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30 mayo 2010 7 30 /05 /mayo /2010 19:10

      A la mañana siguiente ocurrió algo muy curioso, del que Balduino jamás habría tenido conocimiento de no mediar el hecho de que Adler, apenas concluido el desayuno, tuvo que ir al retrete. Al pie de la escalinata saludó a Méntor el Drake, quien había venido muy temprano de Eldersholme para hacer una vez más de acémila de Dagoberto de Mortissend, y que mantenía extendidas sus amplias y majestuosas alas para captar cualquier fuente de calor que contribuyera a mantener constante la temperatura de su cuerpo. Supuestamente, debía estar hibernando; supuestamente, era imposible su supervivencia en regiones tan septentrionales; pero como también supuestamente los Wurms eran reptiles igual que él y sin embargo no se permitían el lujo de hibernar o morir de frío, tampoco podía permitírselo él. La voluntad puede dejar de lado muchos supuestos, especialmente tratándose del Bien haciendo heroicos esfuerzos para obtener logros que el Mal consigue con pasmosa, alarmante facilidad.

 

      Esto más o menos fue lo que le explicó Méntor a Adler cuando éste le preguntó por qué mantenía sus alas extendidas.

 

      -Pero si lo lógico sería que ahora que es invierno estuvierais hibernando, ¿no perjudicará a vuestra salud que sigáis activo?-preguntó Adler.

 

      -Hay cosas más importantes que la salud o la misma vida-contestó el Drake-. Seguramente con el tiempo sufriré las consecuencias, sí.

 

       -¿Y no cuesta permanecer despierto cuando la Naturaleza ordena dormir?

 

      -Bueno, a veces el frío me atonta, me adormila; pero no tanto como en otra época. Y hoy estoy lúcido gracias al fuego de esa montaña-dijo Méntor, y señaló con la cabeza hacia el volcán de Eldersholme.

 

      No siguieron hablando, porque ahora Adler estaba acometido por una verdadera urgencia de ir, por fin, al retrete; pero lo que sucedió después hizo que aquella conversación tuviera su importancia. Porque cuando Adler terminó de hacer sus necesidades y se disponía a volver con los demás, vio que Adam, quien había sucedido a Anders en la guardia en el torreón antes de ser relevado a su vez por Honney, corría hacia la escalinata. Méntor aparentemente estaba dandoi vueltas por ahí, porque surgió de la colina detrás de Vindsborg cuando Adam se topó con él y se quedó de una pieza. Esto en sí no hubiera sido tan raro, ya que ni en aquellos días era frecuente verse cara a cara con un dragón de cualquier especie excepto, por desgracia, en el frente de batalla de Andrusia Occidental. Pero más extraño fue que también Méntor diera muestras de asombro, y todavía más lo fueron las palabras que pronunció a continuación:

      -Yo a ti te conozco...

 

      -Seguramente-coincidió Adam con indiferencia-. Tal vez nos vimos en algún nidal de Drake. Solía internarme en ellos en busca de hongos corona de reina, ésos que crecen sobre excrementos de Drake y que sirven para fabricar Ala de Dragón, una de las Sales de las Brujas.

 

       -No, no es de ahí que te conozco-dijo Méntor-. Tú estuviste en el Monte Desolación... ¿Cómo te llamas?

 

      -Adam Thorsteinson... Y en cuanto al Monte Desolación, ni sabría que existe de no ser porque el que nos manda nos habló de él.

 

      Méntor contempló a Adam más atentamente.

 

      -Sí, estuviste en el Monte Desolación-insistió.

 

      Adam sonrió burlonamente con esa desagradable sonrisa suya, sonrisa de hombre que descree de todo, que odia a todo y a todos y a quien sólo el Fin del Mundo traería una amarga alegría.

 

      -Seguro. Miradme, tengo un físico espectacular. Sin duda por eso descubristeis que alguna vez fui Caballero-replicó, sarcástico.

 

      -Yo no dije que fueras Caballero. Tú acabas de hacerlo-contestó Méntor.

 

      -¡Pues por lo que cuenta el señor Cara de Bosta Colada, no sé cómo podría haber estado en el Monte Desolación, sino siendo Caballero!

 

      -En esa historia hubo Caballeros, sí. Buenos Caballeros que protegían a los desvalidos, y malos Caballeros que trataban de destruir lo mismo a protectores que a protegidos... Pero entre unos y otros estaban aquellos a quienes era necesario proteger o destruir, según el bando en el que se militara... Y si ni pasó por tu mente que yo te contara entre estos últimos, por algo será, ¿no crees?

 

       -¡Claro! ¡Claro!-continuó burlándose el desgarbado Adam-. ¡Fui un famoso Caballero! ¡El señor Adam Thorsteinson, de la muy noble Orden de las Sales de las Brujas!

 

      -Adam Thorsteinson... Adam Thorsteinson...-gruñó Méntor, tratando de hacer memoria. La cara le era conocida, pero no aquel nombre, sin duda falso; y no recordaba otro más adecuado al que asociar aquel semblante.

 

      -Creed lo que queráis. Me voy a desayunar.

 

      Y Adam subió las escaleras a paso cansino, y poco después Adler, fingiendo que recién salía del retrete, abandonaba su escondite y hacía otro tanto, meditando sobre lo que acababa de ver y oír. Y recordaba ahora que Adam, el día anterior, no se había cruzado con Méntor por estar en el retrete, y se preguntaba si la permanencia en el mismo habría sido un pretexto para no ver al Drake cara a cara.

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29 mayo 2010 6 29 /05 /mayo /2010 20:04

      -Así que vos  sois el cocinero... Espero que la cena sea abundante; me muero de hambre.

 

      -Lo será, señor-replicó Varg, asombrado de que alguien esperara con ansias que emergiera alguna siniestra creación de ese laboratorio que era su cocina.

 

      Nadie más comentó aquella frase de Dagoberto de Mortissend, frase de condenado a muerte que cree que va a una fiesta y no al patíbulo, aunque en el silencio que siguió hubo sonrisas malignas y ojos que se buscaban unos a otros. Lo que provocaba hilaridad no era sólo el hecho de que el visitante ignorase lo que le esperaba sino, también, el tono empleado para dirigirse a Varg, como si hablara con un apacible y bonachón abuelo y no con el antiguo verdugo de Broddervarsholm y cuidador del monstruo Skazar.

 

      Esta vez, Dagoberto advertía el clima burlesco al que el propio Balduino estaba adherido. Se sintió molesto; no veía qué era tan gracioso.

 

      Los gemelos Björnson, una vez más, sacudieron a codazos a Anders, quien dio muestras de irritación. Per y Wilhelm miraban el  gesto de extrañeza de Varg, quien no lograba reponerse de la sorpresa de que alguien estuviera impaciente por probar sus mejunjes. 

 

      Balduino disfrutaba de lo lindo. ¿Conque no podía enviar a Ursula a cocinar? Pues bien, ya cambiaría Dagoberto de Mortissend de opinión... Si vivía para contarlo, claro.

 

      -Oh, vete, Gudjon-gruñó Dagoberto, golpeando en el hocico a uno de los perros de Hundi  que, tras acercársele para estudiarlo por uno de sus flancos, le había lamido la correspondiente mejilla. El animal salió gañitando como herido de muerte, ante la silenciosa ira de su amo; y Balduino creyó conveniente intervenir antes de que corriera la sangre.

 

      -Ven, Frekki-llamó; pero según era habitual, no sólo acudió el mentado, sino también sus cinco compañeros de cuatro patas. Entre todos rodearon a Balduino, haciéndole fiestas y lamiéndole la cara en forma imposible.

 

       Hansi, quien se había quedado a cenar, acudió en su auxilio. Recién entonces reparó Dagoberto en él.

 

      -¿Eres el número doce?-le preguntó; y nadie, y Hansi menos que nadie, entendió qué quería decir. Pero como el chico tenía vergüenza de preguntar, asintió con la cabeza y mucha decisión.

 

      Balduino, ya que Hansi había contestado afirmativamente, optó por no preguntar, pero tampoco él entendía a qué doce se refería Dagoberto, a no ser que aludiera a los discípulos de Jesús, ya que Hansi era dimin utivo de Hans, "Juan", nombre de uno de los apóstoles. No se le ocurría otra posibilidad.

 

      -¿Y todos los demás son también pelirrojos?-preguntó entonces Dagoberto.

 

      -¿Los demás qué?-preguntó Balduino, quien entendía cada vez menos.

 

      -¡Vuestros restantes hermanos, naturalmente!-exclamó Dagoberto, y recién entonces Balduino comprendió que el huésped tomaba a Hansi por un inexistente duodécimo hermano suyo.

 

      -Mirad, hasta donde me consta, Hansi es sólo hermano mío por afecto-contestó con sarcasmo-; pero si mi madre ha venido en algún momento tan lejos con el sólo objeto de meterle los cuernos a mi padre, que se repita, que el producto final de su adulterio es mucho más satisfactorio que los otros previos once engendros paridos de su legítimo esposo.

 

      Más codazos de los Björnson en las costillas de Anders, quien ya se estaba hartando. Ahora Per y Wilhelm miraban al desventurado Karl, cuyo semblante evidenciaba que se hallaba próximo a un soponcio. Primero el pedo de Ursula, ahora este léxico vulgar del señor Cabellos de Fuego. La amputación del único brazo que le quedaba le habría parecido más leve por comparación.

 

      -A propósito, ¿sabíais que uno de vuestros hermanos está combatiendo en Drakenstadt?

 

      -¿Y se lo comió un Wurm?... Qué maravilla... Decidme su nombre, para levanta una estatua en recuerdo suyo.

 

      -Hmmm... Me será más fácil recordar el nombre si me enumeráis a todos vuestros hermanos...

 

      -No preguntaba por el nombre del hermano muerto, sino por el del monstruo que lo devoró, que es quien merece el honor de una estatua. No obstante, mis hermanos se llamaban Eduardo, Ricardo, Everardo y Edgardo... Es decir, se llaman, si ninguno de ellos me ha hecho el favor de ir a parar al buche de un Wurm.

 

      -La verdad, son nombres tan parecidos unos con otros, que no consigo recordar cuál es.

 

      -Lástima que Drakenstadt esté tan lejos. Si de veras se lo comió un Wurm, por el olor de la mierda subsiguiente sabría identificar cuál de mis hermanos fue parte del menú.

 

      Más caras de horror de Karl, más codazos de Per y Wilhelm. Dagoberto de Mortissend, sin embargo, montó en cólera.

 

      -Mostrad más respeto-ordenó-. No se bromea con esas cosas. Muchos valientes ofrendaron sus vidas en el frente de batalla, y sus muertes fueron muy lloradas por sus compañeros. Uno de vuestros hermanos, no sé si estuvo allí, entre los caídos, o si continúa estando entre los sobrevivientes, pero en cualquier caso exigiré que guardéis hacia él la misma reverencia debida al resto.

 

     -Comprendido, señor, tenéis razón.

 

      -El Reino corre grave peligro, y en el frente de batalla se olvidan todas las rencillas mínimas e incluso las injurias graves. Perdonadlas vos también. Son quienes no cumplieron su deber y evitaron el combate quienes merecen nuestro repudio.

 

       -Espléndido, pues hasta donde sé, es el caso de tres hijos varones del Duque de Rabensland. Qué bien, realmente, qué bien... En cuanto haya averiguado de quiénes se trata, nada ni nadie me prohibirá despotricar contra ellos.

 

      -Balduino, basta-dijo Thorvald, sin alzar la voz, pero en tono cortante.

 

     Aquello era el summum del sufrimiento para Karl: ¿cómo osaba Thorvald reprender al señor Cabellos de Fuego ante un superior de éste y casi toda la dotación de Vindsborg, avergonzándolo?... Pero Balduino no parecía muy intimidado por los regaños de Thorvald ni por los de Dagoberto de Mortissend.

 

       Seguidamente vino Varg a avisar que la cena ya estaba lista. Dagoberto de Mortissend, acostumbrado según decía a la v ida de campaña, se negó a que le trajeran la comida como si los demás fueran sus siervos, y fue con su tazón a servirse como todos los demás, aunque no declinó el honor de ser el primero, cosa que habría hecho si el hambre no le hubiese impedido recordar que había una princesa presente. Tras él fueron Balduino, Thorvald, Karl y Anders; luego Ulvgang, Gröhelle y, por último, un informe gentío entre el que destacaban las caras malignas de Honney, Andrusier, Hundi y Ursula. Esta última, pese a su doble condición de mujer y princesa, jamás obtenía un  lugar de privilegio en la fila; tal vez porque result aba difícil recordar que era cualquiera de ambas cosas, o porque ella misma no hacía valer su derecho a ponerse en cabeza. Pensándolo bien, si Varg cocinaba, jamás nadie se impacientaba por ser el primero, ni aun consumados glotones como Ursula o Anders.

 

      Claro que, en el caso del segundo de los mentados, ahora existía también una cuestión de imagen para no atropellarse en busca de la comida. Estaba de visita nada menos que uno de los héroes del Monte Desolación, y por lo tanto él quería hacer buena figura. Ninguna ocurrencia suya hubiera podido ser más desafortunada. Un corrillo de susurros maliciosos y unos cuantos pares de ojos no menos maliciosos, allí en la cola, acababan de escogerlo como víctima ideal para un chascarrillo. ¿Anders quería impresionar? Pues lo lograría, ¡y cómo!...

 

      Y así, en el momento en que menos lo esperaba, Anders sintió de repente que una mano se abría camino por aquellas regiones de su anatomía donde el sol nunca penetra, y reaccionó como alcanzado por un rayo, dando un brinco único que hizo volverse a Karl, quien lo precedía en la fila. El propio Anders lo había dejado adelantarse; de lo que ahora estaba arrepentido, porque con Karl a sus espaldas habría tenido la retaguardia protegida. En cambio ahora tenía a Ulvgang, cuya dignidad tal vez le impidiera dedicarse a chiquilinadas semejantes, pero que tampoco movería un dedo para impedirlas y que, cuando Anders lo miró, fingió una sorpresa que ni con la mejor voluntad del mundo parecía creíble, sin duda porque tampoco intentaba serlo. Luego venía Gröhelle, también poco dado, en general, a ese tipo de jugarretas infantiles. Pero más atrás estaban Honney, Andrusier, Ursula y todos los demás, cuya inocencia en esa clase de asuntos era siempre más que dudosa. Podía haber sido cualquiera de ellos.

 

      Resignado, Anders volvió a mirar al frente... Y poco después, la mano furtiva repetía su anterior atrevimiento. Muy airado, el joven miró de nuevo hacia atrás. Honney y Andrusier le sonrieron como amablemente y ponían cara de no haber hecho nada, pero Ursula estaba atorada de risa forzadamente silenciosa, y se veía obligada a apoyarse en los otros dos para no caer. Obviamente, ella estaba involucrada en la fechoría, pero no quedaba claro aún si su papel en la misma era de ejecutora, autora intelectual, cómplice o qué.

 

      La tercera vez que la mano profanó su sagrado trasero, Anders estuvo a punto de estallar de rabia, pero se contuvo porque precisamente en ese instante Dagoberto de Mortissend pasaba a su lado con un humeante tazón lleno de potaje. Sonrió insinceramente, trató de adoptar una expresión muy marcial, volvió a sonreír sin saber cómo caería mejor al legendario Jinete de Drakes y por último, como éste ya se alejaba, se volvió una vez más hacia el grupo sospechoso, con cara de furor. ¿Sospechoso?... ¡Culpable!... ¡Culpables todos ellos! Tal vez sólo uno fuera autor material, pero el resto eran, cuando menos, encubridores. El grupo entero estaba ahora doblado en dos de risa, pero al menos silenciaban sus carcajadas en razón del protocolo.

 

      Posiblemente se repetiría la audacia, pero Anders estaba decidido a no dejarla impune, y a pescar in fraganti al bromista principal. Ya vería éste con quién se había metido. Le daría un tortazo como para hundirle la cabeza hasta el culo. En otras circunstancias podría haberlo dejado pasar, pero no ahora, en una visita oficial de un superior de la Orden.

 

     Por dos o tres veces más, su atenta vigilancia se vio burlada por la celeridad del transgresor. Ya sólo tenía delante de él, en la fila, a Karl, cuando al fin se volvió en el momento preciso y a tiempo para pillar al culpable, que retrocedió muy asustado y se refugió tras una muralla humana.

 

      -¡Hansi!... ¡La puta que te parió!...-susurró Anders, enrojecido de cólera, asombro, indignación e incluso hilaridad.

 

      Hansi, entre la risa y el susto, contemplaba a la víctima de su más reciente travesura parapetado tras los entusiastas instigadores de la misma.

 

      -Puercos bastardos, ¡ésta me la vais a pagar!-amenazó Anders, quien al parecer no hallaba felonía más ignominiosa que aquel ataque por la retaguardia, máxime en aquellos momentos en que él se esforzaba por adoptar una pose majestuosa y solemne.

 

      -¡Vamos, grumete, muévete!... ¡Hay gente esperando para servirse!... ¡Deja pasar a los demás!-farfulló Varg, con su cascada y apenas comprensible voz.

 

      Como despertando de un sueño muy absurdo, Anders miró su tazón humeante y se apresuró a volver a su sitio entre las miradas risueñas (por decirlo suavemente) de Honney, Andrusier, Ursula y los otros que esperaban en la fila.

 

      Thorvald, para ser tan hospitalarios con Dagoberto de Mortissend como fuera posible, había dicho a Varg que cuidara de no servir la cena fría. Por lo visto, el cocinero había tomado la orden muy en serio, siendo posible, incluso, asegurar que había ido al otro extremo; pero al menos no se notaban tanto las habituales islas de grasa, la cual estaba derretida y distribuida en forma homogénea por todo el potaje.

 

      Anders probó un poco y quedó lagrimeante luego de quemarse la lengua. Colocó el tazón en el suelo, entre sus piernas, a la espera de que el contenido se enfriase un poco. Para entonces, el de Dagoberto de Mortissend ya se había enfriado lo suficiente. El Jinete de Drakes  se dispuso entonces a saciar, por fin, el hambre voraz que venía aquejándolo; no obstante, a los tres o cuatro bocados su semblante pareció luchar contra una íntima y horrible preocupación. Era obvio que, para su desgracia, acababa de tomarle el gusto a la cena, y se preguntaba en virtud de qué falta se lo castigaba tan cruelmente. Los gemelos Björnson, quienes en ese momento flanqueaban de nuevo a Anders, dieron a éste sendos codazos, y muy discretamente le mostraron la vacilante mueca del huesped.

 

      Balduino venía notando lo de los codazos, y sonrió pensando que no vendría mal a Anders probar un poco de su propia medicina. Claro que la estaba recibiendo en dosis gigantescas, muy desproporcionadas en relación a las suministradas por él mismo. ¿Escarmentaría? Pedirle que ya no lo hiciera no surtía efecto.

 

      Thorvald acababa de interrogar a Dagoberto de Mortissend acerca de la guerra contra los Wurms. Para cuando terminó de responder, Dagoberto halló su ración fría e incomible; pero, Caballero hasta el fin, no estaba dispuesto a perder un ápice de cortesía quejándose al respecto. Discurrió entonces, para salir del paso, una estratagema que, a priori, habría podido resultar exitosa, pero no lo fue. La misma consistió en hacer hablar a Ulvgang de monstruos marinos, un tema fascinante que, pensaba, acapararía la atención de los presentes. Mientras tanto él, aprovechando que nadie lo vería, daría parte de la comida a los perros. Por desgracia, las historias de monstruos marinos eran ya moneda corriente en Vindsborg, y los Kveisunger habían vivido muchas, por lo que les resultaban rutinarias, pese a que al narrarlas hicieran vibrar de emoción al oyente. En cambio, la reacción del huésped a la indigesta cocina de Varg era una novedad que despertaba malignas curiosidades y que nadie quería perderse; por lo que pocos le quitaban totalmente los ojos de encima, aunque él no lo notó. Sólo Anders y Hansi, fanáticos a ultranza de las historias de peligro, acción y heroísmo, estaban realmente pendientes del relato de Ulvgang.

 

       Disimuladamente, aunque sin lograr el cometido de no ser visto, fue vertiendo en el suelo parte del contenido de su tazón. Los seis perros de Hundi, que a cada rato se le acercaban para olfatearlo a él y a su entorno,  no tardaron en descubrir aquellas ofrendas. Por lo general no tenían muchos remilgos para devorar cualquier cosa que se les diera pero, tal vez por sobrealimentación, esa noche parecían extrañamente exigentes y desdeñosos; así que, tras examinar cuidadosamente tales obsequios, por turnos quedaron pensativos y decepcionados, y se dedicaron a otras cosas.

 

      Pero el acabóse tuvo lugar cuando Dagoberto de Mortissend tanteó allí donde había vertido porciones de comida y con horror la descubrió intacta. Su expresión fue tan cómica que Per y Wilhelm, sin mala intención, codearon a Anders más vigorosamente que nunca. Pendiente como estaba de la narración de Ulvgang, Anders no sostenía con mucha fuerza su tazón, que escapó de sus manos y rebotó dos o tres veces, emporcando el piso con cada salto. Entonces los seis perros, que instantes atrás habían exhibido ante el menú de la noche un desprecio digno de jauría de rey, salieron disparados como exhalaciones, todos a la vez, para disputarse aquellos restos, mientras Anders, barbilla apoyada sobre su mano, reflexionaba rencoroso e indignado sobre las vueltas del destino, que lo convertían en hazmerreír precisamente cuando él más quería dar una impresión de graciosa majestad.

 

      -Me voy a relevar a Lambert-suspiró una vez que se acallaron las carcajadas provocadas por la desopilante situación.

    

      Y desde esa noche, Anders quedó definitivamente curado de su temporaria manía de llamar la atención de la gente asestándole codazos a menudo muy poco suaves.

 

 

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28 mayo 2010 5 28 /05 /mayo /2010 20:00

      Asombró a Dagoberto de Mortissend que hubiera una princesa extranjera viviendo en Vindsborg, y más todavía que dicha princesa fuera que el supuesto gigante rubio y musculoso que Méntor comparara con Gudjon Olavson.

 

      La mención de Ursula surgió cuando Balduino se proponía enviarla a preparar la cena, hecho que escandalizó a Dagoberto.

 

      -¿Me tomáis el pelo?-exclamó-. ¿Decís que es una princesa... y queréis enviarla a cocinar?

 

      -Señor, mientras vivió aquí en calidad de huésped, la traté como a tal. Ahora, por propia elección, es parte de la dotación de Vindsborg; y menos mal, porque nadie engulle como ella, salvo Anders, mi escudero. Come por toda una escuadra; que también trabaje por toda una escuadra, entonces. Al fin y al cabo, yo también tengo sangre noble, y sudo junto a los demás construyendo catapultas, hachando árboles y cavando fosos.

 

      -Sí, pero vos sois hombre. ¡Tratar así a una princesa!... Es denigrante, y exijo que en lo sucesivo la tratéis conforme a su rango.

 

      -Creedme, vuestro estómago agradecerá que sea Ursula quien cocine.

 

       -¿Pero por qué blandengue me tomáis?... ¡Que prepare la cena el cocinero habitual!

 

       Este hombre podrá ser una leyenda viviente, pero ¡qué pesado se está poniendo!..., pensó Balduino, contrariado. No obstante, respondió lacónicamente:

 

      -Como gustéis, señor.

 

      Total, cuando ya no estéis, todo volverá a la normalidad, añadió para sus adentros.

 

      Esa noche, a la hora de la cena, quiso la desgracia que los gemelos decidieran sentarse uno a cada lado de Anders, a quien consideraban algo así como su protegido. Ultimamente, les había venido la costumbre de acompañarlo a casi todas partes, flanqueándolo como si fueran sus escoltas personales. Esto no era malo, pero sí lo eran los codazos con los que, como empeñados en pulverizarle las costillas, se esforzaban en llamar su atención cuando querían ser sutiles.

 

      En realidad, quien primero se había agarrado la mala costumbre de los codazos era justamente Anders. No quedaba claro si los gemelos se habían contagiado de él o si querían curarlo dándole abundantes dosis de su propia medicina.

 

      Dagoberto de Mortissend, sentado en el suelo como los demás, deseaba entrar en confianza con  aquellos convictos y hacerles mover la lengua. Se creía muy hábil para escrutar el carácter de los hombres, y no es que no lo fuera, pero sobrevaloraba sus aptitudes al respecto, cosa que comprendió a los diez minutos de entablar conversación con Ulvgang. Empezó dirigiéndose a éste con fingida deferencia y tratando de persuadirse de que se hallaba frente a un sujeto despreciable, un simple y ruin delincuente de los mares; y en seguida sucumbió a la fascinación de El Terror de los Estrechos, igual que se rinde el ave a la seducción hipnótica y mortal de la serpiente.

 

      Si los Kveisunger habían escuchado el diálogo previo entre Dagoberto y Balduino, era difícil decirlo; pero estuvieran al tanto o no de las intenciones de obtener para ellos la absolución de sus crímenes, evidentemente querían hacerlo quedar bien ante Dagoberto, y por ello esa noche eran, en la medida de sus posibilidades, paradigmas de buenos modales y alto refinamiento. Diez años de cárcel pueden imbuir la humildad necesaria para adoptar rudimentos de etiqueta en el momento preciso, aunque habitualmente se prescinda de ella.

 

      Desafortunadamente, Ursula no había estado en las mazmorras, aunque tal vez le conviniera pasar por la experiencia. Y una princesa hace lo que se le viene en gana, especialmente una tan robusta como ella, que sin duda de pequeña zurraba a sus ayas debiendo ser al revés y que ahora, de adulta, no tendría miramientos en moler a trompadas a quien, sin contar con su voluntaria sumisión, pretendiera obligarla a hacer algo que no quería. Por lo tanto, faltando poco para la cena, se la vio ponerse coloradota mientras pujaba por lograr la salida de un pedo, expelido finalmente al son de una especie de trompeta intestinal, cuyo sonido salió amortiguado por estar Ursula sentada. Alrededor de ella no quedó nadie, ya que las flatulencias de la giganta eran especialmente hediondas. Quienes estaban más cerca, Honney, Andrusier y Hundi, huyeron entre blasfemias gruñidas por lo bajo y se amucharon codo con codo con el resto, dejándola en una soledad pasmosa, pero que a ella no la inmutó en lo más mínimo.

 

      -Aaaaah... No aguantaba más-suspiró Ursula, aliviada, mientras la tonalidad sanguínea abandonaba su rostro. Sonrió disimulada y malignamente al advertir que, merced a su poco fragante hazaña, había quedado dueña y señora de gran parte de la estancia.

 

      Anders sintió en sus costillas dos codazos, uno a cada lado de su cuerpo. Siguiendo la mirada de Per y Wilhelm vio que la flatulencia tenía repercusiones en el rostro de Dagoberto de Mortissend, a quien la vergüenza ajena había puesto colorado como si también él pujara por soltar un pedo; e idéntico rubor coloreaba las mejillas de Karl, cuyo horror por lo sucedido era indescriptible, pero que por apego al protocolo no se animaba a amonestar a una princesa, y menos ante un alto capitán de la Orden del Viento Negro. Su labio superior temblaba imprimiento un rítmico movimiento a sus mostachos, en una viva imagen de la consternación reprimida.

 

      Balduino advirtió la turbación de Dagoberto de Mortissend, y sonrió con pérfido deleite mientras guiñaba un ojo a Thorvald. He ahí a vuestra preciosa princesa, pensó. No le agradaba que le dijeran cómo desenvolverse en un sitio donde mandaba él, y menos alguien que no estaba en antecedentes del carácter de cada una de las personas sobre las que tenía autoridad. Pero bien se dice que nada como sentarse a la puerta de la propia casa para ver pasar el cadáver del enemigo. Si Dagoberto de  Mortissend esperaba encontrar algo de refinamiento y modos cortesanos en Ursula, comenzaba a llevarse la decepción de su vida.

 

      No obstante, el barbado capitán recobró pronto la compostura. E intentó, también, recuperar el control de su charla con Ulvgang:

 

       -Imagino que debe ser difícil para alguien como vos aceptar órdenes de un hombre tan joven como el señor de Rabenland-dijo, creyendo haber puesto el dedo en la llaga.

 

      Ulvgang exhibió una sonrisa de dientes podridos que en otro hubiera resultado chistosa, pero que en él era un tanto espeluznante. Tal vez aquella dentición estuviera en decadencia, pero seguía siendo dentición carnicera...

 

      -La verdad, no-replicó-. Nosotros, los Kveisunger, tenemos también nuestros códigos y reglas, y el líder debe ser el primero en cumplirlas, si quiere el respeto de quienes han de obedecerle. Por ejemplo, el náufrago rescatado en el mar debe servir durante tres años en el barco que lo rescate. Sin embargo, la única vez que pasé por ese trance no soporté ha sta el tercer año, y maté al capitán del barco que me rescató, pues obedecerle a él sí me era detestable, ya que no buscaba mi respeto sino mi odio, y lo obtuvo. Y era muchos años mayor que yo. Pero en cuanto a carácter, el cerdo de Bleitzinenauken, así era conocido el sujeto, era muy diferente del señor Cabellos de Fuego. Preguntad si no a quien fue luego mi segundo al mando.

 

      -¡Vaya si era diferente-exclamó Gröhelle, sin vacilar, mirando al vacío con el único ojo que le quedaba.

 

      -Una estupidez frecuente en los que llevan armas es mostrarse innecesariamente altaneros y descorteses con otros en su misma condición-prosiguió Ulvgang-. Tal actitud es un desafío tácito, y yo jamás rehúyo los retos. ¿Alguien, imprudentemente, olvida que soy Sundeneschrackt?... No hay problema. Es para mí un gusto recordárselo, aunque, como es lógico, recordar de nada les sirve cuando ya están con las tripas al aire... No es sabio pretender que se es más malo, más duro o más listo que El Terror de los Estrechos...

 

      La nuez de Adán de Dagoberto de Mortissend palpitó ligeramente.

 

      -...pero el señor Cabellos de Fuego jamás intentó nada semejante... y no por miedo, debo añadir, sino porque nos necesitaba-concluyó Ulvgang.

 

      -¿Y si lo hubiera intentado?-preguntó Dagoberto.

 

      -Las armas hubieran decidido quién era el mejor.

 

      -¿Y quién lo es? ¿Vos?

 

      -Tal vez sí, tal vez no. Estoy viejo, pero todavía puedo cargarme a cualquiera. El señor Cabellos de Fuego, sin embargo, no es cualquiera. Es valiente y pelea bien.

 

      -Le aconsejé que no confiara en vos-dijo Dagoberto de Mortissend, provocador.

 

      Ulvgang sonrió con dureza.

 

      -En eso ya me os adelanté yo-dijo-. Experiencia propia, ¿sabéis? Llegué a viejo gracias a mi desconfianza y terminé en la mazmorra por confiar en la persona equivocada... Pero el señor Cabellos de Fuego no escucha ni sigue buenos consejos. Me veo obligado, entonces, a tenerle la misma confianza... Enseñándole llaves de lucha que aún le faltan aprender. Llaves que no quise que aprendiera para poder reducirlo más fácilmente si, alguna ves, nos traicionaba.

 

      -¿Lo dices en serio?-preguntó Balduino, perplejo-. ¿Habías tomado esa precaución?

 

      -Sí-admitió Ulvgang-. Eres inteligente, señor Cabellos de Fuego, pero no lo bastante. Tu astucia debe ser un escudo para guarecer tus emociones; no bajes jamás esa guardia. Yo nunca lo hago. Muestro siempre sólo lo que quiero que otros vean. Sin embargo, jamás me atrevería a atacar lo que esa guardia baja tuya me permitió ver. Tú lo sabes. Es el vigor de tus ideales y tu nobleza lo que me mantiene bajo tu yugo. Hay cosas que respeto más allá de mis propias conveniencias.

 

      -Emotivas palabras. ¿Serán también sinceras?-preguntó Dagoberto de Mortissend.

 

      -Decididlo vos. De no haber sido porque yo se lo dije, el señor Cabellos de Fuego nada sabría de esas llaves de lucha que aún le restan aprender. De todos modos, debería desconfiar más.

 

      Dagoberto de Mortissend se preguntó si Ulvgang se burlaba de él. Miró de reojo a Balduino, pero éste no le fue de mucha ayuda. El pelirrojo se preguntaba si alguna vez llegaría a conocer a fondo a Ulvgang, quien lo desconcertaba con tantas contradicciones. ¿Lo traicionaría algún día, como por momentos parecía dar a entender? Y de ser así, ¿por qué se obstinaba en anunciarlo? 

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26 mayo 2010 3 26 /05 /mayo /2010 22:39

      El Jinete de Drakes examinó las defensas preparadas en la playa por Balduino y sus hombres, tras lo cual permaneció pensativo, sin decir nada. recién habló para aceptar una copa de aquavit con la que lo invitó el pelirrojo. Este ordenó entonces a los demás continuar con los ejercicios, y él y Dagoberto de Mortissend entraron en Vindsborg. Allí el visitante ocupó la única silla mientras Balduino escanciaba la bebida.

 

      -Las defensas parecen insuficientes contra un posible ataque Wurm, pero tengo entendido que no recibisteis del señor local la ayuda que le prometió al Gran Maestre, ¿no?

 

       -Así es-contestó Balduino-. Cuando llegué, ni herramientas tenía para que pudiéramos trabajar en serio-y explicó la mala disposición inicial que contra él tenía Arn de Thorhavok, la obsequiosidad de su vasallo Einar de Kvissensborg, la tunda que se le había rpopinado al ir a presentar quejas a este último por asignarle una dotación de presidiarios.

 

      -Vaya con los muy bastardos... No puede uno fiarse de nadie-comentó Dagoberto de Mortissend-. A los enviados del Nar... del señor Eyjolvson, ese Einar les había prometido colaboración. ¿Y decís que los Príncipes Leprosos os salvaron?

 

      -Sí. De no haber sido por ellos, creo que pude haber muerto allí, abandonado en el bosque. Fue un feo comienzo, y lo que siguió fue también bastante duro-dijo Balduino, dando a Dagoberto una de las dos copas de aquavit que acababa de servir-. No se trataba sólo de que tuviera que hacer malabarismos con el oro que me había dado el Gran Maestre para los gastos, o de que no supiera a qué atenerme con los presidiarios puestos a mi cargo; tenía que luchar contra mi propia frustración y pesimismo. Veréis, si bien se me había adelantado que no se me enviaba exactamente al Paraíso, tampoco esperaba encontrarme con semejante páramo...

 

      -Bueno... ¡La verdad, tampoco yo imaginaba algo así!...  Y creo que tampoco el gran Maestre-aclaró Dagoberto de Mortissend.

 

      -En algún momento, pensé incluso que se me había enviado aquí como castigo. El propio Einar de Kvissensborg creía eso, y le dio mucho gusto recalcármelo. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que los que corren no son tiempos adecuados para castigar a nadie que venga a luchar contra los Wurms.

 

      -Desde ya, desde ya... En realidad, estáis aquí porque yo personalmente os recomendé al Gran Maestre, aunque, debo reconocerlo, a regañadientes-confesó Dagoberto de Mortissend; y refirió su conversación con Thorstein Eyjolvson, aquélla en la que el Gran Maestre expuso el problema representado por la desprotección de Freyrstrande y trató con él la forma de solucionarlo-. Desde entonces habéis cambiado mucho, para mejor, parece ser. Tal vez con ese fin Dios permitió que fuerais enviado aquí porque, por lo demás, la guerra ha terminado.

 

      -¿Se acabó la guerra?-preguntó Balduino, asombrado.

 

      -Eso parece... ¿Por qué? ¿Os decepciona saberlo?

 

       -La verdad... Sí. Un poco.

 

       -Si es por ansias de gloria, olvidadlas. Salvo Hipólito Aléxida, e incluso él sólo hasta cierto punto, nadie logró obtenerla es esta maldita guerra. Otros, vos incluido, os hicisteis de cierto renombre...

 

      -¿Renombre? ¿Yo?-exclamó Balduino, sonriendo y preguntándose cómo seguiría la segunda parte de lo que le parecía una broma muy evidente.

 

      -Sí, gracias a vuestro plan  para socorrer a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg... y por otros motivos-dijo Dagoberto de Mortissend; y contó cómo en Drakenstadt la negativa de Balduino a aceptar un puesto de mando había caído mal, como también que llamara Gudjon a uno de sus perros, y el rumor de que había liberado de prisión a los restos de la banda de Sundeneschrackt.

 

      Oyendo todo esto, de lo cual al menos la mitad era un soberano disparate, Balduino se indignó.

 

      -¡Pero si, para empezar, ninguno de estos perros, que además no son míos, se llama Gudjon!-protestó, entendiendo por fin la comparación establecida por Dagoberto entre los perros y el famoso y difunto príncipe de Drakenstadt, un rato atrás. 

 

      -Puede ser, pero no es eso lo que dijo cierto mensajero que llevó la noticia a Drakenstadt...

 

       -¿Qué mensajero?-preguntó Balduino, reflexionando en voz alta.

 

      Y de repente lo recordó: unos meses atrás, Ulvgang y algunos de sus secuaces, más Ursula, habían puesto los pelos de punta a cierto petulante mensajero de Drakenstadt que les había caído muy mal. Le vino a la mente la imagen de Ulvgang silbando para atraer la atención de uno de los perros (cosa en sí misma llamativa, ya que fue la única vez que convocó a aquellos animalejos que por lo demás juzgaba, tal vez acertadamente, estúpidos y despreciables) y llamándolo Gudjon; con lo que consiguió que acudiera toda la jauría y que el mensajero de marras se enfureciera.

 

      ¿Y aquella tonta broma había derivado en tan mayúsculo escándalo? Increíble.

 

      -Creo que puedo explicarlo todo, señor-murmuró el pelirrojo, agobiado, preguntándose por qué tenía que verse involucrado en imbecilidades ajenas, cuando con la propia tenía más que suficiente.

 

      -¡Bah! ¡Olvidadlo, olvidadlo!... No es culpa mía ni vuestra que en Drakenstadt no tengan sentido del humor. Lo que importa, pues os exonera de toda acusación al respecto, y con vos a la misma Orden,  es que fue ese tal Einar, por orden de Arn de Thorhavok, quien os asignó la dotación de presidiarios libertos sobre la cual mandáis ahora. Tancredo de Cernes Mortes, el Gran Maestre de la Doble Rosa, estaba encantado con el rumor de que habíais sido vos, pues no tengo que deciros que no nos quiere. Ahora tendrá que dejarse de rebuznar... Por cierto, entre estos forajidos no estará el tal Kehlensneiter, ¿no?

 

      -No, es uno de los dos que aún siguen en las mazmorras y a quienes pensaba hacer soltar próximamente.

 

      Dagoberto de Mortissend, quien se había apresurado a sonreír exultante al oir la primera parte de la frase, dio un respingo cuando oyó cómo concluía la misma.

 

      -Aclaradme eso-rogó.

 

      -Uno de los dos Kveisunger que aún siguen en las mazmorras, Hendryk Jurgenson, me es necesario a causa de cierta habilidad que sólo él posee por aquí-explicó Balduino-. Haré soltar al mismo tiempo a Kehlensneiter; un par de brazos más me vendrá bien.

 

      -Balduino, ¡no sabéis qué estáis diciendo!-advirtió Dagoberto con dureza, traspasando a Balduino con sus duros ojos negros-. En primer lugar, como ya os dije, parece que la guerra ha terminado. No necesitaréis a nadie ni nada, excepto devolver a prisión a quienes antes habían salido de ella. En segundo lugar, y corregidme si he entendido mal, liberados esos dos, no habría ya en Kvissensborg rehenes con los que obligar a estos malhechores a regresar a la mazmorra. Y además, Balduino, ¿Kehlensneiter libre?... ¡Qué locura! Gudjon Olavson debe estar revolviéndose en la tumba. Eso sería lo de menos: no le vendrá mal a ese gran patán un poco de ejercicio...

 

       Con amigos como éste, quién precisa enemigos, pensó irónicamente Balduino.

 

       -...lo grave es que liberar a Kehlensneiter no os hará más popular en Drakenstadt, y vuestra mala fama será la mala fama de la Orden, merced a nuestro amigo Tancredo de Cernes Mortes y su camarilla de imbéciles-concluyó Dagoberto.

 

      -Pero la suposición de que la guerra ha terminado no es la seguridad de que la guerra ha terminado-señaló Balduino-, y en tanto sea así, necesito a esos dos hombres aquí, conmigo... Además de los que ya tengo, se entiende.

 

      -Os procuraré otros. Forzaré al Conde Arn a poner Kvissensborg bajo vuestra autoridad.

 

       -Ya lo ha hecho. ¿No os habló de ello el señor Eyjolvson?

 

      -No-mintió Dagoberto, quien quería conocer la versión de Balduino por boca de éste, y ver en qué medida coincidía cuando dijese con lo que había escrito a Thorstein Eyjolvson.

 

       Balduino contó entonces cómo, con motivo de una evasión de reclusos, se había presentado en Kvissensborg y, aprovechando la total ignorancia en materia de leyes por parte de Einar y sus hombres y la natural tendencia de éstos a intimidarse ante cualquiera con más autoridad que ellos, había puesto la fortaleza bajo su mando, en una movida que pudo costarle cara. Luego relató cómo, utilizando la astucia, la adulación y una pizca de verdad, se había granjeado la confianza de Arn de Thorhavok, convenciéndolo de ser su más obsequioso servidor, y logrando de él que consolidara su autoridad sobre Kvissensborg.

 

      Dagoberto, quien no conocía el hecho tan en detalle, hizo un gesto admirado.

 

      -Bueno, entonces contáis ahora con la dotación de Kvissensborg para que os apoye. Incluso podríais instalaros allí y dejar aquí sólo un pequeño puesto de guardia-comentó.

 

      -No, no me siento a gusto allí. En cuanto al apoyo de la dotación de Kvissensborg, es relativo. Más de la mitad de los hombres puestos bajo mi mando están muertos o en prisión, y de todos modos eran inútiles. Los he sustituido con sangre nueva, con jóvenes aguerridos y entusiastas, pero que necesitan mucho entrenamiento aún-contestó Balduino; y habló del motín de Kvissensborg, tramado en parte por él mismo con fines de depurar la dotación, y de cómo había reclutado reemplazos en los muelles de Vallasköpping-. Conforme se extendía la noticia, llegaron muchachos de otros lugares, mozos de cuerda desempleados en su mayoría. Les tengo fe pero, como dije antes, necesitan preparación. Hildert Karstenson y sus hombres, hasta entonces, gozan sólo de descanso mínimo; porque ahora las mazmorras están atestadas de malos elementos y es menester una fuerte vigilancia. Los diez hombres que siguen con Einar podrían tratar de liberar a sus compañeros, si encontraran la forma de hacerlo sin verse involucrados ellos ni el señor a quien sirven.

 

      -Entiendo-dijo Dagoberto-. Habéis tenido que lidiar con muchas complicaciones, pero os la arreglasteis muy bien con ellas; tal vez, incluso mejor de lo que yo mismo lo habría conseguido. Os felicito. Pero en lo tocante a la liberación de Kehlensneiter, lo siento, pero me veo obligado a prohibíroslo. Veré de conseguiros ayuda en otra parte.

 

      Balduino sintió un nudo en la garganta. Ni a él le era fácil contradecir abiertamente a un superior. Había llegado el momento de jugarse, sin embargo; y si lo hacía, el único camino posible sería hacia adelante.

 

      -Lo lamento, pero deberé hacer caso omiso de tal prohibición, señor-dijo, tan decididamente como pudo.

 

      Dagoberto de Mortissend se quedó de una pieza. Acto seguido se puso de pie, mirando sombríamente a Balduino.

 

      -¿Qué habéis dicho?-preguntó, dejando traslucir un matiz de amenaza en sus palabras y gestos.

 

      -Un Caballero puede y debe negarse a ejecutar órdenes que menoscaben su honor o su buen nombre-respondió Balduino-; de modo que es precisamente lo que voy a hacer.

 

      -A ver: explicadme en qué medida afectaría vuestro buen nombre y honor la orden que acabo de daros, y más os valdrá no burlaros de mí ni decir tonterías-replicó Dagoberto de Mortissend, con voz de hielo.

 

      -Ni burlas ni tonterías-contestó Balduino-. Para comenzar, los juicios de Sundeneschrackt y sus secuaces fueron legalmente irregulares...

 

      -¡Vaya novedad!-exclamó sarcásticamente Dagoberto-. ¡Con cuánto oro compraron sus vidas esos malhechores, es lo que resta saber!...

 

       -Exacto. Ahora bien, considero que, dado que quienes aceptaron los sobornos jamás ingresaron a la mazmorra, justo es que salga también la otra parte interviniente en esa operación de baja estofa.

 

      Dagoberto de Mortissend quedó atónito. ¿Estoy oyendo, o entendiendo bien esto?, se preguntó.

 

      -Además...-comenzó Balduino; pero se vio interrumpido por Dagoberto:

 

      -Un momento. ¿Debo entender, entonces, que cuando hablaís de liberar, os referís a sacarlos de la mazmorra para siempre?

 

        -Sí.

 

      -¡Ni hablar! Eso lo pueden hacer sólo quienes hayan juzgado el caso, o sus sucesores en el cargo.

 

      -Señor, ésa es la parte interviniente que quedó libre, y me temo que se opondrá a que la otra salga de prisión. Y eso no es justo, como os daréis cuenta.

 

      -Bueno, ¡pues entonces recurrid al Rey!, que está un poco lejos y posiblemente estas cosas le importen un bledo, que los reyes son tan justos como yo rubio. Pero haced el intento. Escribidle-sugirió dagoberto, a sabiendas de que posiblemente una carta así iría a parar a la basura basura sin que se terminase de leerla.

 

       -Bueno, en principio algo así me propongo hacer. Obtener su definitiva libertad por medios legales.

 

      Dagoberto miró severamente a Balduino. Aquel pelirrojo ya le inspiraba seria desconfianza, no en cuanto a intenciones, pero sí en lo referente a métodos.

 

      -¿Y si no...?-preguntó.

 

       -Por la fuerza de las armas, de ser necesario, señor-admitió Balduino, haciendo un esfuerzo sobrehumano por ser sincero hasta el final, por feo que fuese lo que tuviera que decir.

 

      -Basta. Ya he oído suficiente. os invito a retractaros de todo cuanto habéis dicho; caso contrario, seréis llevado a juicio por traición a la Orden y, caso de ser hallado culpable, degradado y condenado a muerte. Pero no deseo dar un paso así; no me obliguéis a darlo.

 

      -No quiero ser degradado ni condenado a muerte, no quiero obligaros a dar ningún paso desagradable, pero la degradación no pasa de ser una ceremonia cuyo objeto es humillar; y no hay humillación que alcance a quien tiene su honor intacto. Moriré siendo Caballero, degradación o no degradación.

 

      -Eso lo habéis aprendido de vuestro mentor, el señor Benjamin Ben Jakob, ¡pero flaco favor le hacéis repitiéndolo en esta ocasión!... De miles de causas que podíais elegir para defender, elegisteis una de aspecto bien feo. En todo el Reino hay viudas y huérfanos desamparados, pobres oprimidos por ricos, fuertes que abusan de los débiles. ¿Y por quiénes tomáis partido?: por renombrados malhechores a quienes ya os asocian en perjuicio de ese buen nombre que tanto decís defender.

 

      -¡No tomo partido por malhechores, sino sólo por la justicia!-exclamó Balduino-. Hago cuanto puedo por quienes requieran de mis servicios; y si no, preguntad a la gente de Freyrstrand qué opina de mí. Pero defiendo las causas que voy encontrando en mi camino. Sin duda hay en el Reino, como decís, mucha gente necesitada de un Caballero, pero a mí eso en este momento no me concierne, pues aquí es donde me apostó el Gran Maestre, y si dejara este lugar para erigirme en bienhechor de habitantes de otros sitios, tampoco os gustaría, ¿no? Por otro lado, os hago ver que un Caballero tendrá siempre enemigos que se solazarán con su desgracia y escarnio, pero si he de guiarme conforme a ello, más vale que no mueva un dedo en defensa de nada, que haga lo que haga, siempre tendré críticas. Los renombrados malhechores que decís han demostrado ser leales compañeros, y un auténtico Caballero no puede pagar lealtad con ingratitud.

 

     -La lealtad de esos forajidos es casi seguramente interesada-objetó Dagoberto-. Si la bondad, la corrección y la nobleza en los gestos superficiales garantizaran algo, la Historia no estaría, como está, plagada de traiciones. Es en el interior del alma humana, al que no tenemos acceso tratándose de los otros, donde se depuran las apariencias como en un crisol de alquimista. ¿Tenéis garantías de que en vuestros malhechores las apariencias resistirían la prueba de tal crisol?

 

       -No. Pero si vamos al caso, ¿las tengo tratándose de cualquier otra persona? No, sólo podemos hablar de un margen de probabilidades, y nada más. Vos lo habéis dicho: la Historia está plagada de traiciones... Y los traidores a menudo son gente de intachable reputación.

 

      Dagoberto de Mortissend resopló, frustrado.

 

     -Qué leguleyo seríais si no fuerais Caballero. Bien, estoy empantanado-dijo-. No puedo acusaros ostensiblemente de rebeldía, pues algunos de vuestros argumentos, mal que me pese, tienen su validez. Pero tampoco puedo alabaros por vuestra conducta, que además podría llevaros a mal fin. Y por otra parte, conocéis las eventuales consecuencias de esa conducta; de modo que el asunto está escapando a mis manos y mi entendimiento.

 

      -¿Entonces...?

 

      -Tendrá que ser el gran Maestre quien decida en esto. Pero debo advertiros que hay pocas probabilidades de que os apoye en un asunto tan delicado como éste. Así os pongáis de cabeza, estáis apoyando una causa dudosa. No cabe duda de la nobleza de vuestras intenciones, en eso no hay reproche posible; pero a veces, como en este caso convendría dejar de lado la nobleza. Sabéis, es una lástima: venía a ofreceros, de parte del señor Thorstein Eyjolvson, el cargo de Segundo Maestre de la Orden; pero temo que luego de toda esta charla, no me siento en condiciones de haceros formalmente esa oferta.

 

      -Me sorprende haber sido postulado para tan alto honor, pero no habría aceptado. Estoy contento aquí. ¿Debo suponer, entonces, que el Segundo Maestre ha muerto, quizás en combate contra los Wurms?

 

      -Qué va. Esta vivo y coleando, pero mucho no se le nota. Parece parte del decorado.

 

      -¿Cómo era que se llama?

 

     -Ahí tenéis, ni sabéis su nombre... Cipriano de Hestondrig.

 

      -No lo ubico. No estuvo en el Monte Desolación, ¿no?

 

      -Sí, claro. Estuvo. Lo conocéis como El Sigiloso.

 

      -¿El Sigiloso?... No. En mi vida oí hablar de él, o no lo recuerdo, al menos. ¿Cómo se ganó el apodo?

 

      -No sé. Pensé que vos lo sabríais. Si la historia del Monte Desolación iba a narrarse, Cipriano y varios Caballeros que no destacaron más que el resto de todos modos debían figurar, porque eran los de más antigüedad. Ellos mismos idearon sus apodos en base a sus hazañas, pero no sé cómo lo hicieron, ya que no destacaron especialmente por ninguna. Sin embargo, pensándolo bien, el apodo resulta adecuado para Cipriano: no se hace notar para nada...-Dagoberto sonrió con una mezcla de amargura y sorna-. Deberé solicitaros hospitalidad por esta noche.

 

      -¿De verdad no preferiríais pasar la noche en Kvissensborg, donde estaríais más cómodo, señor?-preguntó Balduino.

 

      -No, preferiría pasar la noche aquí. Me gustaría estudiar un poco a vuestros hombres, sondearlos, opinar por mí mismo acerca de su grado de lealtad o deslealtad, y  decidir en consecuencia qué dire al Na... al señor Eyjolvson. Ahora que me caéis bien, lamentaría que de repente nos viéramos en bandos enemigos.

 

      -Todavía estamos del mismo lado. Bienvenido a Vindsborg entonces, señor-dijo Balduino, con una tenue sonrisa.

 

      -Ajá, todavía estamos del mismo lado-aprobó Dagoberto de Mortissend, sonriendo también.

 

      Y súbitamente lo invadió esa felicidad que se experimenta al sencillamente disfrutar un momento de paz, sin pensar en nada y aún menos en el mañana.

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26 mayo 2010 3 26 /05 /mayo /2010 22:21

      Méntor vio al grupo de gente que venía a su encuentro y, debido a malas experiencias previas vividas en otros sitios, prefirió descender a cierta distancia, en el camino que llevaba a las Gröhelnsklamer, para eventualmente tener tiempo de remontar vuelo otra vez si aquellas personas fueran hostiles. A modo de disuasión, extendió sus alas de punta a punta y estiró el cuello, y de su pico córneo brotó un agudo chillido que rasgó la quietud de aquellas vastedades y que el viento llevó a muchas leguas a la redonda. En ese momento aparentaba una naturaleza agresiva y feroz que definitivamente le era ajena.

 

      Dagoberto de Mortissend se apeó y consultó un mapa que traía consigo, tarea difícil porque el viento no colaboraba y bregaba por arrebatárselo.

 

      -¿Será éste el lugar?-preguntó en voz alta, aunque hablaba sobre todo para él mismo.

 

       -Ve tú a saberlo. Eres más temible mapa en mano que espada en mano, y lo malo es que no resultas peligroso para tus enemigos sino para tus aliados. ¿Qué tal si te deshaces de esa cosa? A ti un mapa no te serviría ni para orientarte en tu propia casa-replicó Méntor, paseando su mirada por los alrededores-. Mira, un volcán. Como en los viejos tiempos, ¿eh? Espero que sea menos destructivo que el Monte Desolación.

 

      -Sí, sí...-gruñó Dagoberto de Mortissend, más que nada para que Méntor se callara, porque lo estaba distrayendo. O al menos de esa excusa quería valerse para justificar su propia desorientación-.El Narigón lo pintó como un sitio solitario y agreste, pero esto me parece demasiado.

 

       Durante apenas unos segundos, los cielos, grises y tenebrosos, se abrieron para dar paso a esmirriadas y débiles cascadas que hicieron centellear la nieve y las bellísimas escamas verdes que revestían el corpachón poderoso del gran reptil volador. Este miraba ahora hacia las personas, cada vez más cercanas.

 

      -Ese tipo forzudo me recuerda a Gudjon-comentó con cierta nostalgia al distinguir una figura descollante que era en realidad la de Ursula-. Y hay un tuerto con un parche en el ojo, como Knippy Haraldssen... ¿Qué se habrá hecho de Knippy?

 

      -Alguien, no recuerdo quién, me dijo que se había hecho panadero. Puede ser. Knippy no tenía mucho interés por la Caballería-contestó Dagoberto, sumergiéndose también en un océano de remembranzas. Me rindo. Este mapa no sirve para nada.

 

      -Qué curioso-ironizó Méntor-. Lo mismo terminas diciendo de cuanto mapa cae en tus manos. 

 

       -De acuerdo. Este mapa ya me tiene harto, ¿está mejor así?-Dagoberto enrolló el mapa en cuestión, fastidiado-. Preguntemos a esa gente; será más sencillo.

 

      Prudentemente, Méntor permitió a su amigo adelantarse, y lo siguió unos pocos pasos más atrás, zarandeando nerviosamente su larga cola. Llegados ambos frente a aquellas personas vio Méntor, con asombro, que hincaban rodilla en tierra, comenzando por el pelirrojo que iba en cabeza. Tamaña y espontánea manifestación de respeto  anonadó al propio Dagoberto.

 

      Una jauría de perros sin raza ni modales que vagaba dispersa por ahí, escoltando en desorden a aquella gente, tuvo la malhadada ocurerencia de congregarse en torno a Méntor, mordisqueándole las patas y las alas, que él plegó rápidamente.

 

      Balduino, un tanto incómodo por esa conducta tan inapropiada de los perros de Hundi, los llamó uno por uno; pero la obediencia no era su fuerte, y tras erguir las orejas escuchando al pelirrojo con mucha atención, volvieron a dedicarse a molestar a Méntor.

 

      -No os molestéis, estamos de paso. Sólo buscamos un lugar llamado Fristrande-dijo Dagoberto de Mortissend.

 

      -Freyrstrande. Es aquí-contestó Balduino, preguntándose qué ocurría, que últimamente todos los forasteros, sobre todo los muchachos del correo de postas,pronunciaban mal el nombre del lugar.

 

       -¿Y el señor Balduino de Rabenland?

 

      -Soy yo.

 

      Dagoberto de Mortissend se indignó.

 

     -Ah, dejaos de bromas, ¡hablo en serio! exclamó, de mal humor.

 

      -¡Pero si soy yo!-exclamó Balduino-. Y vos me sois familiar...-añadió confuso. De súbito se iluminó su semblante, chasqueó los dedos y señaló a Dagoberto con su índice-. ¡Ya os recuerdo! Vos fuisteis quien me armó Caballero. Vuestro nombre era...

 

      Dagoberto de Mortissend miró el rostro amable y no cupo en sí de estupor. Nada quedaba de la horrenda mueca despectiva que él recordaba; ¿cómo iba a adivinar que ese muchacho harapiento y agradable, más similar a un campesino muy cortés que a un Caballero, era el mismo joven y antipático que él conocía? El atuendo no ayudaba, pero estaba seguro de que ni con armadura habría podido identificarlo.

 

      -Dagoberto de Mortissend, Capitán de la Orden del Viento Negro; mi amigo es Méntor el Drake, seguro os suena ese nombre-balbuceó al recuperarse de la sorpresa-. Levantaos, vos y quienes os acompañan. Vengo a hablar largo y tendido con vos, acerca de varias cuestiones.

 

      Todavía se hallaba algo aturdido. Recordó las palabras se su madre al referirse a aquel pelirrojo: ...bajo su soberbia, antipatía y ambición yacen cualidades bellísimas, que ni él mismo imagina...

 

      Inevitablemente, recordó además lo que ella había vaticinado: Mi camino y el suyo han de cruzarse muy pronto, en la vida o en la muerte... La madre de Dagoberto, la bruja Eleuteria de Mortissend, rara vez formulaba predicciones, pero las pocas que hacía terminaban cumpliéndose de un modo u otro. ¿De qué manera terminaría haciéndose realidad aquella?... Qué importaba. Bastante trabajo tenía ya Dagoberto tratando se asimilar que un mismo rostro pudiera cambiar tanto bajo dos emociones diferentes, al punto de hacerse irreconocible a primera vista.

 

      Balduino iba a hincar rodilla ante Méntor, pero éste lo detuvo. No pudo evitar el dragón lanzar una pulla a Dagoberto en el habla Drake de modo que sólo pudiera entenderla el destinatario:

 

      -Ya veo lo desagradable que es tu pelirrojo-espetó sarcásticamente. Durante el viaje, Dagoberto no había parado de quejarse contra Balduino y la desgracia que supondría tener a cargo del Maestrazgo a un joven tan antipático, altanero y despectivo.

 

     Dagoberto echó a su compañero una mirada fúlmine.

 

      -Si buscáis hospedaje, señor, tal vez convenga que os lleve a Kvissensborg-dijo Balduino-. Las estancias que puedo ofreceros en Vindsborg son un tanto rústicas...

 

      -No importa, aquí o allá es lo mismo-respondió Dagoberto-. No, mejor aquí; eh, es más cerca, el viaje me cansó mucho.

 

       -No tienes vergüenza. Cargué yo contigo y no al revés, por si no recuerdas; ¿y tú estás cansado?-susurró Méntor en su lengua.

 

     Dagoberto de Mortissend se volvió hacia él.

 

     -No seas tonto. Alguna excusa tengo que poner luego de haber dicho que me daba lo mismo dónde me alojaran. No me debe darme lo mismo en absoluto, pero recién ahora me doy cuenta. Este pelirrojo podrá no ser el antipático que solía ser, pero conviene ver si no esconde algo en su guarida. Las cosas que le dijo al Narigón por carta dan qué pensar.

 

      Pareció obvio a Balduino y su gente que Méntor no hablaba otro idioma que el propio, aunque no era la sensación que se tenía al oir sobre su participación en las gestas del Monte Desolación, y que por eso Dagoberto se veía forzado a responderle también en esa lengua. El contenido del diálogo tenía muertos de curiosidad a varios, quienes buscaron con la mirada al único capaz de traducir lo que decían esos dos, entre ellos Adler.

 

      -¿Y Adam?-susurró a Lambert, quien era uno de los que se hallaban más cerca.

 

      -En el retrete, creo-contestó el otro, con uno de sus típicos e involuntarios guiños.

 

      Pero el diálogo entre Dagoberto y Méntor se vio interrumpido por los perros, que seguían cerca del Drake y no permanecían calmos si no lo veían en inmovilidad estatuaria, y se pusieron a ladrar furiosamente cuando cambió de posición. El gran dragón volador ya no los soportó más y tomó carrera con la jauría tras sus talones y echó a volar hacia Eldersholme, donde esperaba encontrar alguna cueva en donde pasar la noche. Los bulliciosos animales quedaron ladrando en la orilla, retrocediendo asqueados ante las olas moribundas que venían a lamerles las patas, sin duda decepcionados de no poseer también ellos sendos pares de alas.

 

      La gente, por su parte, empezó a caminar hacia Vindsborg.

 

      -Decidme: ¿cuál de esos chuchos es Gudjon?-preguntó Dagoberto, humorísticamente-. Porque a ninguno de ellos parece quedarle bien el nombre. Gudjon era físicamente más grande; su cerebro, mucho más pequeño...

 

        Balduino no entendió a qué venía la comparación entre el difunto Príncipe Gudjon y los perros de Hundi, aunque la última frase lo hizo sonreír. Sólo se quedó dudando respecto a cómo habrían seguido las preacarias relaciones entre Sansón (Gudjon) y El Jinete de Drakes (Dagoberto) luego de los sucesos del Monte Desolación. En teoría habían quedado amigos, pero el tono burlón del señor de Mortissend dejaba dudas al respecto.

 

       No tuvo mucho tiempo para meditar la cuestión. Gilbert no había oído bien las palabras de Dagoberto y tuvo que pedir a Gröhelle que se las repitiera; tras lo cual, sin medir el volumen de su voz, pero creyendo por lo visto ser bastante discreto, gritó entre risas:

 

       -¡Cerebro mucho más pequeño... Este sí que conocía bien a aquel gran asno!

 

       Algunos no supieron dónde meterse, entre ellos Anders, Thorvald, Karl y el propio Balduino; pero Ulvgang y su fiel tripulación no pudieron contenerse, y estallaron en estruendosas carcajadas.

 

        En cuanto a Dagoberto de Mortissend, al principio quedó perplejo tanto por la metida de pata de Gilbert como por aquel aluvión de risas. Acalladas éstas, él mismo se echó a reir.

 

      -Sí: conocí muy bien a aquel gran asno-convino-. Y si vosotros lo conocisteis también, supongo que ello se debe a que, hace algo más de una década, fuisteis a hacerle cierta visita inesperaday no muy cortés, ¿verdad?

 

      -Podría decirse, señor-admitió Ulvgang, inclinando respetuosamente la cabeza-. Pero estad orgulloso de vuestro amigo el Príncipe Gudjon: no fue fácil doblegarlo, os lo aseguro.

 

       Dagoberto de Mortissend no tuvo que preguntar con quién estaba hablando. Balduino y Anders estaban ya hechos con Ulvgang, pero éste seguía exhudando esa especie de peligrosidad latente y a flor de piel que tan en guardia había puesto al principio al pelirrojo; y quienes no trataban frecuentemente con él lo notaban, salvo algún Kurt Ingmarson de naturaleza demasiado ingenua y campechana para advertirlo a simple vista.

 

      -Veo que habéis emprendido varios trabajos-dijo Dagoberto de Mortissend a Balduino, observando las empalizadas y las catapultas-. Me gustaría verlos para después comentarlos entre los dos... 

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26 mayo 2010 3 26 /05 /mayo /2010 17:30

      Cinco días más tarde, Balduino estaba abocado a su propio e imposible reto: enseñar a los gemelos Björnson, de una vez por todas, dónde se hallaba la izquierda y dónde la derecha. Ciertamente habían mejorado mucho en tal sentido; es más, en general, si se les interrogaba al respecto, respondían correctamente, pero luego de vacilaciones que a esas alturas resultaban inadmisibles. Cada ver que los veía meditar durante una eternidad antes de responder, Balduino sentía ganas de hartarlos a patadas.

 

      -Hansi, tienes hasta mediodía para enseñarles. A ver cómo te las arreglas-gruñó.

 

      A Hansi lo querían mucho en Vindsborg, y los gemelos Björnson no eran la excepción, pero ese día de buena gana lo hubieran estrangulado. Ya bastante humillación era verse forzados a aprender de un mocoso como él, sin necesidad de castigos extra. Pues bien, al parecer Hansi entendía que se le había encomendado una misión que no podría haber sido más esencial si de ella hubiesen dependido muchas vidas; por lo que estaba agrandadísimo. A los gemelos les habló con mucha autoridad y prosopopeya, si bien luego él mismo rió al comprender que se estaba propasando. Tal comprensión, sin embargo, no trajo aparejado un cambio de conducta por parte del chico. En ese momento él tenía el mando, el poder; y lo estaba disfrutando de lo lindo. Lo había recibido del señor Cabellos de Fuego en persona; de modo que más valía a Per y a Wilhelm entenderlo así o atenerse a las consecuencias. O al menos esto se desprendía del tono sobrador empleado por el sabandija.

 

      Para colmo, cuando se iniciaba la lección, Ulvgang se acercó a Hansi, le colocó una mano en el hombro y señaló con la otra a los gemelos.

 

       -Si estos imbéciles no te prestan atención o no aprenden, Hansi, tú nos avisas y nos los cogemos, ¿eh?... ¡Nos los cogemos!-exclamó malignamente.

 

      Sólo eso faltaba para que Hansi terminara de infatuarse. Aún más inquietante: no era muy seguro que Ulvgang sólo bromeara. Y lo peor: desde la distancia, Gröhelle, Honney y Andrusier, entre otros energúmenos, aprobaban a su Capitán con sendas sonrisas de monstruo marino.

 

       Después del almuerzo, Balduino sometió a los Björnson a un severo examen, y tras comenzar con un par de desaciertos, lograron identificar correctamente su izquierda y su derecha y las de Balduino, que estaba frente a ellos y que les complicó la cosa haciéndolos moverse de aquí para allá y dando media vuelta. En lo sucesivo, sólo muy esporádicamente retornarían los gemelos a su vieja confusión de direcciones. Pero sus nuevos progresos fueron celebrados con aplausos que a Per y Wilhelm no gustaron nada, casi tan poco como la sonrisa sobradora de Hansi, que a estas alturas, sin embargo, era más una pose para exasperar a los Björnson (objetivo ampliamente alcanzado) que otra cosa.

 

      -¿Y eso?-preguntó de repente Snarki, señalando un punto en el cielo hacia el Sudoeste-. Creí que era un grifo, pero hace rato que viene hacia aquí sin cambiar de rumbo, y mirad qué pequeño se ve todavía.

 

      -¿Será un Drake?-preguntó Anders-. Creí que no los había en Andrusia.

 

      -Y no los hay, salvo quizás muy, muy al Sur-aclaró Thorvald.

 

      -Pero podría ser el famoso Méntor, que alguna colaboración estaba prestando en la guerra contra los Wurms-sugirió Balduino-. A menos que otro de su raza haya decidido involucrarse. Esperemos que no, porque hay sobradas razones para pensar que, si cualquier otro Drake optara por intervenir, sería en apoyo de los Wurms. No tienen motivos para querernos. Son seres pacíficos, pero ya se sabe que tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe.

 

       -Donde está Méntor se supone que por lo general está El Jinete de Drakes-dijo Anders con ansiedad-. Imagina que descendiera aquí. Sabríamos al fin quién és.

 

      Balduino asintió. En otro tiempo habría estado tan emocionado como Anders, pero ahora sabía que fuera de la leyenda del Monte Desolación había también muchas personas de enorme talla moral. En Freyrstrande la más obvia era Thorvald, pero hasta alguien como Thomen el Chiflado, a su manera, traspiraba grandeza.

 

      De cualquier manera, los héroes del Monte Desolación habían sido precursores en el mismo camino que él transitaba ahora; de modo que convenía prepararse para dar al Jinete, caso de tratarse de él y que aterrizara en Freyrstrande, una recepción adecuada. Si no, ojalá que el Drake al menos pasara cerca y volando bajo. Balduino nunca había visto Drakes más que desde la distancia, y tenía muchas ganas de ver alguno más de cerca.

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25 mayo 2010 2 25 /05 /mayo /2010 23:07

      Hacia el alba del tercer día posterior a su llegada a Ramtala, Dagoberto de Mortissend y Méntor el Drake se disponían a partir de nuevo. Estarían ausentes bastante tiempo, porque Thorstein Eyjolvson les había pedido que de "Fristrande" siguieran viaje hacia Christendom para ver cómo marchaban las cosas allá y cómo se podría ayudar a proteger el Delta del Rattapahl de una posible invasión Wurm: el Gran Maestre del Viento Negro distaba mucho de compartir la difundida opinión de que los reptiles se habían dado por vencidos.

 

      -Dagoberto me habló de la matanza de crías de Drake-dijo a Méntor-. Creéme, me muero de vergüenza ajenas, no tengo palabras para decir cuánto lo lamento. Por qué sigues ayudándonos cuando tan poco hacemos para merecerlo o por qué yo mismo no desisto de seguir manteniendo en alto ideales que tan pocos parecen compartir o siquiera valorar, son cosas que no tienen explicación. No vale la pena hacer lo que hacemos.

 

      Había hablado con mucha amargura, y Méntor al principio no le fue muy en zaga; pero luego su cara triste se tocó en una sonrisa, una un tanto melancólica, pero sonrisa al fin.

 

      -Personas como Dagoberto, Benjamin o tú mismo tenéis alma de Drake aprisionada en carne humana-dijo-. Mucho espíritu para cuerpos tan pequeños, y para colmo ese espíritu busca anhelante los Cielos, que la esencia de vuestra carne os niega. Pero un día, cuando volvamos a vernos, te llevaré a las alturas, y verás a los tuyos como yo los veo desde arriba-añadió, pensando en las hormiguitas laboriosas reparando el hormiguero a toda velocidad y atacando, por simple estupidez, a quienes sólo querían ayudarlas-. Entonces sabrás que sí valen la pena todos tus esfuerzos y sacrificios.

 

      Thorstein Eyjolvson llevaba más días de capa caída de lo que era habitual en él. Contribuían a ese estado anímico la tensión provocada por la falta de noticias de los Wurms, la incertidumbre de no saber a dónde iría a parar la Orden y el continuo aluvión de noticias adversas.

 

      Alzó sus ojos celeste lavado hacia los de Méntor, amarillos y carentes de pupila.

 

      -De verdad valen la pena, Narigón-insistió Méntor; y su sonrisa se hizo más pronunciada, y logró arrancar otra de labios del Gran Maestre, quien se sintió súbitamente como liberado de un gran peso y del transcurso de los años y su eterno bagaje de dolores y frustraciones. En ese momento era joven de nuevo y estaba con amigos, y asumía una vez más, igual que tantos años atrás, luego de que los momentos más críticos de la experiencia del Monte Desolación quedaran atrás, el desafío de organizar la Orden de Caballería que devolvería la paz y la justicia al Reino.

 

       El Gran Maestre del Viento Negro se acercó a Méntor y abrazó cuanto pudo de aquel pecho colosal, sintiendo a su vez que Dagoberto de Mortissend le palmeaba las espaldas y una gran garra escamosa los abarcaba afectuosamente a ambos. Y con el abrazo de los tres amigos debe darse por concluida la historia iniciada en el Monte Desolación, alrededor de diecinueve años atrás. Porque cuando un relato amenaza volverse amargo, mejor considerarlo como el inicio de otro que empieza mal pero que tiene probabilidades de mejorar, y no como un final doloroso de uno que alguna vez fue luminoso y bello.

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25 mayo 2010 2 25 /05 /mayo /2010 20:44

      -Por una vez tuteémonos, por favor, como cuando éramos adolescentes. Ahora no necesito un subalterno, tengo demasiados; en cambio, me hace falta un amigo-dijo Thorstein Eyjolvson, reunido en privado con Dagoberto de Mortissend en una càmara del Zodarsbjorgele.

 

      Dagoberto de Mortissend lo miró, y se llevó una triste sorpresa porque, por primera vez, advertía que Eyjolvson se hacía viejo, pese a no tener todavía cuarenta años. Su cuello estaba más encanecido, su rostro más arrugado; su sonrisa, cuando afloraba -y no era el caso en este momento- era ahora forzada.

 

      -Yo también-admitió-. Cuando éramos adolescentes no podíamos decirnos amigos, pero no importa. Fue una buena época para mí, porque entonces todo estaba por hacerse. El solo hecho de vivir era una aventura, y había un largo camino por delante. también eramos un poco tontos, claro. En medio de la tragedia desatada por el estallido del Monte Desolación, allí estábamos nosotros pelándonos por banalidades.

 

      -¿Tontos?... ¡Eramos idiotas!-precisó Thorstein Eyjolvson, mirando nostálgicamente sus propios recuerdos perdidos en el vacío-. Unos idiotas queribles, sin embargo. Deseábamos defender causas nobles; de verdad deseábamos hacerlo. Tal vez sólo para sentirnos grandes e importantes; pero, por Dios, ¿hay alguien que desee sentirse mísero o insignificante? Y en definitiva, ¿cuántas personas, también para sentirse grandes y nada más, eligen volcarse hacia el Mal?... Nosotros éramos imbéciles; pero unos imbéciles maravillosos. Eramos quienes cambiaríamos el mundo; los que lo limpiaríamos de injusticias y maldades. Para eso, nuestras energías y voluntades parecían inagotables. Amo a los idiotas que supimos ser; y en homenaje a ellos seguiré adelante, aun cansado, vencido y sin ganas de continuar como me siento. Consagré mi vida a la Orden. Hoy siento que tal vez no valió la pena, que he fracasado; lo que ignoro todavía es la magnitud de ese fracaso. Pero es muy tarde para volver atrás; y aunque pudiera hacerlo, el Thorstein Eyjolvson adolescente era demasiado estúpido para oir ciertas sabias razones. Hoy, como entonces, ese estúpido tendría la arrogancia de pretenderse capaz de cambiar el mundo. Así que seguiré adelante.

 

      -Bien que haces-aprobó Dagoberto-. Me agrada ese muchacho imbécil del que hablas.

 

      Thorstein Eyjolvson sonrió levemente, agradecido, y luego preguntó:

 

      -Dime: ¿te interesaría ser el Segundo Maestre de la Orden?

 

      -Aun interesándome, no podría serlo. ¿Le ha ocurrido algo a Cipriano de Hestondrig?

 

      -Aparte de ser un inútil, lo que por otra parte no es novedad, nada. Pero explícate: ¿por qué dices que no podrías serlo?

 

      -Porque allá en el Sur desafié a combate singular y maté a varios nobles que a su vez habían matado a varias crías de Drake, aprovechando la ausencia de la madre. No podía hacer otra cosa: los Drakes estaban muy alterados, enfurecidos como nunca los vi. Gracias a la "hazaña", cualquier posibilidad de que los Drakes, haciendo a un lado su eterno pacifismo, se nos sumaran en la lucha contra los Wurms fue a dar al traste. Es más, si yo no hubiera vengado por ellos la matanza de las crías, tal vez hasta se habrían puesto en contra nuestra... Y acabamos de ver que un Drake, como un Wurm, puede causar grandes daños incluso sin proponérselo.

 

      -Eso ya lo sabía sin necesidad de semejante demostración. Pero sigo sin entender qué te impide ser Segundo Maestre de la Orden. Acabas de reconocer que hiciste lo único que podías hacer.

 

      -Sí, pero los parientes de aquellos a quienes maté tratarán de vengar a los difuntos. Por ser de extracción villana, contra ellos, en cuyos linajes hay generaciones y generaciones de sangre noble, me protegen pocos derechos, si de verdad me protege alguno. Si el caso fuera llevado ante la justicia, me vería en problemas.

 

      -Ante la ley, no ante la justicia.

 

      -Lo que sea. La ley no defiende a los Drakes, de modo que no se hallaría justificación para lo que hice, y posiblemente ni siquiera se me consideraría un Caballero. En este momento soy uno del montón, y me parece mejor que así continúe. Creo que la situación de la Orden es muy precaria todavía. Será mejor que asuma la tarea de ayudarte a guiarla alguien que, ante la ley, esté limpio.

 

      -Ninguno de nosotros lo está. El mero hecho de haber dado protección a herejes nos pone al margen de la ley.

 

      -Sí, pero, al menos provisoriamente, fuimos amnistiados de ese delito. Sin embargo, el perdón del Rey no alcanza a los actos ilegales cometidos luego de levantada la proscripción que pesaba sobre nuestra Orden.

 

      -Es verdad-suspiró Eyjolvson, perdidas las esperanzas de que Dagoberto aceptara su oferta-. Bueno, puesto que te niegas, al menos ve haciéndote a la idea de que un día, tal vez, debas acatar órdenes de tu amigo Balduino de Rabensland. No me queda más remedio que ofrecerle el puesto a él.

 

      -¿Eh?-preguntó Dagoberto de Mortissend, no menos desconcertado que renuente-. ¿Y se puede saber por qué?

 

      -Porque no eres el primero que declina el cargo. Antes lo han hecho Benjamin Ben Jakob, Maarten Sygfriedson y Erlendur Ingolvson, entre otros. Pensé en ofrecérselo a Hipólito Aléxida, pero no sé a qué temer más, si a que acepte o a que no acepte. Porque si persiste en sus conocidas aficiones sexuales, y sobre todo en dedicarse a ellas con tan poco disimulo, dará mucho de qué hablar, y un reconocido sodomita no puede ejercer el Maestrazgo en una Orden como la nuestra, ya muy en entredicho. Nuestros enemigos estarán impacientes por achacar a la Orden entera las faltas y vicios de sus líderes. Mi última opción, por ahora, es Balduino de Rabensland. Este es orgulloso, soberbio y antipático, pero esos pecados son tan frecuentes entre la nobleza, que parecieran formar parte de los escudos de armas de muchas casas nobiliarias. Otros rumores son más preocupantes. Se dice que se ha rodeado de los restos de la banda pirata de Sundeneschrackt, incluido Kehlensneiter... y que ha dado a un perro suyo el nombre Gudjon-sonrió Eyjolvson, y Dagoberto de Mortissend reprimió la risa-. Podéis imaginar cómo se tomó esto en Drakenstadt, adonde Balduino de Rabensland había ganado cierta celebridad por haber ideado el plan que permitió rescatar a las dotaciones atrapadas en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Tampoco ayudó que rechazara un puesto de mando que le ofrecieron allí.

 

      -¿Y será bueno ofrecer el Maestrazgo a alguien tan impopular?-preguntó Dagoberto de Mortissend.

 

      -Habría que ver cuánto hay de cierto en esas acusaciones. Tratándose de un joven tan ambicioso no habría que descartar, a priori, que realmente haya liberado a los piratas para valerse militarmente de ellos a fin de, como él mismo dijo, poner al Reino entero a sus pies. No haría gran cosa sólo con ellos, pero por algo se empieza. Sin embargo, a lo largo de varias cartas y sin que yo lo interrogase al respecto, él me dio su propia versión de los hechos. Dice no haber hallado colaboración por parte del señor local, a quien acusa de poner bajo su mando a unos cuantos presidiarios, entre ellos a una parte de la banda de Sundeneschrackt. De dicha banda, afirma, quedaron sólo tres en prisión, a modo de rehenes; entre ellos, precisamente Kehlensneiter. Hace un tiempo, Balduino manifestó su intención de liberar a uno de esos tres, un tal Torian, Turian o algo así, a quien parece que condenaron siendo inocente. Más recientemente me escribió para informarme que liberaría a los otros dos, exponiendo motivos más o menos válidos desde su perspectiva.

 

      -¿Y no será simplemente que quiere legalizar su situación? ¿Que ya están todos libres y finge que recién ahora los sacará de la mazmorra? Tal vez quiera resguardarse de acusaciones.

 

      -Eso fue exactamente lo que le insinué a Benjamin por carta. Ni te imaginas cómo defendió a su antiguo escudero. Dice que Balduino de Rabensland no se apartaría jamás del camino recto; si bien admite, como falta grave en él, su absoluta carencia de amor al prójimo. Además, Maarten Sygfriedson me ha hecho llegar un rumor oído en Drakenstadt, según el cual el gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes, recabó a los Príncipes Leprosos información para desacreditar a Balduino, lo que sería muy de él. Aparentemente no le cayó bien que un Caballero de una Orden que no es la suya de llevara el mérito por idear el plan de rescate de los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Los Príncipes Leprosos, al parecer, se pusieron furiosos e incluso lo defendieron enérgicamente.

 

      -Fantasías...-desestimó Dagoberto, burlón-. Incluso si los Príncipes Leprosos lo conocieran, ellos no...

 

      -Suerte que estás sentado-interrumpió Thorstein Eyjolvson, sonriendo irónicamente-. Incluso si el rumor fuera falso, en él hay algún trasfondo verídico: los Príncipes Leprosos han tenido algún trato con Balduino de Rabensland, porque cuatro de ellos están apostados en sus vecindades, y uno resultó ser un pez gordo de Caudix, un tal Evaristo. Recibí una carta firmada por él, en apariencia auténtica, en la que avala al menos una parte de la versión de Balduino, quien parece haberse metido en el bolsillo al Leproso. Ya te hablaré más en detalle de todas estas cosas, pero con lo dicho basta para que comprendas que con tantas contradicciones en el mismo asunto apenas si sé cómo me llamo... No entiendo nada.

 

      -¿Y qué harás?

 

      -Enviarte a investigar qué hay de cierto en todo el asunto.

 

      -Pero qué magnifico e inesperado honor-dijo Dagoberto, sarcástico-. Justo lo que yo quería, tratar de nuevo con ese antipático. No sé cómo agradecerte el favor.

 

       -¿Has visto cómo pienso en ti y qué corazón de oro tengo?...Hablando en serio, Dago, te mando a ti porque te tengo confianza y porque a lomos de Méntor tardarás menos que un hombre a caballo. Si fuera necesaria una segunda opinión podríamos enviar a Benjamin, pero prefiero no hacerlo en principio, ya que por primera vez tengo serias dudas sobre la imparcialidad de El Justo.

 

      -Bueno, aunque ahora sean innecesarios, se acercan refuerzos, y con ellos viene Miguel de Orimor. Envíalo a él-bromeó Dagoberto de Mortissend.

 

       -¿Por qué?-preguntó Eyjolvson, quien no captaba dónde estaba el chiste.

 

      -Estará contentísimo de conocer al que lo derribó de la montura...

 

      Thorstein Eyjolvson abrió tamaños ojos, espantado.

 

      -¿Balduino de Rabenland fue el que derribó de la montura a El Toro Bramador de Vultalia?

 

       -Ajá... Lo hirió en su orgullo y le provocó la fractura de unos cuantos huesos, si no estoy mal informado. Debe ser cierto, porque tuvo que ser apartado del mando justo cuando estaba a punto de destruirnos.

 

      -¡Pero es increíble! ¡Mala suerte tras mala suerte tras mala suerte! Era necesario que alguien se hiciera cargo de exterminar a los Landskveisunger, y yo mismo sugerí a Miguel de Orimor debido, no sólo a su experiencia en este tipo de tareas, la cual tan nefasta nos fuen en otro tiempo, sino también a que pensé que eso le dejaría poco tiempo para detenerse en cualquier lado, y mucho menos todavía para consumar venganzas personales. ¡Pero si por casualidad llegara a Fristrande, no necesitará buscar mucho antes de encontrarse con Balduino de Rabensland!...

 

      -Bueno, Thorstein, cálmate, ¿quieres?, que después de todo, Balduino de Rabensland sabe que fue él quien humilló a El Toro Bramador de Vultalia, pero El Toro Bramador de Vultalia no sabe por quién fue humillado. ¿O te olvidas de que cuando ambos se batieron, la identidad de Balduino estaba a resguardo bajo el casco?...

 

        -Pues esperemos que eso sea suficiente. No confío en que Miguel de Orimor, mirando a los ojos de Balduino, no sepa que fue él. En una ciudad como Drakenstadt o Ramtala, son tantos pares de ojos, que quedaría desorientado, ¡pero no parece que en Fristrande haya muchos más que los de Balduino de Rabensland!

 

      -Bueno, bueno... Si se da cuenta, se batirán a duelo, uno de los dos matará al otro y, hasta donde sabemos, caiga quien caiga, será poco lo que se pierda.

 

      -No sé, pero resucitar este tipo de rencores es lo último que nos hace falta en este momento en que intento que reine la paz entre ambas órdenes de Caballería.

 

      Thorstein Eyjolvoson exhaló un cansado suspiro. Sólo restaba desear que de verdad la guerra hubiese terminado, así se podría enviar a Miguel de Orimor de regreso por donde había venido y  dejar que cada baronía se encargase ella misma de combatir a los Landskveisunger.

 

      -No hay piedad en este maldito mundo-murmuró.

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25 mayo 2010 2 25 /05 /mayo /2010 20:32

      Pronto llegó Thorstein Eyjolvson y saludó tanto a Dagoberto como a Méntor pero, por lo demás, al principio cruzó otras palabras sólo con el Drake, dada la imposibilidad de que éste los siguiera para seguir conversando con sus amigos humanos en un lugar cubierto. Cuando el reptil, que nunca había sido demasiado locuaz salvo por breves instantes, lo estimó conveniente, acordó con Eyjolvson un descanso de dos días, y con Dagoberto de Mortissend un punto donde encontrarse fuera de Ramtala; pues si lograba salir de aquella infame cajita que era ese castelete, nada en el mundo lo persuadiría de volver a meterse en ella. Y luego vino para Méntor lo más complicado... Que era, precisamente, encontrar una forma de salir de allí.

 

      No era que su fuerpo fuese tan inmenso que ocupara todo el patio, pero desde la cabeza hasta la punta de la cola abarcaba una buena longitud. Con las alas extendidas cabía a duras penas-e incluso debía encogerlas un poco- y no tenía espacio para emprender una carrera que pudiera darle el necesario envión para tomar vuelo. Aquel despegue iba a ser un auténtico suplicio. También sería todo un papelón, pero conservar la majestad era en ese momento lo último que le importaba al Drake.

 

      -Vamos, Méntor, lo harás muy bien-aseguró Thorstein Eyjolvson, con escasa convicción.

 

      Méntor, pesimista, miró a su alrededor para estudiar bien la cosa. Para salir de allí tendría más trabajo que un sepulturero durante una epidemia de peste.

 

      -Que se haga lo que Dios quiera...-murmuró con cara de funerales.

 

      No le cabía duda de que su despegue se frustraría, pero trataría al menos de caer del otro lado del muro y causar así el menor daño posible. Tras ponderar atentamente la cuestión, la dirección y fuerza del viento, la altura de los muros y demás detalles, al fin se animó y dio un primer brinco con éxito nulo. En su estrepitosa caída a tierra costaba hallar rastros de la magnífica criatura que aterrizara con inimitable gracia en ese mismo patio, y todo el mundo huyó de la mole que se desplomaba, aunque por suerte desde poca altura todavía. Conjugando más eficazmente sus recursos, Méntor lo intentó de nuevo. Los potentes músculos de sus patas traseras lo propulsaron mucho más alto esta vez, y las alas quedaron por encima de los muros, de modo que comenzó a batirlas desesperadamente, intentando aprovechar el viento que por fortuna soplaba con sobrados ímpetus. Se esforzó por adoptar una postura más aerodinámica, encogiendo las patas contra su cuerpo y esgrimiendo la cola a modo de timón; pero en esto último fracaso, ya que más bien logró sólo esgrimirla a modo de involuntario látigo. La estrelló contra las tejas de una garita de guardia donde un asustado centinela que no tenía la menor idea de lo que ocurría quedó blanco de pavor; varias de las tejas de marras volaron en pedazos hacia todas direcciones provocando múltiples huidas en desbandada. La cola seguía esforzándose por dar dirección a aquel torpe aleteo de gallina excedida de peso, y la punta pasó a vuelo rasante por el patio; quienes aúnn no habían llegado a cubierto se tiraron cuerpo a tierra. Entre tanto descubría Méntor, con horror, que iba perdiendo altura, y encima ni por asomo fuera de los límites del castelete, al menos. Sus zarpas delanteras aferraron las almenas del muro en un intento por procurarse un envión; pedazos de obra se desprendieron de la estructura y cayeron al patio como granizada. Y así continuaron  los aleteos torpes, los coletazos y muchas desafortunadas maniobras más, pero finalmente, cuando el Drake no aguantó más y se desplomó cuan largo era, se hallaba ya fuera de las murallas de Ramtala.

 

       Desde éstas, Thorstein Eyjolvson suspiró de alivio al constatar que, milagrosamente, nadie había salido herido por los desaguisados de Méntor. Se sintió un tanto confuso al ver que todos lo miraban a él, como culpándolo de todo aquello, aunque los gestos no parecían especialmente acusadores.

 

      -Y a pesar de todo es nuestro aliado, no nuestro enemigo. Puedo jurarlo-les dijo en broma, tras señalar con su mano los destrozos.

 

      Fuera del Zodarsbjorgele, Méntor se estaba incorporando trabajosamente, cuando escuchó un repiqueteo de cascos propio de un galope en grupo, mezclado con ladridos y carcajadas varias. Alzó la cabeza. Ante él se abría un soberbio paisaje, de ésos que sólo se ven en Andrusia: una llanura de suaves ondulaciones que a lo lejos se transformaban en corros de colinas bastante separados unos de otros, con alguna elevación más o menos notable y alternancia de agradables campiñas y oscuros y profundos bosques. Todo estaba ahora, lógicamente, tapizado de blanco, aunque a lo lejos las coníferas dejaban ver algo de su tenaz follaje semioculto por la nieve. El panorama tenía algo de mortuorio; y sin embargo, si uno se fijaba bien, la vida estaba allí, oculta pero pujante, con tantos claroscuros como el día mismo.

 

      Méntor, cuyos sabios instintos le aconsejaban evitar a la Humanidad, no podía sin embargo evitar amarla. Esto era, tal vez, porque podía volar y ver desde arriba a los hombres como probablemente los ven Dios y sus ángeles. Veía a la adversidad y a la furia de los elementos tratando de acabar con ellos; veía el paso de los siglos descargando sobre ellos una maza inmisericorde, intentando destruirlos. A veces parecía que la ruina era total, para alivio del mundo; pero hete aquí que una y otra vez resurgían sobrevivientes que iniciaban una lenta pero firme reconstrucción, semejantes a diminutas hormigas empeñadas en reparar un hormiguero devastado. A Méntor le era imposible no conmoverse ante tanta valentía y laboriosidad.

 

      Lo malo venía, claro, cuando descendía a tierra y veía que aquellas hormiguitas estaban más que dispuestas a atacarlo y destruirlo, y no sólo a él, sino también entre sí. A menudo pensaba entonces en la Humanidad como en una odiosa plaga que debía ser erradicada; pero aunque cada vez le tenía menos paciencia, la idea de que desapareciera del todo también le resultaba execrable. Al fin y al cabo, eran sólo hormiguitas; estúpidas hormiguitas que en la mayor parte de los casos no eran conscientes de la verdadera magnitud del daño que hacían.

 

      Méntor pensaba ahora en estas cosas porque un camino unía Ramtala con el distante bosque, serpenteando entre las ondulaciones; y por él se acercaba ahora un grupo de cinco o seis jinetes precedidos por una jauría sumamente bulliciosa.

 

      -Lo que me faltaba-gruñó, haciendo un esfuerzo por incorporarse. Era obvio que se trataba de una partida de caza que estaba de regreso, y él, por prudencia, trataba de evitar a los desconocidos, sobre todo a aquellos que trajeran consigo armas de cualquier tipo.

 

      No tardó en tenerlos allí, junto a él. Los perros fueron a morderle las alas y las patas, pero acudieron sumisamente al llamado de su amo, un joven de cara muy redonda, melena lacia de color castaño oscuro y ojos de una rara tonalidad gris verdosa: el jinete que encabezaba la partida. Sonreía burlonamente mientras observaba a Méntor, y éste presumió que las ínfulas que había en el semblante del muchacho debían serle habituales. Posiblemente no valiera mucho como persona; pero sus acompañantes daban la impresión de valer aún menos. Todos habían sido testigos del poco elegante aterrizaje de Méntor, que comentaban entre susurros y con los ojos lagrimeantes de la risa.

 

      Méntor se incorporó al fin, sintiendo muy dolorida su pata trasera izquierda, y al dar unos pocos pasos descubrió que rengueaba de la misma. Los perros le gruñeron, pero se quedaron en su sitio. En tanto, un halcón que volaba en círculos por los alrededores bajó a posarse en el brazo izquierdo, extendido a tal fin, del muchacho de cara redonda, quien al mismo tiempo se acomodó con la mano opuesta la correa que sujetaba a su espalda la aljaba llena de flechas.

 

      El Drake optó por hacer caso omiso a las burlas. Haber conseguido salir del Zodarsbjorgele era ya hazaña suficiente y, de hecho, casi un milagro; que no le pidieran, además, técnica. Irguió la cabeza en gesto altivo, adelantó el orgulloso pecho y echó a andar lo más garbosamente que pudo; en lo que salió más que airoso pese a su renguera. No se volvió a mirar atrás, pero el muchacho de la cara redonda sí lo siguió con la vista a él. Ya no sonreía; por el contrario, se hallaba serio y pensativo.

 

      Thorstein Eyjolvson y Dagoberto de Mortissend vieron toda la escena, porque habían subido a un adarve para asegurarse de que Méntor no hubiera sufrido daños graves.

 

      -¿Y ésos?-preguntó Dagoberto, señalando a los jinetes.

 

      -Caballeros de la Doble Rosa que vuelven de una cacería-contestó Thorstein Eyjolvson-. Están demasiado relajados para mi gusto últimamente; pero al no pertenecer a nuestra Orden, no puedo intervenir en ello.

 

     -El muchacho del halcón, ¿es una especie de jefe, o algo así?

 

      -Ajá. León de Cernia, fulgurante y promisoria estrella guerrera de la Orden de la Doble Rosa y protegido de su Gran Maestre, Tancredo de Cernes Mortes. Reacio como pocos a acatar órdenes, y altanero y vanidoso en extremo. Algunas cualidades de valor posee, puesto que siempre que pudo, por ejemplo, asistió a las exequias fúnebres de los caídos en combate para llevar consuelo a sus deudos. Pero creo que la opinión de los subordinados dice mucho del que manda, y el caso es que pocos entre quienes deben obediencia a León sienten por éste algún aprecio. La mayoría de ellos lo llama, despectivamente, El Gordinflón.

 

       -¿Sí? Desde aquí no parece gordo.

 

      -No lo es; al contrario, se ve esbelto y apuesto. Pero tiene una cara tan redonda y las mejillas tan carnosas, que aparenta estar excedido de peso. No le queda tan mal, pero sospecho que bastarían unas pocas libras de más para que ese rostro suyo parezca a punto de reventar. Como por un lado presta mucha atención a su apariencia y por otro es de buen comer, se ve obligado, para mantenerse en forma, a estar en continua actividad... Por cierto, nuestro Méntor debe haberlo descolocado un poco.

 

       -¿Descolocado? ¿Por qué?

 

      -Porque es de esos arrogantes que se plantan en medio del camino exigiendo derecho de paso y no se apartan si no es por la fuerza de las armas. Pero Méntor lo embromó, pues le ha demostrado, con el propio ejemplo, que uno puede hacerse un lado y pasar por el flanco de aquel a quien se ha cedido el camino y, sin embargo, conservar pese a ello un aire muy digno. Para León, ambas cosas no son compatibles.

 

      Abajo, los jinetes se habían puesto en marcha nuevamente.

 

      Cada tanto, León de Cernia continuaba volteando la cabeza para observar a Méntor, cuya gran figura iba menguando a medida que se alejaba.

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25 mayo 2010 2 25 /05 /mayo /2010 17:40

      A principios de diciembre se repitió en varios poblados de Ulvergard el mismo revuelo que ya se había observado a fines de marzo, con motivo del avistamiento de un gran Drake o dragón volador; pero en Ramtala hubo ahora menos alboroto. La criatura voló tres veces en círculo en torno al Zodarsbjorgele, el castelete más meridional de la ciudad, lo que era una señal convenida de antemano; de manera que se le respondió izando una bandera negra con un halcón bicéfalo escarlata en su centro para indicarle que podía aterrizar en el patio.

 

      ¿Quién no ha cedido alguna vez ante la irrefrenable tentación de fanfarronear un poco, sobre todo si hay un nutrido público para admirar nuestras habilidades?  El soberbio, magnífico reptil volador, maravilla ingrávida como no se verá otra en el mundo, interrumpió gallardamente el aleteo y adelantó sus poderosas patas traseras, utilizando su robusta cola como timón y ofreciendo de paso un primer plano de la musculatura extrañamente antropomorfa de su abdomen y pecho. Las alas amortiguaron el impacto del descenso, y los miembros traseros se encogieron con gracia elástica al posarse en tierra; luego fue el turno de los delanteros. Pese al formidable tamaño de la criatura, había sido un aterrizaje tan silencioso y ágil como el salto de un gato, y provocó una enardecida explosión de vítores y aplausos por parte de los fascinados espectadores. 

 

       Méntor hizo una amplia genuflexión ante las ovaciones. Parecía disfrutar de lo lindo el momento, lo que, quizás, era comprensible teniendo en cuenta que lo hurraba la misma raza que solía perseguir a la suya. Sin embargo, quedó un momento pensativo, y de repente ya no se lo vio tan contento.

 

      -Oh-oh... No fue buena idea descender aquí-comentó a su jinete habitual, Dagoberto de Mortissend.

 

       Este no traía armadura esta vez, sino sólo abundante abrigo, pese al cual tiritaba de fr ío. Giró sobre sí mismo en el lomo del reptil, y Méntor inclinó un poco el anca para que el jinete descendiera en tobogán por la cola.

 

       -¿No? ¿Por qué?

 

      -Porque no tengo suficiente espacio para carretear. No sé cómo podré remontar vuelo otra vez sin derribar una pared. Este es un sitio bastante estrecho, por si no te has dado cuenta.

 

      -Lo cual no parecía preocuparte en lo más mínimo cuando hacías acrobacias hace un rato para deleite del público, exhibicionista.

 

      -¿Exhibicionista?... Eso que tú llamas acrobacias son las maniobras habituales de un aterrizaje. ¿Vas a decirme que luego de años de viajar por los aires sobre mis espaldas todavía no lo sabes?

 

      -Por supuesto que lo sé, Méntor; pero la experiencia me ha enseñado también a distinguir las sutiles diferencias entre tus aterrizajes normales y los que haces para impresionar. Seguramente a ti no te hace diferencia alguna, pero cuando no cuentas con un público admirándote eres un tanto más brusco, lo bastante para que quien esté encaramado sobre tu lomo quede viendo un poco las estrellas.

 

      -Pues recién ahora me lo dices. Trataré de ser más cuidadoso en el futuro.

 

      Varios hombres de armas acudían al encuentro de los recién llegados. Por desgracia, Méntor no cayó en la cuenta de ello, y eligió precisamente ese momento para sacudirse los restos de nieve que tenía encima y que salieron disparados en todas direcciones. Todo el mundo huyó en busca de un reparo, excepto Dagoberto, quien por estar de espaldas al reptil descubrió demasiado tarde lo que se le venía encima.

 

      -¿Por qué no te sacudes con más cuidado?-gruñó.

 

      -Qué fácil es decirlo cuando se tiene tu tamaño, te envidio-replicó Méntor, con calma-. Ya que cometí el error de bajar aquí, quisiera al menos saludar al Narigón; pero no podía esperar a estar en cualquier otro sitio para sacarme de encima esa nieve que viene fastidiándome desde esta mañana, disculpa.

 

      No pudieron decirse nada más, porque en ese momento se les acercó un caballero que no llevaba armadura, pero cuya condición de tal delataban las espuelas doradas y una muy maltrecha capa, negra y con un halcón bicéfalo bordado en hilo escarlata en ella, insignia de la Orden a la que pertenecía, visible también en la bandera izada instantes atrás.

 

      Era un joven de lacia melena castaña oscura, ojos azules y expresión adusta, rayana en la antipatía. El conjunto de su semblante era de cierta sombría belleza.

 

      -Bienvenidos a Ramtala, señores-saludó cortésmente, hincando rodilla en tierra-. Se ha avisado al señor Thorstein Eyjolvson de vuestra llegada, y en cualquier momento lo tendréis aquí. Entre tanto, procuraré que estéis cómodos.

 

       Sus palabras eran la mar de amables, pero hablar de comodidad cuando en aquel patio Méntor apenas si podía moverse sin tener la certeza de causar desastres y cuando no había forma de mejorar su situación en aquel castelete resultaba absolutamente chistoso, y delataba que, al menos en tal aspecto, la cortesía del muchacho era muy superior a su inteligencia.

 

      -Me llamo Erlendur Ingolvson-se presentó.

 

      Dagoberto y Méntor se inclinaron respetuosamente al oir aquel nombre.

 

       -El famoso Erlendur Ingolvson...-murmuró el primero, alzando admirativamente las cejas-. El muchacho que, al mando de una flota y con mucha sabiduría y coraje, optó por mantenerse firme ante los Wurms, sin atacar pero a la vez sin huir. Te felicito. No todos tendrían tu temple en una situación así de fea.

 

      -Os agradezco el cumplido, señor, pero lo sucedido en el Hammersholmsunde fue pura suerte.

 

      -Yo no lo creo, y el Narig... Digo, el señor Eyjolvson tampoco.

 

      -El señor Eyjolvson me sobrevalora. Antes de esta guerra, yo era increíblemente engreído y muy seguro de mí mismo; pero luego de lo del Hammersholmsunde, donde me fue muy difícil tomar una decisión, he vivido dudando de la corrección  de cada cosa que hago.

 

        -Bueno, puede que fueras engreído, sí. Muchos gustan de impresionar a los demás, ¿eh, Méntor?-dijo Dagoberto, en apariencia muy serio; pero era una forma de burlarse del Drake, con mucho tacto, por el vanidoso aterrizaje de un rato atrás-. Sin embargo, creo que el señor Eyjolvson hizo bien al confiar en ti. Parece que la guerra sacó a relucir lo mejor de tu persona. A veces es importante, y sobre todo útil, vacilar mucho antes de tomar ciertas decisiones, sobre todo cuando de éstas dependen innumerables vidas; y una vez tomadas, actuar como si uno no hubiese dudado un instante. No seas tan duro contigo mismo... Por cierto, te alegrará saber que se acercan refuerzos. Están como a veinte días de aquí; al mando viene el Primer Senescal del Reino, Justiniano de Charmalles.

 

       -¡Quiera Dios que vengan de balde, señor!... La guerra terminó, o eso parece; hace ya mucho tiempo que no vemos siquiera un Wurm por estas costas, sea en Drakenstadt, Gullinbjorg o cualquiera de las otras ciudades atacadas.

 

      Dagoberto de Mortissend se acarició la barba, pensativo.

 

       -¿Y nuestro Gran Maestre también cree que ha terminado?-preguntó.

 

      -Dice que no deberíamos confiarnos... Por las dudas.

 

      -Sí, estoy de acuerdo. Muy sensato de su parte.

 

      -La guerra terminó, señor... Tiene que haber terminado. Entre los que murieron y los que desertaron, sufrimos tantas bajas que no resistiríamos un nuevo ataque...

 

      -Los refuerzos son la solución a ese problema.

 

      Erlendur no contestó, y Dagoberto creyó haberlo calmado. Muy otra era la realidad, pero sólo Méntor, espectador imparcial, logró captarla: Erlendur no quería refuerzos, sino sólo el fin de la guerra. Su sentido del deber lo mantenía aún en su puesto, pero sus anhelos estaban junto a quienes habían desertado, y no quería ni que se le insinuara que los Wurms podían regresar; en lo que no se quedaba atraás ala inmensa mayoría de quienes ya se las habían visto con los gigantescos reptiles. Sólo unos pocos delirantes que al parecer desconocían el miedo y ansiaban aún conquistar la gloria esperaban que los Wurms regresasen. Salvo por ellos y por los que, sin desear el retorno de los reptiles, no se atrevían a descartar ala posibilidad de que éstos volvieran, Andrusia Occidental vivía por entonces un engañoso y precario sueño de paz. El Día de la Gehenna, casi sobre el final de diciembre de ese año, sería el drástico y estremecedor despertar.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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