes lo que te digo, o todo el tiempo me has tenido hablando y hablando como un imbécil, sin que te dignaras prestarme atención?


      -¿Eh? ¡Ah, sí!... ¡Te oigo, amigo, te oigo!-replicó Kurt, muy serio-. Amigo, necesitas una mujer.


      -Pero Kurt, ¿¡otra vez con eso!?-exclamó Balduino, exasperado. El tema parecía haberse convertido en la obsesión del joven aldeano. Decían que principalmente vivía de la crianza de renos y sin duda esta actividad debía dejarle mucho tiempo libre para empollar ideas insólitas y recurrentes como aquélla.


      Anders sonrió ante la obstinada insistencia de Kurt; sin embargo, tras meditar unos segundos, dijo a Balduino:


      -Estoy pensando que no te vendría mal descubrir lo que se siente cuando te acaricia una mujer...


      Kurt puso cara de satisfacción, e hizo un significativo ademán con la mano, como diciendo: ¡A eso quería llegar yo!


      -¡Si ya sé qué se siente! No es que haya estado con muchas, pero estuve, y no fueron experiencias memorables.


      -Con putas que nos conseguía la Orden... Y no sé por qué, se me ocurre que eso no es para ti-rebatió Anders.


      -La verdad, Anders, somos muy diferentes tú y yo. A ti siempre te atrajeron las mujeres, mientras que a mí me interesaría sólo una, la mujer ideal, si la hubiera para mí-replicó Balduino.


      -¡Pero si la hay, hombre!...-exclamó Anders, en tono a medio camino entre el fastidio y la súplica, algo que también expresaban vivamente sus ojos verdes-. Sólo tienes que buscarla.


      A Anders le gustaban las chicas lindas, pero eventualmente aceptaba también a otras que no lo fueran tanto, si venían servidas en bandeja. No había tenido tiempo de investigar qué había para él en Freyrstrand pero, por lo que sabía, no era mucho. Había sólo dos muchachas solteras, una de las cuales era la prometida de Kurt. En la ciudad tal vez hubiera tenido menos escrúpulos para cortejar mujeres ajenas, pero por algún motivo parecía de lo más vil e innoble hacerlo en un sitio como Freyrstrand. Tal vez porque de lejos se notaba que allí la gente eran personas de trabajo que confiaban mucho en el valor de un apretón de manos y la palabra dada, y que ante el engaño o la traición reaccionaban con menos ira que dolor. Lo que en la ciudad la propia conciencia hubiera admitido como picardía aquí sería pura y simple canallada.


      Todo lo cual conducía a la única joven que hasta donde Anders sabía estaba libre de compromisos, una  pastorcita bastante feúcha de cara aunque no de cuerpo, que se llamaba Gudrun Heimriksdutter y tenía dieciocho años. Balduino y Anders la habían visto ya el día de su llegada a Freyrstrande: se le habían acercado para hacerle ciertas preguntas.


     La pastorcita podía no ser una gran belleza, pero era mejor que nada; de modo que Anders, posteriormente, hizo indagaciones sobre ella aquí y allá. Así fue enterándose de su historia. Gudrun había vivido con su padre y su madre hasta hacía tres años atrás. El padre era un  individuo violentísimo que faltaba en su hogar las tres cuartas partes del año, tiempo que pasaba en Vallasköpping, presumiblemente con una concubina. La cuarta parte restante la pasaba con su familia oficial, embriagándose cuando tenía con qué y, borracho o sobrio, gritando y golpeando a su esposa. En Freyrstrand nadie lo quería y varios se habían trompeado con él comenzando, increíblemente, por Fray Bartolomeo, quien lo sacudió varias veces en un intento por sacarle la mala costumbre de descargar su ira en su esposa y su hija.


      Por eso nadie lloró su desaparición, tres años atrás. Anders notó que los aldeanos esquivaban mucho ese tema. Heimrik, el padre de Gudrun, se había ido del hogar luego de que su hija le hiciera frente, interponiéndose entre él y su madre, quien otra vez recibía de su esposo una paliza. Ocurrió de noche y durante una tormenta de nieve. Nada más se supo de él.


      Tras la desaparición de su temible padre, Gudrun fue cortejada por un muchacho, Thorstein Thorsteinson, también llamado Thorstein el Joven, hijo de aquel otro Thorstein que con ayuda de Kurt reparó el torreón por encargo de Balduino. Pero el muchacho estaba ya formalmente comprometido con quien luego sería su esposa, por lo que Gudrun no sólo no tomó bien que tratara de seducirla también a ella, sino que además lo rechazó con ahínco. Desde entonces, Thorstein el Joven no podía librarse de una un tanto excesiva reputación de depravado donjuán. En cuanto a Gudrun, no mostró interés en conseguir esposo. Al parecer, ni la brutalidad de su padre ni la duplicidad de Thorstein la ayudaban a desear uno, pero de todos modos ya no había en Freyrstrand hombre para ella. Independiente y resuelta, prefería la compañía de su madre. Pero cuando ésta murió el pasado diciembre, Gudrun entró en crisis, en una atroz depresión que la llevó a consultar a la vieja Erika. Esta no sólo era prostituta; vivía también de otras actividades que incluía la adivinación por medio de las cartas, y Gudrun fue a verla para que le predijese el futuro. Erika le vaticinó que en breve tiempo conocería a un Caballero que se enamoraría perdidamente de ella. Era exactamente el tipo de tonterías que tantas otras adivinas y videntes auguraban a lo largo y a lo ancho a muchas jóvenes tontas y crédulas que acudían a consultarlas, y Gudrun la creyó al principio, hasta que en marzo el invierno, que ella detestaba, empezó a perder vigor. Entonces  se sintió una tonta, pero al menos el augurio le había proporcionado algo a lo que aferrarse para sobrevivir a la estación fría y una ilusión que acariciar mientras pastoreaba sus ovejas en medio de los rigores climáticos.


      Para cuando empezó a descreer del vaticinio empezó a sonar fuerte el rumor de que un Caballero vendría a Freyrstrande a proteger a sus habitantes de los grifos que inesperadamente se habían instalado durante el invierno en lo que luego se llamaron las Gröhelnsklamer, las Torrenteras de los Grifos, a las que dieron nombre. Todos recordaron entonces la predicción de la vieja Erika, tal vez porque ésta, orgullosa de su acierto en ciernes, fue la primera en vocearla. ¿Había sido casual que Gudrun estuviera en la playa, cerca de Vindsborg, el día de la llegada de Balduino y su escudero? ¿Se había desviado del camino a su hogar sólo para presenciar el espectáculo del sol del ocaso sobre el océano? Anders no lo sabía, pero en todo caso el apodo de señor Cabellos de Fuego que ahora llevaba Balduino, aunque difundido en Vindsborg por Hansi, se lo había puesto ella, al parecer impactada por el fulgor rojizo de aquella melena que tanto le recordaba el resplandor del fuego del hogar, que ella amaba y echaba en falta desde la muerte de su madre cuando regresaba a su casa y la hallaba helada y en un silencio de muerte. 

Por EKELEDUDU
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Jueves 4 febrero 2010 4 04 /02 /2010 20:05

LXI

      Esa noche, el siguiente turno de guardia al pie de Vindsborg le tocaba a Balduino, por lo que terminó de cenar antes que los demás, y bajó a cumplir con lo que correspondía.


       Se hallaba un tanto nostálgico y soñador mientras contemplaba el océano en la pleamar bajo la argentada luz de la luna llena; y por alguna razón no le sorprendió ver que Anders venía a hacerle compañía.


      -¿Molesto? Quería hacerte una pregunta, nada más-dijo, aunque ambos intuyeran que esto era un simple pretexto. Hacía dos días buscaban uno para entablar conversación.


       -No, Anders, pregunta lo que quieras-repuso Balduino, sonriendo cordialmente.


      -¿Recuerdas cuando íbamos camino a Ramtala con Abelardo de Hallustig y su escudero?... Abelardo te comentó, como novedad, que acababa de enterarse de quién era El Justo: Benjamin Ben Jakob. Tú contestaste que ya lo sabías.


      -Sí, me acuerdo.


      -¿De veras lo sabías, o nada más fanfarroneabas? ¿Tanta confianza te tenía el señor Ben Jakob, para revelarte algo que podía ser tan comprometedor?


      Balduino suspiró.


      -Anders, esto es largo y un poco difícil de explicar-dijo-. En cierto momento, sospeché que el señor Ben Jakob era El Justo. Y se lo dije. El contestó que sí, que tenía razón; pero con tanta serenidad lo admitió, sin pedirme discreción ni nada por el estilo, que luego no estuve seguro de haber acertado. Pensé que tal vez me había equivocado y el señor Ben Jakob trataba de despistarme para que no se me ocurriera hacer indagaciones que me llevaran a deducciones más acertadas. Sólo en los últimos dos años estuve casi seguro de que sí,  que el señor Ben Jakob era El Justo; pero siempre continué con un margen de dudas. Así que decide tú si sabía, o si fanfarroneaba.


      -¿Y cuánto hace que sospechaste por primera vez?-preguntó Anders.


      -Hará más o menos cuatro años... Luego de eso, supuestamente en premio a mi sagacidad, el señor Ben Jakob me ascendió a bachiller, y tú entraste a mi servicio.


      -Al principio sólo para espiarte, como habrás notado.


       -¿Para espiarme? No, no sabía...


      -El señor Ben Jakob me dijo que me pondría al servicio de alguien que tal vez fuese un enemigo infiltrado; así que tendría que fingir ser un siervo muy solícito y espiarlo sin que se diera cuenta... Y ése fuiste tú. Ahora me doy cuenta de que probablemente no debe haberle hecho mucha gracia que descubrieras su secreto-dijo Anders-. Por supuesto, nunca encontré pruebas que te incriminaran en nada, y temí ser un pésimo espía. Es raro, creí que te habías dado cuenta.


      Hubo un breve silencio, roto por la risa de Balduino: una risa alegre y espontánea que probablemente se oía por primera vez y que embellecería de allí en más su semblante incluso cuando éste se hallara ya desfigurado por el fuego de los Wurms; una risa humana y noble que lo haría muy querido.


      -No es que no me haya dado cuenta, pero creí que me espiabas por la gran admiración que me tenías-confesó-. Lo que puede el ego, ¿eh? Pero, ¿por qué iba a pensar otra cosa? No tenía secretos que ocultar, así que no se me ocurrió que te hubiese enviado el señor Ben Jakob.


      -Igual fue por breve tiempo-dijo Anders, sonriendo-. Se ve que el señor Ben Jakob confió enseguida en ti, puesto que pronto te encomendó todo tipo de misiones...


      Balduino meneó la cabeza.


      -No creas-contestó-. Mayormente me usaba para llevar mensajes cuyo contenido nunca supe. Por ese entonces me asaltó ya una sospecha, pero ahora, hablando contigo, casi no tengo dudas: esos mensajes en realidad debían contener información falsa, y sólo tenían por objeto probar mi lealtad a la Orden. Si yo hubiera llevado alguno de esos mensajes al enemigo, tal vez habría enviado a éste de cabeza a una celada preparada de antemano. Seguramente el texto contenía alguna clave alertando al destinatario de que el resto del contenido no era veraz, caso de que yo lo entregara fielmente a quien me habían mandado.


      -Igual, a la larga el señor Ben Jakob terminó confiando en ti. Por algo te eligió para que te pusieras al frente de los escuderos encargados de poner a salvo a aquellos aldeanos en Hallustig, luego de lo cual te armaron Caballero.


      -Sí, pero ya habían pasado dos años, y llevaba cinco junto al señor Ben Jakob. Y ni entonces quedó del todo conforme conmigo. Me habló hacia el atardecer de la víspera del dia en que fui armado, poco antes de que comenzara a velar las armas. Me dijo que yo era a la vez su mayor orgullo y su mayor fracaso; que contaba con astucia, valor, sentido de la justicia y gran destreza en el manejo de todas las armas, llegando incluso a superarlo a él en ese aspecto, pero ni pizca de amor al prójimo; que todo lo hacía maquinalmente, como un gólem-Balduino suspiró-. Logró avergonzarme por un  momento, pero eso de que lo había superado en el manejo de todas las armas me infatuó de nuevo... De hecho, creo que en ese momento mi soberbia llegó a la cúspide... Nada menos que aquel a quien yo tenía por el mejor, me decía que yo lo superaba.


      -¿Y por qué creíste que él era El Justo?


      Balduino hizo memoria.


      -Dio la casualidad de que, entre todas las figuras del Monte Desolación,  la que más me atraía era El Justo, aun antes de sospechar siquiera que lo tenía ahí, a mi lado-dijo-. Eso ayudó. Si sientes admiración por alguien, lo buscas a tu alrededor. Y yo admiraba a El Justo porque en cierto momento el destino de la Orden pendió de él, de su resistencia a la tortura y su valor. Además, tal vez no sea yo muy fervoroso creyente en Dios, pero quizás me gustaría serlo; y hallaba algo de milagroso en la historia de El Justo resistiendo a la tortura mientras repetía una y otra vez el salmo 23.


      ’Algo que me llamaba la atención era el gran número de judíos que había en la Orden, porque en muchos lugares se los considera asesinos de Cristo y se los tiene por debajo, incluso, de las bestias; mi padre, por ejemplo, no los podía ni ver. Es verdad que, en principio, la Orden no podía darse el lujo de rechazar a nadie; pero se me ocurrió que si aceptaba a seres tenidos por otros casi por subhumanos, debía ser porque uno de ellos había descollado en alguna proeza. El señor Ben Jakob había ingresado a la Orden siendo bastante joven, según se podía calcular por comentarios suyos. Esto indicaba que se venía aceptando a judíos en la Orden desde hacía mucho tiempo atrás. Por consiguiente, la hazaña en cuestión tenía que haberse realizado mucho tiempo atrás. ¿Por qué no en el Monte Desolación? Todavía más, ¿por qué no podía el señor Ben Jakob haber estado allí? La edad lo hacía un buen candidato porque, haciendo cálculos, en la época en que estalló el volcán él tenía que ser adolescente o poco más.


      -De acuerdo-concedió Anders-. Pero, ¿por qué debía ser precisamente El Justo? ¿Por qué no El Sabio, El Jinete de Drakes o cualquier otro?


      -A ver: al comienzo de la historia del Monte Desolación, se nos decía que El Justo y su familia eran constantemente humillados y denigrados por los poderosos de Nemorea, y que vivían aislados. No se aclaraba el motivo, pero forzosamente tenía que ser algo que los segregara del resto de la gente. Por herejes, se me ocurrió primero; pero lo descarté enseguida, porque había muchos herejes en Nemorea, según sabemos por lo que nos han contado, los cuales buscaban la protección del número. Como no era el caso de El Justo y su familia, tenía que tratarse de otra cosa. Lo siguiente en lo que pensé, no sé por qué, fue en judíos. Probablemente porque también en su caso, como en el de los herejes, es su religión lo que los margina: mi padre les tenía prohibido el ingreso al Ducado. Y además, tenía uno cerca, ¿no? Cuando uno trata de descubrir algo, mira alrededor en busca de algo que pueda serle de ayuda. No tenía que ir muy lejos para inspirarme. Y se me ocurrió que la descripción del abuelo de El Justo parecía la de un patriarca bíblico...


      -Un momento-interrumpió Anders-: El Justo y su familia vivían bastante aislados, pero no es así como suelen vivir los judíos. También ellos tienden a agruparse en barrios o comunidades...


      -Sí, pero eso yo no lo sabía: no olvides que en Rabenland no había visto ninguno. No tenía forma de saber que la mayoría de los judíos no viven así. De todos modos, en el caso del señor Ben Jakob no se trata de cualquier judío: es un cabalista, y sus creencias parecen heréticas a otros judíos. Tendrías que haber visto, por ejemplo, qué cara pusieron en el Barrío Judío de Vallasköpping cuando comenté que conocía y respetaba enormemente a un judío cabalista conocido mío. Fue como mencionarles al mismísimo Belcebú... Claro que yo no sabía todo esto tan en detalle por ese entonces.


      ’De cualquier forma, otras dos pistas parecían confirmar que él era El Justo. Para empezar, su modestia: nunca nos enteramos de hazañas suyas; no por boca de él, al menos. Dio la casualidad de que, aunque nos relató muchas historias acerca del Monte Desolación, nunca mencionó a El Justo. Nos hablaba de Sansón, de El Sabio y de muchos otros, pero nunca de El Justo quien, sin embargo, tuvo una actuación breve pero fundamental en el Monte Desolación. Esto era sospechoso. Hubiera podido entenderse si al señor Ben Jakob la justicia no le interesara menos que a otros y, por lo tanto, juzgase al personaje poco importante. Pero al contrario, le importaba más. Para él era algo elevado, algo sagrado; siempre estaba machacando con eso de que, para nosotros, la Justicia debía ser la primera religión, y que la que cada uno profesara debía relegarse a segundo término. Además, vacilaba al tomar algunas decisiones o emitir juicios, porque no quería ser injusto con nadie. Y si tanto valoraba la justicia, ¿no debería haber mencionado más a menudo a El Justo, poniéndolo como ejemplo de lo que deberíamos ser? En esto su modestia lo traicionó. Hablaba de El Justo tan poco como de sí mismo, y esto hacía probable que ambos fueran una misma y única persona.


      ’Hubo otra pista. ¿Recuerdas que, aparte de sus armas, las posesiones más valiosas del señor Ben Jakob eran esos tres libracos encuadernados en cuero de unicornio que siempre llevaba con él a menos que en el momento fueran un verdadero estorbo?


      -Sí-confirmó Anders-. Estaban llenos de una escritura extraña...


      -Caracteres hebreos-precisó Balduino-. Yo no podía leerlos, por supuesto; pero cuando ya estaba casi seguro de que el señor Ben Jakob era El Justo, los revisé sin que él me viera, tratando de descubrir algo que confirmara mis suposiciones. Al abrirlos, noté que algunas páginas estaban muy manoseadas, mucho más que las demás, aunque las cubiertas estaban en excelente estado. Si los libros habían pasado de generación en generación, habían sido muy bien cuidados, pero aquellas páginas estaban ajadísimas. Y si lo estaban era evidentemente porque habían sido leídas más a menudo que las otras...


      ’A lo largo de varios días, aprovechando cada ausencia del señor Ben Jakob, copié como pude los títulos de los tres libros, y párrafos de las páginas más manoseadas de cada uno de ellos. Me tomó mi tiempo hallar un judío que me leyera los caracteres y en el que pudiera confiar que hiciese pocas preguntas o ninguna; y en realidad opté por valerme de distintos traductores para distintos párrafos, para no llamar tanto la atención. Los tres libros resultaron ser la Torah, el Talmud y no recuerdo qué tratado cabalístico. Todos los párrafos versaban sobre la justicia, y me impresionó mucho uno en especial, extraído del tratado cabalístico, que hablaba sobre los Lamed Vav.


      -¿Qué es eso?-preguntó Anders, desconcertado.


      -No qué, sino quiénes: según la Cábala, treinta y seis hombres justos cuya conducta recta detiene la ira de Dios. De no ser por ellos, Dios destruiría al mundo; no lo hace, por amor a esos treinta y seis. Se cree que ningún Lamed Vav sabe que lo es; cuando se entera, muere, y en otra parte del mundo aparece otro para reemplazarlo. Suena como una especie de relevo-ironizó Balduino-. Supongo que tras años de aguantar la locura humana y temer ser parte de ella, es un buen premio para alguien enterarse de que se ha comportado de verdad rectamente y merece el descanso eterno. Lástima que un pobre infeliz tenga que venir a reemplazarlo. Por suerte ni sabe lo que le espera...


      Anders quedó primero perplejo y luego pareció muy excitado o emocionado.


      -¿Quiere decir-preguntó-que gracias al señor Ben Jakob y a otros treinta y cinco tipos, Dios no destruye al mundo?


      -Es dudoso que existe tanta gente recta-se burló Balduino-. No, trato de decirte nada más que ese pasaje del tratado cabalístico demostraba que el señor Ben Jakob concedía enorme importancia a la justicia. Si no es un Lamed Vav, intenta parecérseles mucho. Por lo demás, te sugiero que olvides en adelante eso de los Lamed Vav, porque de más está decirte que si te oyeran hablar del tema, podrías tener problemas con nuestra dudosa Santa Iglesia...


      -Bah, ¿no defendemos herejes? Los tendremos de todas maneras.


      En el claroscuro de la noche de luna llena, Balduino se agitó nerviosamente.


       -En eso tienes razón. Y puede que tengamos incluso más de los que imaginamos...-murmuró.


      -¿A qué te refieres?-preguntó Anders.


      -La última vez que vi al señor Ben Jakob, poco antes de la convocatoria para luchar contra los Wurms, me confió un secreto que ya no tiene sentido guardar: financieramente, la Orden está casi acabada. Salvo unas pocas reservas, el oro de los Zarpazos de Dziark ya no existe-contestó Balduino-. Y nos estaban cercando por todas partes. El Toro Bramador de Vultalia era implacable para perseguirnos.


      -Nunca entenderé por qué no mataste a ese carnicero cuando tuviste la oportunidad de hacerlo-dijo Anders.


      -Tal vez ni yo lo entiendo bien. Ese carnicero, aparte de ser un personaje poderoso, tenía sentido del honor-contestó Balduino-. Si fue brutal y cruel, al menos creía estar haciendo lo correcto, creía ser íntegro. Nos veía como una amenaza que debía ser eliminada, no por poner en riesgo sus fueros y posesiones, sino por atentar contra lo que él pensaba eran valores cristianos. Diezmaba nuestras huestes cuando podía, pero a los herejes que defendíamos simplemente los arrestaba y entregaba a las autoridades para enjuiciarlos. No digo que me cayera simpático, pero mejor él como enemigo, y no otro que no conociéramos y que podría ser peor. Al perdonarle la vida, traté de demostrarle que también nosotros tenemos sentido del honor; que lo haya logrado o no, es otro asunto. Pero nada de eso importa porque entonces, cuando empezaba a parecer que nuestra aniquilación era cuestión de tiempo,  comenzó la guerra.


      -No entiendo a dónde quieres llegar...


      -Trato de decirte que esta guerra no hace más que demorar nuestro final y que, gane quien gane, nosotros ya perdimos.


      -¿Por qué ese pesimismo?


      -Supongamos que los Wurms fueran derrotados y que nosotros recibiéramos un indulto. ¿De qué delitos deberíamos ser indultados? Precisa un indulto quien cometió fechorías; dime tú qué hicimos nosotros. ¿Proteger herejes? ¿Aceptar judíos en nuestras filas? Rebajándonos a aceptar un perdón por todas estas cosas, estaríamos admitiendo que se trata de delitos y tendríamos que comprometernos a no reincidir en ellos en lo sucesivo. Supuestamente, ya no necesitaríamos defendernos, pues no seríamos atacados. Pero en lo concerniente a los herejes, si el Reino y la Iglesia decidieran exterminarlos, no sólo no estaríamos autorizados a defenderlos, sino que hasta se esperaría de nosotros que participásemos de la matanza. De aceptar a judíos en nuestras filas ni hablar, por supuesto. Los sodomitas son otro cantar. No digo que la sodomía no sea un vicio repugnante, pero si vamos al caso también lo sería sacarse los mocos con los dedos y comérselos como lo hacen tantos, incluso gente de noble cuna. Y nadie castiga a nadie, excepto hablando mal a sus espaldas, por comerse los mocos. Supongamos, sin embargo, que la sodomía es un asunto más serio y merece una pena más dura. El problema es que en nuestra Orden ese vicio  tuvo que ser tolerado durante mucho tiempo por razones de prudencia, como hasta el señor Ben Jakob reconoce.  Cada tanto se nos abastecía de prostitutas para que, si tal era nuestro deseo, nos desfogáramos con ellas; pero no eran tantas, puesto que de la mayoría era imposible fiarse acerca del silencio que guardaran sobre lo que pudieran ver y oir en nuestros campamentos. Luego, estaban las mujeres herejes. Para éstas, éramos héroes. Las que estaban disponibles se rendían fácilmente a los encantos de los más apuestos de los nuestros...


       Anders sonrió, y Balduino no tuvo dudas de que su escudero rememoraba quién sabía qué pasado desliz. Seguramente, para reforzar todavía más sus dotes de seductor nato, había hecho suyas las hazañas de otros para jactarse de ellas ante quién sabía qué damisela.


      -...pero tampoco eran tantas las que estaban disponibles, y las que no lo estaban, las teníamos prohibidas; no fuera cosa de que un marido cornudo y despechado prefiriera perderse a sí mismo con tal de vengarse perdiendo al mismo tiempo al amante de su esposa y a la Orden a la que éste pertenecía-prosiguió Balduino-. Las restricciones sexuales en nuestra orden eran tantas y tan estrictas, que era inevitable que algunos guerreros terminaran amancebados unos con otros. Usar la armadura para seducir se castigaba con la muerte...


      -¡Pero eso no se cumplía! ¡Si eran unos cuantos los que cortejaban mujeres con su armadura puesta!


      -Vamos, Anders, sabes bien que en nuestra Orden la letra pequeña no corre. Esas mujeres eran herejes; y los Caballeros que las cortejaban, sus salvadores. Lo de usar la armadura para seducir es algo muy amplio; hasta acudir al rescate de una mujer en peligro podría interpretarse como seducción involuntaria, pues es frecuente que en esos casos la mujer quede prendada del Caballero que la salvó. Pero eso es una cosa, y otra muy distinta, ponerse la armadura y recorrer los caminos lisonjeando a cuanta mujer vea uno. Cualquiera de esas mujeres podía estar pagada por nuestros enemigos; y si no, podía suceder que se le ocurriera traicionarnos estando sobre la marcha. Es estúpido contar con que un Caballero, en brazos de una mujer  y consumido por la pasión, se abstendrá de revelar secretos; acuérdate de la historia de Sansón y Dalila, si no. Eso de usar la armadura para seducir se refiere a estos casos y otros por el estilo. nadie puede decir que no lo sabía, porque se nos lo advertía en el mismo instante en que se nos proponía ingresar a la Orden. Es verdad que, como nada hay escrito ni ampliamente explicitado, uno puede aferrarse a la ambigüedad de los términos de la regla y utilizarla como subterfugio para salvarse si es pillado in fraganti; pero me parece un recurso vil, cobarde e indigno de un Caballero. Si se ha faltado a una norma, afróntese valientemente el castigo, aun si éste es la muerte. Y te aseguro que el castigo se aplicaba, porque mi primer encuentro con los Caballeros del Viento negro tuvo lugar en circunstancias algo tétricas, una noche en que hallé a un grupo de ellos sepultando a otro que acababa de ser ejecutado precisamente por faltar a esa norma. El señor Ben Jakob estaba también allí. Me dijo que lamentaba haber tenido que hacerlo, pero que no era posible arriesgar la seguridad de muchos por la irresponsabilidad de unos pocos. Y allí mismo me habló de la dura abstinencia sexual de la Orden para que meditara bien si de verdad quería unirme a ellos.


      -Menos mal que me tenías tan atareado que me era difícil faltar a esas reglas...-suspiró Anders.


      -¿Y por qué crees que te tenía todo el día engrasando y puliendo armas y armaduras que no necesitaban ser engrasadas ni pulidas?-preguntó Balduino-. El señor Ben Jakob se dio cuenta enseguida de que las mujeres eran tu punto débil y que, quizás, aceptarte en la Orden había sido un error; pero ya era muy tarde para repararlo. Como le eras simpático, rezaba para no tener que condenarte a muerte algún día. Me dijo que me haría responsable de cualquier falta que tú cometieras en ese sentido, pues estabas a mi servicio y tu conducta mancillaría mi honor. Agregó que eras todavía demasiado joven y alocado para responsabilizarte de nada. Como me sabía fanático del cumplimiento del deber, no dudó de que conmigo estarías a salvo de ti mismo. Sólo te daba momentos de respiro cuando había chicas a las que te estuviera permitido cortejar.


      Anders sonrió divertido.


      -Así que el culpable de que me tuvieras de aquí para allá era el señor Ben Jakob?-preguntó.


      -Si quieres verlo de esa forma...-murmuró Balduino-. Recuerda, sin embargo, lo que dijo Thorvald el otro día acerca de asumir las culpas propias.


      -Hablaba en broma-aclaró Anders.


      Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo palabra, y sólo se oyó el murmullo de las olas cuya espuma la luna bordaba en plata. Aun turbado por íntimas e irresolubles preocupaciones, Balduino se sentía feliz, tal vez porque era una hermosa noche, o porque por fin hablaba con Anders como nunca lo habían hecho antes. Tal vez en ese momento fue consciente de que empezaba a amar Freyrstrande, aunque sin duda no sospechaba todavía que, cuando tuviera que abandonarlo, su corazón se haría añicos.


      -De todos modos, el hecho es que muchos cofrades nuestros yacen unos con otros-dijo de repente-. En tanto no se afeminaran, la Orden hacía la vista gorda: hasta eso era preferible antes que arriesgarse a que se encamaran con mujeres de dudosa lealtad. De ésos que durante tanto tiempo se amancebaron unos con otros, sin duda habrá quienes sigan prefiriendo las mujeres. Pero otros están muy adentrados en el vicio, no emprenderán el camino de regreso; y ese vicio tampoco les estará permitido luego del indulto del Rey... ¿Recuerdas a Hipólito Aléxida, el arcandio?


      -¿El que se decía descendiente de Alejandro Magno y la reina amazona Telespina? Sí.


       -Al principio, lo desprecié como a todo el mundo en aquella época, sólo por el mero hecho de estar allí. Pero encima, no estaba de acuerdo con algunas de sus opiniones y sus actos y, por si eso fuera poco, era sodomita confeso.


      -¿Te hizo alguna propuesta...eh...deshonrosa?


      -Qué va. ¿Con mi cara? No, tenía más interés en ti-dijo Balduino, y Anders enrojeció-. El caso es que terminé teniéndole cierto respeto, porque es uno de los mejores espadachines que haya conocido. Causó algunos problemas a la Orden, pero también le prestó servicios muy útiles. Y no es que apruebe su vicio, pero tolerárselo mientras fue útil, y por ese mismo vicio condenarlo a muerte (ésa es la pena por sodomía en la Orden de la Doble Rosa, tal vez llegue a serlo en la nuestra) cuando se puede prescindir de él es todavía más aberrante que la sodomía misma. Distinto sería si de entrada se hubiera condenado su vicio con rigor. El tema puede ser muy problemático, sobre todo estando en medio Hipólito, que también demostró serlo. Se decida lo que se decida respecto a la sodomía, sin embargo, sigue siendo un vicio. algo contra natura, y eso no tenemos cómo discutirlo. Pero entonces no deberían discutirnos a nosotros que los herejes y los judíos deben gozar del mismo respeto inherente a cualquier otro ser humano, y que su religión debe ser tolerada... Y no obstante, Anders, se nos forzará a renegar de estos principios que siempre hemos sustentado, si se nos beneficia con el indulto. Por eso te repito: gane quien gane esta guerra, nosotros ya perdimos. Pasaremos a defender al Rey en vez de a la Justicia.


      -El Gran Maestre no aceptará eso...


      -Seguramente no el señor Eyjolvson, pues insistió demasiado en que, contra viento y marea, hagamos siempre lo correcto. Pero si persiste en esta postura firme y noble pero desventurada, seremos combatidos otra vez. Ya no nos protege el incógnito, ni tenemos dinero para ser autónomos. Igual, morir en combate en defensa de nuestros ideales sería lo mejor que podría ocurrirnos. Una segunda posibilidad sería disolver la Orden y dedicarnos a cualquier otra cosa. Sacrificaríamos nuestro orgullo para salvar nuestras vidas, pero al menos no nos deshonraríamos participando de acciones repudiables como matanzas de herejes indefensos. Pero lo peor que nos podría ocurrir sería que otro Gran Maestre sucediera al que ya tenemos, y se doblegara ante cualquier imposición que se le hiciera.


      -¿Qué harías tú en ese caso?


      -Abandonar la Orden-afirmó Balduino en tono rotundo-. Hasta Kveisung prefiero ser antes que un mal Caballero. A menos, claro, que pudiera permanecer en un sitio como éste, lo bastante alejado del poder para actuar sin rendirle cuentas a nadie. Pero por suerte la guerra todavía no ha terminado, al menos que nosotros sepamos, así que dejemos de lado estas preocupaciones por el momento-miró a Anders y esbozó una sonrisa cargada de afecto-. Ve a dormir. Disfruté mucho esta charla.


      -Yo también-contestó Anders, retribuyendo el gesto-. Buenas noches.


      -Buenas noches.


      Anders retrocedió hasta la escalinata e inició el ascenso, peldaño por peldaño. Se detuvo frente a la puerta antes de entrar, y se volvió, y su mirada se encontró con la de Balduino que lo observaba al pie de la escalinata. Se sonrieron con espontaneidad, y cada uno de ellos recibió la sonrisa del otro con el mismo anhelo con que recibe el suelo árido las primeras gotas de lluvia tras una sequía devastadora.


      Por fin, cada uno de ellos había hallado en el otro el amigo que tanto necesitaba.  

Por EKELEDUDU
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